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Mucho más que un bar en A Coruña

Hay barrios en la ciudad en los que solo hay una cantina o una cafetería, como en Castro de Elviña, San Pedro de Visma o Adormideras, y en los que sus clientes son casi de la familia

Mucho más que un bar en A Coruña Víctor Echave

A pesar de la gran oferta hostelera que tiene la ciudad, hay locales que se encuentran solos en su barrio. Es el caso de la cafetería O Pistón, en San Pedro de Visma —aunque todo el mundo lo conoce como el bar de Pili— o de la Cantina de Adormideras, que abrió sus puertas este año otra vez, entre los puestos del mercado y el instituto. Si a Pili le falta un cliente de los que va todos los días y de los que no tienen que decir nada, porque ella ya sabe qué es lo que quieren, se preocupa y les llama o les manda un mensaje para saber que están bien y que su rutina se ha roto por una buena razón.

Óscar, que cogió hace tres años el bar que está al lado del centro cívico de Palavea, Casa Pedrós, el mismo que su padre había regentado durante unos trece años, ha visto crecer a sus vecinos, niños que después se convierten en clientes y chavales que forman familias y siguen yendo al mismo bar a tomar una caña donde antes les calentaron el biberón.

Enrique Carro, en La Cantina de Adormideras. | // VÍCTOR ECHAVE Gemma Malvido

Enrique Carro, la cantina de Adormideras: “Cuando estábamos con las obras, los vecinos bajaban para preguntarnos cuándo abríamos”

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“Aunque no estuviera delante, no te íbamos a hablar mal de Pili, que después, tenemos que volver”, bromean los clientes mientras ella contesta a las preguntas de cómo decidió hace once años embarcarse en el aventura de abrir un bar en San Pedro de Visma que, ahora, es un termómetro para los proveedores.

“Ya me dicen que si no trabajo yo, no trabaja nadie”, comenta, porque su clientela es fiel, muy fiel y muy heterogénea. Ella es vecina del barrio y cuando cogió la cafetería había competencia en la zona, pero desde hace unos cuatro años, ya no. “Este local lleva abierto como bar 22 años, aunque intermitente porque lo cogía una gente, después lo dejaba y yo llevo once años. Fue una apuesta de suicida casi porque aquí hay que venir a propósito, que estamos olvidados de la mano de dios, es un barrio que es dormitorio, la gente se va a trabajar por la mañana y después no vuelve hasta la noche, pero ahora ya tenemos una clientela fija y gente que viene desde otros sitios”, explica desde el otro lado de la barra y con vistas al mar y a casi toda la ciudad.

Pedro Villarino, en el Ambigú D’Elviña. | // VÍCTOR ECHAVE

Pedro Villarino, ambigú D’Elviña: “Foron os veciños quen hai cincuenta anos fixeron este edificio a falta dun centro social. É como ten que ser un bar, un lugar de encontro para todos”

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Para Enrique también fue una aventura hacerse con la concesión de La Cantina de Adormideras. Cualquiera podría pensar que, habiendo solo un bar, todo el barrio irá a él y que estará a reventar todo el día. Los que cargan la bandeja en estos bares aislados sacan de su error a cualquiera. “La competencia es buena”, aciertan a decir todos y cada uno de ellos y eso es porque, si hay más locales, los clientes saben que podrán elegir entre varias opciones y tienen al barrio o a una calle concreta como referencia de hostelería y de lugar de ocio. En San Pedro de Visma, en Castro de Elviña, Adormideras o Palavea no pasa eso, hay lo que hay, pero no es, para nada, poco.

Hay días, dice Pili, que tiene la barra llena de paquetes, porque los vecinos les dicen a los repartidores que, si no están en casa, que le dejen el envío en el bar, también se le llena de preguntas, porque si algo pasa en el barrio, lo más lógico es que alguien ya lo haya comentado en O Pistón o que Pili, ya sea una dirección o un teléfono, lo sepa. “Yo ya me río y les digo que mi DNI lo sabe toda España”, bromea Pili.

Pili, en el bar O Pistón, enfrente de la iglesia de San Pedro de Visma. | // VÍCTOR ECHAVE

Pili, bar O Pistón, en San Pedro de Visma : “Se algún cliente dos de todos os días non vén á súa hora, chámoo ou mándolle unha mensaxe para saber se está ben”

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Además, en su bar pasa algo que no es común a otros locales y es que, de lunes a miércoles tiene una clientela y de jueves a domingo, otra. “De lunes a miércoles es todo más tranquilo, mucho café y mucho entrar y salir, también las pandillas de las mamás que dejan a los niños en el colegio, y de jueves a domingo, más familias y las tardes, son fijos los de los entrenamientos”, explica.

Y, después, está el día de la bajada a San Pedro —una carrera popular que, en realidad, es una subida muy exigente—, que es “más grande que el día de la fiesta” y en el que O Pistón no para de trabajar. “Este año le dije a los clientes de confianza que para el año que viene no abro, porque menuda locura y qué estrés, porque a la gente de todos los días, entra por la puerta y ya sabes qué quiere, pero a los que no conoces...”, se sincera Pili, que asegura que no se quiere jubilar y que espera seguir trabajando muchos años más, porque eso será señal de que la cosa va bien.

Chus, con tres estudiantes que viven en la residencia de la Cantina Santino. | // VÍCTOR ECHAVE

Jorge, cantina Santino, en A Zapateira: “A algunos clientes Chus ya les dice: ‘Hoy vas a comer esto’, porque los conoce y ya sabe qué es lo que les gusta”

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Jorge, el propietario de Cantinas Santino, decidió hace tres años poner en marcha no solo un bar en A Zapateira —más abajo de La Pérgola— sino también un pequeño hostal para estudiantes, justo en el mismo edificio en el que tiene su sede el club Montañeros. En el menú, el pasado jueves había ensalada de pasta y crema de verduras, y tres universitarios pedían flan de postre.

“En su día, decidimos montarlo como residencia de estudiantes y para dar servicio también al colegio y montar también una cantina. No es ni una panadería ni un restaurante al uso”, explica Jorge, empezando por su horario, ya que abre a las ocho de la mañana y cierra a las seis de la tarde. Nunca pensaron que el ocio nocturno pudiese ser una opción de negocio para ellos, así que, cierran antes de lo que lo harían en otra zona y se han ido adaptando a las necesidades del barrio.

Fiesta de despedida del ambigú de O Birloque, obligados a cerrar por la reforma del centro. // Víctor Echave

Alfonso Carril, ambigú de O Birloque: “Aquí vienen los vecinos del barrio a jugar la partida o a que les ayudes con el WhatsApp. Ellos cuidaron de nosotros y nosotros de ellos”

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Al principio, por ejemplo, vendían fruta, ahora ya no. Detrás del mostrador hay panes con la forma de la cabeza de Mickey Mouse, también bocadillos y postres. “No hay competencia, pero hay que venir hasta aquí; nosotros trabajamos mucho con menú de lunes a viernes, aunque tenemos carta y el cocinero es muy bueno, de hecho, hay gente que viene a comer aquí si tiene poco tiempo porque le es más rápido coger el coche y venir que intentar aparcar por el centro”, relata Jorge, que tiene un 80% de “clientela fija”. Tanto es así que Chus, la encargada de atender el local, a determinados clientes les dice: “Hoy comes esto”, en cuanto los ve entrar por la puerta y ellos, obviamente, se sientan y no eligen otra cosa.

Enrique Carro acaba de abrir La Cantina de Adormideras, en este caso, es una concesión municipal, ya que en el barrio no están permitidos los usos comerciales en los bajos, así que, desde que cerró el anterior concesionario, esta era una zona sin bar, un servicio que los vecinos echaban mucho en falta.

“Yo tengo otro local de hostelería, La Tasca, en la calle Mantelería, la pandemia fue complicada, entonces, había que buscar otro local que tuviese unos gastos más reducidos, un contrato largo y vimos la posibilidad de la concesión y nos metimos. Este bar, al estar solo en un barrio con una población de 2.500 habitantes, con centro de salud, instituto, hotel, con la playa al lado, nos parecía un buen negocio y nos animamos”, relata Enrique, a quienes todos llaman Quique, que ni siquiera contaba con que la primera vez que se presentaba a una licitación pública su propuesta fuese a salir ganadora y que tuvo que convertir en realidad lo que, en principio, solo era “una toma de contacto” con la Administración.

“Tuvimos la suerte de que nos tocó ya a la primera y, la verdad es que estamos muy contentos con la gente del barrio y esperamos que ellos con nosotros también. Por ahora, nos estamos conociendo y nos vamos enseñando unos a los otros”, resume.

En su caso, aunque sabe que no es posible en Adormideras, también defiende la competencia, porque eso hace que los bares se “alimenten unos de los otros”. Para llenar ese vacío, los domingos hacen una sesión vermú con actuaciones musicales y callos para que nadie se quede sin saber que han abierto y es que, si hace años había vecinos que bajaban a jugar la partida por las tardes, por ahora, esa clientela no ha vuelto pero puede que lo haga pronto.

“El 60-70% de los clientes son vecinos del barrio y vienen prácticamente todos los días, después, contamos con otra clase de público que es la que viene al centro de salud y se pasa a tomar un café, el hotel también nos da algún servicio de comidas, los chavales del instituto vienen y se quedan a comer los lunes y sabemos, por lo que nos contaron los antiguos propietarios, que la playa en verano da mucha vida al local”, relata Quique, que también ha tenido que adaptar el horario del bar a las necesidades del barrio, ya que abre a las ocho y media de la mañana, con el mercado, y cierra sobre medianoche.

Tanta gana tenían los vecinos de que el bar volviese a abrir sus puertas en Adormideras que Quique recuerda que, durante las obras, bajaban de sus casas para preguntarles cuándo abrían con la ilusión de volver a tener un lugar en el que reunirse alrededor de una mesa o en el que compartir barra y café.

El caso del Ambigú D’Elviña es similar, Pedro Villarino tenía también otro local en la ciudad, A Cova Céltica, y hace un año surgió la oportunidad de hacerse con un bar que conocía bien. “Nosotros éramos gente muy implicada con las asociaciones de aquí, sobre todo con Tempo Novo, aunque también con Relámpago. Siempre nos gustó la idea del local, del ambiente que tiene, la actividad cultural, las foliadas, el sitio... Vimos la oportunidad de cogerlo y nos animamos”, relata. En el momento, a pesar de que todavía había restricciones derivadas de la pandemia de coronavirus y de que todavía no se sabía muy bien cuál sería el futuro de la hostelería, decidieron apostar por la oportunidad que se les ponía delante porque quizá no volviesen a tenerla más.

El Ambigú D’Elviña, más que un bar es un centro social, en la barra tanto les pueden dejar unas llaves para que las recoja un vecino como unos apuntes como un paquete de Amazon y es que, aparte de las cafeterías de las facultades, es el único bar que hay tanto en San Vicente de Elviña como en Castro, así que, tiene vocación de punto de encuentro.

“Este edificio lo hicieron los vecinos hace unos cincuenta años para poder tener un local en el que el club Relámpago tuviese dónde reunirse, entrenar y ducharse, para que Tempo Novo pudiese ejercer su actividad, porque hay biblioteca, hay salón de actos donde se dan clases y se hacen proyecciones y charlas, hay una sala para que los vecinos puedan jugar al parchís o a las cartas... En aquel momento, a falta de un centro social, hicieron este edificio de referencia”, relata Pedro, que dice de el Ambigú D’Elviña que es “como tiene que ser un bar”, un espacio de reunión para los mayores del barrio, para los jóvenes, para los estudiantes, para los que van a clase —o para los que latan—, para los deportistas, en definitiva, para todos los que se decidan a entrar por la puerta.

Villarino, igual que sus compañeros de profesión, defiende la competencia no solo como un activo para el negocio, sino también para el barrio. “Un bar da una seguridad y un punto de referencia”, defiende. En su caso, como en el de A Zapateira y San Pedro de Visma, juegan con la ventaja de que es fácil aparcar —en este caso, también llegar en el bus urbano— y que ofrecen un entorno diferente al de las calles del centro, enclavado en una aldea, con parque infantil y terraza.

“Aquí estás al aire libre en un entorno magnífico, no estás al lado de un edificio”, resume Pedro, que destaca también el trato familiar que hay en el bar, de verdadera red, de la que se preocupa si alguien no baja a su hora y de la que comparte preocupaciones y alegrías del otro lado de la barra.

Para el Bar-Ambigú de O Birloque el de ayer fue un día de despedida porque el Concello tiene un proyecto para reformar el edificio y eso les obliga a cerrar sus puertas después de 18 años en el barrio. Como no se querían ir sin agradecerles a los clientes la fidelidad y la compañía, ayer se reunieron para decirse un “hasta pronto”, porque, a falta de saber cómo será el pliego de condiciones de la próxima concesión, Alfonso Carril y su mujer piensan presentarse para seguir viendo crecer a los vecinos del barrio.

“Ellos nos cuidaron a nosotros, así que, ahora nos toca a nosotros cuidarlos a ellos”, dice Carril, porque en O Birloque tampoco hay otro bar en el que los vecinos puedan estar dos horas jugando la partida por la tarde, o que puedan ir con el móvil en la mano a decirles que no entienden el whatsapp o que les expliquen la factura de la luz o una carta de la comunidad con toda la confianza.

“Los clientes son los de siempre, la gente del barrio, porque O Birloque no es turístico, los niños que venían con sus padres y a los que conocimos con cuatro años ahora ya vienen a tomar unas cañas o a jugar unos dardos. Aquí está toda la gente mezclada, mayores, chavales... Somos como una familia muy grande que comparte sus problemas y eso, parece que no, pero hace mucho”, relata Alfonso Carril, a quien bajar la verja por última vez le da pena no solo por él y su mujer, que se quedan sin empleo, sino también por todos los vecinos que se quedan sin un servicio que es mucho más que un bar, digamos centro social, digamos centro de día, digamos un lugar de encuentro para combatir la soledad.

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