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La Opinión de A Coruña

Josep María Flotats Actor y director, trabajó con María Casares en múltiples ocasiones

“María Casares, en escena, era incuestionable”

Josep María Flotats, ayer, en la Dársena de A Coruña CARLOS PARDELLAS

El actor y director Josep María Flotats conoció a María Casares como espectador de una de sus obras y, años más tarde, tuvo el privilegio de trabajar con ella. Hoy la recordará en el marco del ciclo de conferencias impulsado por la Xunta María Casares. Do exilio ao escenario, junto al director Jorge Lavelli a las 19.30 horas en el Museo de Bellas Artes.

Compartió tablas con María Casares. ¿Es cierto lo que se dice de su presencia escénica?

Yo la descubrí como espectador. La vi por primera vez en Marie Tudor, de Víctor Hugo, en le festival de Avignon en el 57. Me quedé fascinado. Luego, pasado el tiempo, la vi en París de nuevo. María Casares, en escena, era, como se dice de pocos grandes artistas, incuestionable. Ella aparecía, y, quisieras o no, ello te fascinaba, te enganchaba. Era una personalidad magnética. Yo tuve el privilegio y el placer de trabajar con ella en el TNP (Teatro nacional popular) de París. Hicimos una obra de Edward Bond, Early Morning. Ella hacía de la reina Isabel de Inglaterra, y yo del príncipe heredero, que era siamés. Tenía muchas escenas con ella. Mi fascinación seguía siendo la misma, pero de una forma distinta. Con ella siempre tuve la sensación de estar con una compañera. No podía olvidar que estaba con María Casares, pero, si hacía el esfuerzo de olvidarlo, era una compañera atenta que estaba casi a tu servicio dándote la réplica. Era consciente de que la obra de teatro no es un monólogo.

Como dice, la conoció a ambos lados del telón: como espectador y como compañero. Se habla de ella como una gran diva de la interpretación, pero, por su carácter, es un calificativo que no encaja con ella.

Yo no pondría nunca la palabra diva hablando de Casares. Diría una excelsa artista, una inmensa actriz, una de las más grandes de su época. Forma parte del cum laude de la historia de las grandes actrices de Francia y del siglo XX, pero nada de divismo. Era muy consciente de la dificultad del trabajo. Ella cuenta en sus memorias que, en su concurso en el Conservatorio, los compañeros le aplaudieron mucho, tuvo un triunfo apoteósico. A ella le recordó lo que dijo su padre, Casares Quiroga, cuando fue aclamado después de unas elecciones: “Hoy me están aplaudiendo, pero dales un par de años, y me echarán naranjas”. Lo tuvo presente toda su carrera.

Su exilio siempre fue, para ella, una herida sin cerrar. ¿Se percibía en el trato esta melancolía?

A veces, cuando estábamos en momentos de reposo de ensayos, María tenía como ausencias, que yo no interrumpía. Se le iba la imaginación. Tenía esa referencia continua, hablando de dónde venía, de su madre, de su padre. Al mismo tiempo, daba las gracias a Francia, el país que la había formado. Tenía un sentido de la fidelidad en sus genes, en todos los ámbitos de su vida. Cuando hablaba de irse del TNP, decía que no podía hacer eso, después de todo lo que le había dado. Era una persona recta, nada ligera hacia ella misma.

¿Guardaba rencor a España?

No. Hablaba contra el régimen de Franco. Hablaba de su infancia en Galicia con mucho cariño. Decía: “no quiero recordar demasiado, porque se me pone el acento gallego en el francés”. Ella hizo un trabajo enorme, de tozudez y de fuerza. A los 14 años, una niña que va a Francia sin saber ni una palabra de francés, y que a los 19 es aclamada en un concurso de conservatorio haciendo teatro clásico francés, tiene detrás un trabajo increíble. Fue una esclava del trabajo. Pensaba que no era suficiente, que siempre se podía hacer más.  Fue una esclava del trabajo, por exigencia, porque pensaba que no era suficiente, siempre se podía hacer más, algo más. Tenía la suerte, a pesar de que murió relativamente joven, con 74 años, de tener un cuerpo con una energía increíble. En la escena que hacíamos juntos, mi personaje moría al final. Yo era un joven que pesaba más que ahora, 83 kilos. Ella me arrastraba por todo el escenario, de punta a punta, y luego volvía. Y ella me arrastraba con una fuerza descomunal. La fuerza de la concentración en el acto teatral.

¿Qué aprendió de María Casares, además de que el éxito es efímero?

Aprendí muchas cosas. Su manera de estar presente en el escenario, de ayudar. Siendo quien era, ella escuchaba al director y hacía lo que decía el director. Al día siguiente, ella aportaba cosas, siempre a partir de haber hecho lo que el director decía. Esa disciplina, y, al mismo tiempo, esas ganas de aportar. Siempre preguntaba: ¿Qué piensas, cómo lo encuentras? Una vez, estábamos ensayando en el TMP, y alguien preguntó si ayer noche había gente. Alguien dijo: "¡pues claro, siempre hay gente!". Y Casares dijo: “No digáis nunca eso. Hoy hay gente, es un milagro. Mañana puede no haber nadie. Nada está conquistado de antemano, y menos en nuestro oficio". Y eso no era pose. Era así.

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