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Las mil caras de Tomás Barros

La Casares Quiroga muestra 18 cuadros del polifacético artista, profesor en A Coruña y cuyos intereses iban de la pintura a la teosofía

Araceli Barros en la exposición de su padre, Tomás Barros. Casteleiro/Roller Agencia

“Mi padre era un hombre al que nunca veías estar sin hacer nada”, recuerda sobre el intelectual y artista fallecido Tomás Barros su hija Araceli, y, si una palabra define a la obra del autor, criado en Ferrol pero que realizó buena parte de sus trabajos en A Coruña, es “poliédrica”: firmó cuadros, ensayos, novelas, teatro y poesía en gallego y castellano... El año pasado se cumplió un siglo de su nacimiento, y, en conmemoración, el Ayuntamiento ha organizado en la Casa Museo Casares Quiroga una exposición sobre su figura que podrá visitarse hasta el 12 de febrero.

La base serán 18 cuadros del artista, pero, según explica la comisaria de la muestra, Rosario Sarmiento, se ha incluido una vitrina con publicaciones literarias y ensayos del autor. También con la documentación de su entrada en la Real Academia Galega de Belas Artes en abril de 1986, si bien no llegó a tomar posesión por su muerte pocos meses después. “Su obra plástica hay que incardinarla en una personalidad muy poliédrica”, insiste Sarmiento.

La comisaria cree que “probablemente” el intelectual es ahora menos recordado que otros autores de su generación porque no salió del país por la Guerra Civil, sino que permaneció formando parte del “exilio interior”. Primo de Isaac Díaz Pardo, con una correspondencia “muy importante” con Carvalho Calero, cofundador de revistas culturales como Aturuxo o Nordés, tuvo una “mayor proyección” en círculos intelectuales que en el gran público.

Y aún así, fue un nombre importante en la intelligentsia de A Coruña, a donde llegó en 1960 tras conseguir unas oposiciones para dar clase en Magisterio. Por una parte fue un “desgarro”, explica Araceli, que entonces tenía siete años, pues tuvo que apartarse de proyectos que tenía en Ferrol. Por la otra, en A Coruña “encuentra a todos los de su generación que habían huido y se habían quedado. Recuerdo las tertulias, los oía hablar en gallego: con Isaac [Díaz Pardo], Luis Seoane, [Rafael] Dieste...”

Eso sí, con “mucho cuidado y precauciones”, un miedo de época que su hija ve reflejado en su novela El rastro invisible, con un título que “lo dice todo”. “Tenía muchísimos temores de que pudieran tomar represalias contra su familia”, recuerda Araceli sobre un “hombre utópico, para el que la democracia era el ideal”. Y es que en el silencio del franquismo no era fácil el encaje de un hombre inquieto al que su hija recuerda, en su niñez, “haciendo yoga por las mañanas”. “Para ser catedrático de Magisterio tenías que ser católico”, pero Barros fue “el primer bahaí de Galicia”, seguidor de una religión iraní que “admite un Dios pero a todos los profetas, sin iglesias ni jerarquía eclesiástica” y le daba la libertad para “abrir las puertas” a conversar con cualquier confesión. Amante de la literatura y la filosofía, los debates sobre la teosofía eran otro de sus intereses, y escribió un ensayo sobre la corteza terrestre tras ver a su mujer preparar unas patatas.

Pero su “forma de sentir y percibir la vida fue primero con la plástica”, indica su hija, que añade que la temática de sus cuadros “es social, de trabajo, hay mucho de oficios: segadores, remeros, rederos”. Sarmiento lo define como un pintor “figurativo, de carácter geométrico”, que usaba el color para lograr una expresividad emocional que vincula a su “búsqueda existencial”. La exposición, A mirada interior, es para su hija una de las “deudas pendientes” para recordarlo, junto con la publicación de un estudio aún inédito que escribió sobre Luis Seoane.

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