“Hay hombres que luchan un día y son buenos. Hay otros que luchan un año y son mejores. Hay quienes luchan muchos años, y son muy buenos. Pero los hay que luchan toda la vida: esos son los imprescindibles.”

Bertolt Brecht

Y no,…. esta frase no fue escrita para ti, querido Pepe, pero me aturde, me obsesiona desde que empecé a escribir estas líneas porque te define perfectamente….

O quizá debería matizar, porque tu vida no fue exactamente una batalla, fue más bien una aventura. Una aventura apasionada en la que todo era crucial, todos importantes, todo divertido, todo transcendente. No estoy seguro de que fueras consciente de la repercusión de tus ideas y de tus iniciativas.

Intuitivo en lo relevante, hábil en lo técnico, sensible en lo estético y humano en lo humano. Profundamente inteligente. Hiciste el primer trasplante de nuestro hospital y lo impregnaste de lo que había de determinar el devenir del centro para el resto de su historia. Hiciste que nuestro rincón del mundo participara de la logística de la distribución de órganos desde aquel microscópico despacho que en los 80 era tu oficina de coordinación. Hiciste de tu casa la nuestra y te rodeaste de los mejores amigos.

Convertiste a Galicia en referente internacional de la técnica médica más potente del siglo XX y nos arrastraste a todos en aquel tsunami positivo cuyas consecuencias llegan hasta hoy. Con aquellos amigos, casi sin querer, paristeis la Organización Nacional de Trasplantes, entidad organizativa que veinticinco años después continúa deslumbrando al mundo entero. Nos enseñaste a enseñar que para que una familia done lo que más quiere, en el momento más doloroso de su vida, tiene que creer que es lo correcto, que con criterios justos, objetivos y transparentes se distribuirá el inmenso beneficio que ya no necesitan de la manera más sensata, objetiva y eficaz. El mensaje ha llegado a todas partes porque también diseñasteis la herramienta docente capaz de transmitirlo. Abrumados, seguimos llegando a los más remotos países, avalados por vuestras credenciales de solvencia, a enseñar que la donación ciega y libre es el mejor legado de un ser humano fallecido. Que sólo una sanidad pública, universal y gratuita puede gestionar de forma ecuánime ese legado y que la técnica, la ciencia y la logística precisas para llevarlo a cabo no son necesariamente inasumibles, están al alcance de cualquier administración honrada.

No es casualidad, hay una visión solidaria de la historia que alimenta esa manera de hacer ciencia. Pero, es curioso y quizá tu secreto mejor guardado, que términos como compromiso o metodología suenan grandilocuentes cuando se te aplican. En tu vida todo era lo más normal del mundo, repartías tu tiempo entre el hospital y las reuniones, entre el quirófano y la asamblea, entre la vida y la aventura, entre tu familia y tus amigos de manera imperceptible. Y lo realmente extraordinario es que las proporciones de esa mezcla, la receta de esa poción mágica te surgía de manera natural, espontánea, como si fuera lógico que un extraordinario cirujano fuera hoy senador y mañana aventurero, hoy militante y mañana discrepante. Apasionado de la vida. Tu eterna jovialidad, tu bonhomía, tu ternura y tu intuición eran las especias que aliñaban esa receta y que nos hacen quererte tanto a los que tanto te quisimos

Nunca imaginé, querido Pepe, que un día me vería redactando estas notas, poniendo el teclado perdido, detestando no estar a la altura, a tu altura. Pero lo que nos dejas, ahora que se puede decir a voz en grito es el mensaje de que la vida se puede vivir de forma íntegra, veraz y solidaria. Gracias Pepe.