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La Opinión de A Coruña

“Nadie me dijo que debería cantar. Seguí mi instinto”

La mezzosoprano japonesa Aya Wakizono debuta en el papel de Adalgisa, en la ópera ‘Norma’, este jueves, en el Colón

La mezzosoprano Aya Wakizono, en el decorado de ‘Norma’, en el Colón. | // CARLOS PARDELLAS

Aya Wakizono siempre se sintió “un poco rara” en su Japón natal, a pesar de que se crio en Tokio, nunca sintió que esa ciudad fuese su lugar en el mundo. Dice que “lo tenía todo a su alcance”, salvo dos cosas que necesitaba mucho: “el contacto con la naturaleza y el humano”. Con el tiempo, esa niña, a la que le encantaba hablar con la gente y que se perdía imaginando viajes a Italia, a Francia y a España, se quedó fascinada por la música, por la ópera, por el drama y por las voces que la hacían y la todavía hacen estremecer.

Se fue a vivir a Italia, estudió, cantó, mejoró y, este jueves y el sábado, a las 20.00 horas, se subirá como mezzosoprano a las tablas del teatro Colón para interpretar a Adalgisa, en la ópera Norma —dentro de la Programación Lírica—, y con el que ha descubierto que está donde quiere estar. Será su debut en este papel, que tanto la acompañó durante el confinamiento.

Reconoce que no fue fácil encontrar referentes de cantantes japonesas cuando era niña, pero que eso no la arredró de perseguir su sueño de aprender. “Mis padres eran actores y les hubiese gustado seguir con sus carreras, pero tuvieron que dejarlas para ganar dinero cuando quisieron formar una familia. Incluso ahora, es muy difícil ganarse la vida haciendo arte en Japón, hay muy pocos que lo consiguen”, comenta Wakizono, que destaca de sus compatriotas que son “muy talentosas”, aunque tienen que luchar contra la dificultad —incluso cultural— de mostrar su arte en público.

“Cuando yo era niña, gracias a la pasión de mis padres por el teatro, iba bastante a menudo. Antes de matricularme en la Universidad de Música, para aprender a cantar en serio, porque quería ser artista de musicales, había visto La Traviatta, con Renee Fleming, que es una soprano americana. Su actuación y la complejidad del contexto de la ópera me fascinaron”, recuerda Aya Wakizono, fue entonces, cuando se enamoró de la ópera.

Hasta entonces, sus modelos a seguir eran Barbra Straisend y Julie Andrews y pensaba que la ópera “era aburrida”. Esa función desmontó uno a uno sus prejuicios. “Estaba llena de emoción, los cantantes lo expresaban todo con su voz, sin micrófono. En aquel momento, pensé que eso era lo que yo quería hacer”, confiesa Wakizono, que, cuando empezó a cantar ni siquiera sabía si sería buena. “Nadie me dijo que tenía buena voz ni que me debería dedicar a cantar. Me guiaron el destino o la naturaleza. Seguí mi intuición”, resume.

Su historia con Norma “es larga”. Con 19 años entró en la universidad en Tokio, pero en su cabeza siempre rondó la idea de marcharse y de poder completar sus estudios en aquellos países con los que tanto había soñado. Durante cinco años, aunque buscaba la más mínima oportunidad para marcharse, no lo consiguió hasta que, con 24, en su primer año del máster, la soprano italiana Mariella Devia fue a Japón a dar una clase. Para entonces, Wakizono la había escuchado, pero nunca en directo. Al final de la clase, ella cantó frente a la maestra un aria de Donizzetti, que todavía mantiene en su repertorio, y que Devia conocía muy bien.

“Yo tenía un problema con las notas altas, no las podía cantar. Después de haber cantado frente a ella, Devia me corrigió cada nota en la que había fallado. Yo pensé que era un desastre, pero en ese momento, ella me cantó una frase como ejemplo, y aquello fue mágico para mí, nunca había escuchado una voz así. Yo estaba destrozada, pero en una manera positiva, no me podía creer que la suya fuese una voz humana. Era como una explosión. Así que, le hice una pregunta un poco estúpida sobre cómo podía cantar unas notas altas tan bonitas. Ella me contestó que había muchos rascacielos y que ninguno se había construido por arriba, que todos habían empezado por la base”, rememora Wakizono, que entendió que tendría que esforzarse mucho para mejorar y que necesitaría mucho tiempo para construir el edificio de su voz.

Al acabar la clase, le preguntó a Devia si podría ir a clase con ella en Italia. Para entonces, no era posible, porque estaba muy ocupada, pero Wakizono se mudó igual porque tenía la intuición —de nuevo la intuición— de que algún día podría conseguir su sueño de ser su alumna y lo hizo, aunque tuvo que esperar unos años.

En Italia empezó a trabajar su voz desde la base en un conservatorio en Parma, y seis meses después, fue a una audición en Pésaro, en el que solo cantan composiciones de Rossini, y la escogieron entre 300 candidatos para entrar en la academia del festival, también la eligieron para la escuela del teatro de La Escala y fue ahí donde su carrera despegó.

Pero uno años después llegó la pandemia. Lejos de estancarse, Wakizono decidió ampliar su repertorio que, en 2020, era fundamentalmente de obras de Mozart y Rossini. “Dediqué mi tiempo a estudiar Norma. No podría hacer este papel si no hubiese sido por el confinamiento. Siempre le estaré agradecida al maestro Aquiles Machado porque lo conocí hace un mes, en Menorca y me ofreció el papel. Había un problema, porque yo me tenía que ir a Tokio y no sé cómo, pero conseguí arreglarlo todo para poder estar en este espectáculo. Es un milagro y todo aquí está siendo fantástico. Creo que es el destino”, comenta Wakizono, que nunca se hubiese imaginado tener esta conexión con una ciudad que ni conocía de pequeña.

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