• Obras de Cherepin, 2º concierto para violín de Shostakovich y 4ª de Chaikovski.
  • Baiba Skride, al violín, y Thierry Fischer, director. 

 Orquestón que pudimos disfrutar la noche del sábado en un recinto poblado en tres cuartas partes. Por problemas logísticos me perdí la obra de Cherepin, que me interesaba escuchar sobre todo para acostumbrar el oído a la orquesta y cata de solistas en vientos y secciones de cuerda. Baba Skride a los mandos de un Stradivarius de casi 300 años nos dejó un vaivén de diferentes sensaciones en su Shostakovich: por un lado maravillas sonoras en sus cadencias y partes líricas, indiferencia por momentos, y sorpresa por los altibajos en afinación y desajustes en lo que pareció inmersa no solo con orquesta, sino consigo misma. Cierto es que orquesta, solista y maestro tuvieron que lidiar con la nada cómoda acústica del Palacio de la Ópera, con una mínima prueba acústica en la que te das cuenta de que, sorprendentemente, no escuchas a tu compañero de al lado, y menos a la sección de enfrente, con lo que estás tú solo ahí arriba a expensas del director.

Se evidenció en el Shostakovich, en el que vientos y percusión no eran capaces de encajar, por momentos, con cuerda y solista. Fue difícil, pero comprensible. Aún así Skride nos dejó momentos con un sonido que uno no desea que acabe nunca. Lo mejor, la segunda parte. Orquesta y director se liberaron de las ataduras de seguir a un solista y nos ofrecieron una versión de la cuarta de Chaikovski fantástica. Una cuerda de locura. Como bien decía el director Arthur Nikisch: "El sonido debe de salir de los graves". Unos bajos y chelos muy implicados proporcionaron esa base de la que se nutren los violines.

¡Qué bravura esa sección de segundos violines "comiéndose" el instrumento para enchufar a los primeros, liderados por la bienquerida concertino Beatriz Jara! Fischer dio una lección musical en Chaikovski, extrayendo e implicando a todas las secciones, dando libertad a solistas y acoplando inmediatamente a las secciones de acompañamiento. Grandes contrastes dinámicos, tempos vigorosos y al límite, exigiendo a una sensacional cuerda, aunque con bastantes desigualdades en los solos de maderas. Metales muy contenidos, faltó empaque en momentos de la sección de trompas, imaginamos que acostumbrados a una buena acústica, en el estupendo auditorio de Valladolid, donde no hay que acompañar el sonido hasta el final ni trabajarlo tanto. Me gustó muy mucho esta orquesta, una agradable sorpresa escucharla.