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La Opinión de A Coruña

Treinta años de la Orquesta Sinfónica

Músicos ‘fundadores’ de la OSG recuerdan los inicios de este emblema cultural de A Coruña, de cuyo primer concierto, en el Palacio de la Ópera, se cumplen justo hoy tres décadas

De izquierda a derecha, Celine Landelle, arpa (Francia); Claudia Walker, flauta (EEUU); Josef Kramar, viola (Eslovaquia); Scott M. Hardy, violonchelo (EEUU); Florian Vlashi, violín (Albania); y Gertraud Brilmayer, violín (Alemania), en su reunión de esta semana. | // VÍCTOR ECHAVE

El primer concierto de la Orquesta Sinfónica de Galicia cumple hoy treinta años. Pasadas esas tres décadas, hay detalles que no se olvidan y otros que habría que rebuscar y documentarse en archivos para rememorarlos a la perfección, pero qué mejor manera de evocar aquellos vibrantes inicios que con algunos de los integrantes de la Sinfónica que aún continúan en la orquesta: Celine Landelle, arpa (Francia); Scott Hardy, chelo (Estados Unidos); Josef Kramar, viola (Eslovaquia); Florian Vlashi (Albania) y Gertraud Brilmayer (Alemania), violines; Claudia Walker, flauta (EEUU); Florence Ronfort, violonchelista (Francia). Eugenia Petrova, violista (Rusia). Vladimir Prjevalski, violinista (Rusia).

Los seis primeros músicos se han reunido esta semana en el restaurante del camping de Los Manzanos. Me sorprende el orgullo con el que hablan de su OSG y lo que construyeron en estos años, y la efusividad y alegría con la que siguen recordando esos comienzos. “Llegamos muy jóvenes aquí, la gran mayoría solteros y sin hijos, recién acabados nuestros estudios. Esa juventud, preparación y poder dedicarle el cien por cien solo a la orquesta fue la clave del éxito artístico de esta orquesta”, apunta Celine Landelle, arpista de la OSG.

Los motivos para llegar a este lugar del fin del mundo a trabajar fueron diversos. Celine Landelle apunta: “Yo acompañé a una amiga que hacía las pruebas para que no fuera sola, y de paso aproveché el viaje y las hice”. Lo recuerda entre risas porque su amiga no consiguió la plaza y ella sí.

El violinista Josef Kramar señala: “Hice las pruebas porque tenía una novia española y era la única posibilidad de llegar a algo, y sabía con anterioridad que los músicos del Este teníamos muchas posibilidades por ser buenos y muy disciplinados”. El violinista Vladimir Prjevalski explica que llegó a la orquesta “escapando de la URSS,”. “Todo lo que me ha pasado aquí ha sido insuperable, no cambiaría nada”, explica.

Si bien al comienzo el proyecto artístico fue atrayente, con 2.727 solicitudes para hacer las pruebas, a las cuales se presentaron 968 músicos en ciudades como Nueva York, Bratislava, Londres, Stuttgart y San Petersburgo, el salario ofrecido, cercano a las 300.000 pesetas de la época, unos 1.800 euros actuales (aunque dista mucho del poder adquisitivo de los 90), atrajo a los mejores instrumentistas, pero, como en alguna ocasión me confesó el maestro Víctor Pablo Pérez, “no el adecuado para cada puesto”. Ese polvorín que conformaban los mejores explotó y a los pocos meses del inicio, la OSG estuvo cerca de desaparecer, por unas peleas entre diferentes instrumentistas que se resolvió con el despido de algunos músicos, el concertino, el gerente Juan Bosco y el director Sabas Calvillo. “Recuerdo como José Luis Méndez, el concejal de Cultura, encargado por el alcalde, Francisco Vázquez, para la creación de la orquesta, nos reunió. Pensaba que nos iba a comunicar la disolución de la orquesta. Lo que nos comunicó fue la destitución y despido de músicos y gerencia, fue un alivio”, apunta ahora Florian Vlashi. Este violinista realizó las pruebas en Stuttgart y recuerda: “El día anterior a las audiciones no tenía las partituras que tenía que tocar”, algo impensable hoy en día cuando se preparan durante meses.

Una de mis sorpresas con estos músicos es la ilusión que mantienen estos jóvenes veteranos con treinta años de experiencia a sus espaldas. “No hay ninguna persona a quien no me gustaría ver cada vez que voy a los ensayos”, me dice en conversación telefónica Eugenia Petrova, violista de la orquesta. “Llegué pensando en pasar una temporada corta”, asegura mientras se oyen de fondo los llantos de su segundo nieto gallego.

La flautista Claudia Walker también comenta que intentó volver un par de veces a Estados Unidos por su familia. “Pero al final —remarca— vieron que aquí era muy feliz y soy una coruñesa más”.

La Orquesta Sinfónica de Galicia partió con un presupuesto inicial de 3,5 millones de euros al año, frente a los 9,5 millones actuales, y con un proyecto multicultural en el que los músicos nacionales no llegaban a un 12% de la plantilla. Entre ellos no había ningún gallego. En la actualidad ese porcentaje supera el 25%, con cuatro gallegos entre sus filas, siendo la gran mayoría de refuerzos españoles y de la comunidad, con un gran apoyo en músicos que pasaron por la Joven Orquesta Sinfónica de Galicia.

“Una de las cosas con más sentido de esta orquesta era la de dejar un legado entre los jóvenes músicos gallegos, y poder formarlos. Hoy con orgullo tenemos muchos de ellos en nuestra orquesta y son muy, muy buenos”, señala el violonchelista Scott Hardy.

En mis crónicas musicales de los conciertos de la Sinfónica, hablo a menudo del ADN OSG, que no solo es cultura de sonido sino “muchísimo compromiso y seriedad en la orquesta”, en palabras del chelista Florence Ronfort. “Cuando llega gente joven que toca increíble, ellos absorben ese compromiso y seriedad, pero nos ponen las pilas a los más veteranos, que nos esforzamos todavía más por subir el nivel”.

Ese parece el secreto de este éxito, la retroalimentación entre jóvenes y menos jóvenes. Todos coinciden en que el momento, o los momentos más tristes fueron las perdidas de Simon Levey, timbalero; David Etheve, chelista; y Petur Eriksson, trombón, ya que eran personas muy especiales y con gran peso en el grupo.

Al final de este encuentro con los fundadores de la Orquesta Sinfónica de Galicia, la violinista Gertraud Brilmayer recuerda “la unión que provocaban las fiestas” que organizaban tras los conciertos. “Al principio el grupo de americanos y rusos parecían no entenderse muy bien —rememora entre risas—, pero al final de la noche acababan brindando juntos”.

Los mejores embajadores culturales de la ciudad

Recuerdo perfectamente ese 15 de mayo, como hoy, pero del año 1992, sentado en una roja butaca de la última fila arriba de todo en un atiborrado Palacio de Congresos, hoy conocido como Palacio de la Ópera de A Coruña, en el concierto inaugural de la Orquesta Sinfónica de Galicia. Nerviosísimo por el acontecimiento que iba a vivir, sin saber cómo iba a ser la evolución de lo que hoy es un hito importante en la historia de A Coruña, de Galicia y de España.

El presidente de la Xunta, Manuel Fraga; el alcalde de A Coruña, Francisco Vázquez, y un extenso número de personalidades asistieron a un recital largo, en el que además del concierto para violonchelo de Dvorak con nada menos que Mischa Maisky, que sustituyó in extremis a la gran Marta Argerich que debía hacerlo con el Chopin 1, sonaron el himno gallego y el español al comienzo, y tras ello, Ultreia, del maestro Rogelio Groba.

El azar, la curiosidad y también un poco de osadía propia de la juventud, hizo que pudiera colarme tanto en los ensayos previos de esa semana como en alguna audición para acceder a la orquesta que se habían desarrollado meses antes en el Conservatorio Profesional de Música de A Coruña. Todo lo que rodeaba en ese momento a la orquesta, me parecía mágico e inaccesible por el alto nivel de perfección con la que desde los inicios trabajaba la orquesta. En los primeros ensayos oyendo los cuadros de una exposición de Mussorgsky, pensaba para mis adentros: “En mi vida tocaré en la orquesta de mi ciudad”, sin poder imaginar que tres años después debutaría profesionalmente en el mismo lugar con dicha orquesta. Un sueño, sí. Como el que también viví hace unos días en la comida que cada cinco años los primeros integrantes que aún continúan en la orquesta celebran y a la que pude asistir como invitado a la sobremesa.

Nos despedimos comentando que es una lástima que no se haya organizado nada por este treinta aniversario. En mi opinión estos jóvenes veteranos y esta orquesta, que llevan cerca de 3.000 conciertos a sus espaldas con catorce giras internacionales, vaya si se merecen un gran homenaje por todo lo logrado. Sin ninguna duda son los mejores embajadores culturales de A Coruña en el mundo.

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