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Javier Ojeda Músico, cantante de Danza Invisible, actúa esta noche en El Andén

“Lo mejor de la música de los 80 era el descaro y las ganas de hacer cosas rompedoras”

“A lo mejor no éramos grandes instrumentistas, pero podíamos hacer grandes canciones”

Foto promocional de Javier Ojeda. LOC

Hace dos días estaba a bordo de un crucero en el Mediterráneo, con su banda en el salón principal para amenizar el viaje de los pasajeros, que habían hecho escala en Génova; anoche actuaba en Huércal-Overa, un pueblo de Almería; hoy está en A Coruña para abrir el ciclo de conciertos Tocadiscos que organiza El Andén, al borde de la playa de Riazor. Javier Ojeda, el que fuera voz y líder de Danza Invisible inaugura una serie de actuaciones que se entregan a la nostalgia de la música pop española de la década de los 80. Hasta el 12 de noviembre, le sucederán Rafa Sánchez (La Unión), Teo Cardalda (Golpes Bajos, Cómplices), La Guardia en versión acústica y Amistades Peligrosas.

¿Los 80 están hoy olvidados?

No, no, en absoluto. Es la época dorada del pop español, en cuanto a difusión y presencia en los medios, importancia… Hay muchos festivales musicales que se apoyan en los años 80. Es una década justamente reivindicada.

¿Qué hay que reivindicar?

Lo mejor era el descaro y las ganas de hacer cosas rompedoras en la música. Fue también una época de ‘háztelo tu mismo’. Las letras eran provocadoras. Creo que la transgresión de los 80 fue lo más valioso que dejó la década. A lo mejor los músicos no eran grandes instrumentistas, pero tenían grandes ideas y podían hacer grandes canciones. Ese es el mejor legado que dejó el pop de los años ochenta.

¿Ya no advierte esa transgresión en la música de hoy?

Sigue habiendo mucho descaro, pero más de contenido sexual y provocador. Es que el lenguaje ha cambiado completamente. Yo no soy reaccionario, pienso que la música cambia y evoluciona, a cada uno le gusta más una época que otras, pero creo que, al final, lo más importante de todo es que un músico ofrezca un buen directo. Y si a mí hay algo que no me gusta de las propuestas actuales es, más que la música, la puesta en escena: veo que cada vez apostamos más por la música programada, enlatada, con apenas dos o tres músicos en el escenario… Por lo demás, escucho producciones con mucha gracia y veo que en el estudio hay jóvenes que hacen auténticas virguerías. Ya te digo, no es mi rollo, pero no tengo nada contra el trap ni las nuevas tendencias.

¿Cómo debe ser un gran directo?

Es muy fácil. Una vez leí una entrevista a James Brown en la que le preguntaban por el hip hop y por los músicos que utilizaban sus bases para rapear sobre ellas. Él decía que le parecía muy bien, pero que esos jóvenes no sabían divertirse. Pues eso: lo divertido que es llegar al escenario y tocar en directo, mirar al batería y al guitarrista, al público; lo demás es un muermo.

¿Se divierte así Javier Ojeda en sus directos?

Yo soy sobre todo un artista de directo. Tengo muchos discos, pero mi mejor versión está claramente en los directos, en vivo.

¿Qué huella ha dejado Danza Invisible en el pop español?

No soy quién para decirlo. Creo que tuvimos un sello muy personal, mi manera de cantar es muy particular, y la música del grupo, con el tiempo, se acabó convirtiendo en algo más atemporal.

¿Cuando actúa vuelve a Sabor de amor, retrocede a Sin aliento o actualiza el repertorio antiguo?

Alguno de mis clásicos no faltan porque es lo que la mayor parte de la gente nos reclama, pero al tocar en formato acústico cambia el repertorio un poco. Interpreto temas más recientes y haré hasta de monologuista porque me gusta mucho hablar con el público entre las canciones. Será divertido.

¿Mira atrás con nostalgia o cree que se ha adaptado a los tiempos?

Yo no miro atrás, aquello está superado y estoy en otra etapa. Pero al mismo tiempo sé lo importante que fue y me aprovecho de lo que llamaba la atención en aquella década. Por eso sigo tocando Sin aliento o Sabor de amor, pero no mucho más porque si no, te acabas convirtiendo en un grupo de tributo a ti mismo, que no creo que tenga ningún sentido.

¿Y el público actual reacciona como el de hace cuarenta años?

Creo que sí. En los últimos dos o tres años veo en los jóvenes un interés más claro por aquella transgresión de los ochenta. A nuestros conciertos vienen padres y madres con los hijos que hoy tienen 30 años. Parece que aquella generación se ha renovado.

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