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La Opinión de A Coruña

Jorge Lavelli Director fetiche de María Casares

“Todos los que trabajaron con Casares quedaron encantados”

Jorge Lavelli, ayer, en la Marina de A Coruña CARLOS PARDELLAS

María Casares se puso a las órdenes del director Jorge Lavelli en Divinas Palabras, de Valle Inclán, en 1964 Allí empezó una relación actriz-director que duró hasta los últimos días de ella. La recordará hoy, junto a Josep María Flotats, a las 19.30 horas en el museo de Bellas Artes, donde participa en el ciclo de conferencias María Casares. Do exilio ao escenario.

Usted argentino, ella española. Ambos, adoptados por Francia. ¿En qué idioma hablaban entre ustedes?

En español. Pero también mucho en francés, porque trabajábamos sobre obras francesas la mayor parte del tiempo. Con Valle Inclán fue todo lo contrario, claro, porque tenía un español particular. Fue muy interesante. Hicimos un apéndice de explicaciones sobre el lenguaje. Cuando terminamos, parecía que estábamos escribiendo un libro. Valle Inclán es un autor genial.

La propia Casares conoció a Valle Inclán de pequeña, mucho antes de ponerse a sus órdenes en Divinas Palabras.

Era una nena muy pequeñita, sí. Cuando él iba a ver a su padre, que era primer ministro [Casares Quiroga], él la ponía sobre sus rodillas. Ella estaba entusiasmadísima con Valle Inclán. A mí me daba algo de miedo, justamente a causa del lenguaje, porque había algo de divagación en su obra.

Conoce a María Casares porque ella contacta con usted. Luego, se convirtió en su director fetiche. ¿Cómo fue su relación personal?

María era una mujer muy inteligente. Aparte de su intuición y sus calidades de actriz, era una persona adorable. Me llamó porque le habían hablado de mí, porque yo había hecho una obra de Gombrowicz que había tenido mucha repercusión. Ella, como actriz, era extraordinaria, una cosa fantástica. Le gustaba trabajar conmigo, porque nos interesaba la musicalidad del texto. A ella le encantaba que le dijese: “esto hazlo agudo, ahora saca la voz grave”. Ella tenía una voz muy linda, y tenía una sensibilidad excepcional. Tenía un carácter formidable. Todos los que trabajaron con ella quedaron encantados.

¿Recordaba a menudo su pasado?

Sí, pero recordaba también su presente. Ella era antifranquista a muerte. En el exilio en París estaba el padre, la madre y algún amigo del padre. Durante la guerra, ella estuvo ligada a los opositores a la ocupación de Francia. Le pasaron cosas divertidas y peligrosas. A veces iba gente a verla a su casa. Un día me contó que llegó a su casa un chico judío al que perseguían. Tenía miedo. Lo escondió en el ropero de su casa. Luego llegaron oficiales nazis a su casa. Fueron formales y amistosos con ella, pero si al tipo le daba por toser, estaban perdidos. Ella les mostró la casa, fueron amables porque tenían una gran admiración por ella, porque en Alemania se la conocía por el cine. Se fueron contentos de haber conocido a María Casares. Se salvó la vida a aquel hombre. Y otras tantas historias. A su casa iba siempre gente a verla a la puerta y ella recibía a todo el mundo. “Estaremos en guerra, pero mi casa es mi casa”, decía. Era una persona profundamente generosa y audaz.

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