La tarjeta pone en jaque a las propinas
Trabajadores de la hostelería detectan que el pago con ‘contactless’ amenaza con hacer desaparecer las monedas de cortesía

Paula Ballesté, empleada de La Mansión, con el bote de propinas. | // VÍCTOR ECHAVE / Marta Otero Mayán
Han estado ahí toda la vida, y, casi siempre, responden a un reflejo casi involuntario, asumido históricamente por el cliente como un acto de buena educación y de gratificación por el buen trato. Detrás de las propinas, no obstante, subyace un debate que cobra fuerza en los últimos años: desde los que consideran que deberían ser obligatorias, como es habitual en otros países, a los que juzgan que no debe recaer en la cortesía del cliente la responsabilidad de complementar los bajos salarios en un sector precarizado como es la hostelería. Ahora, además, se une un elemento a la ecuación: las monedas del platito sobre el tíquet corren el riesgo de desaparecer. “Desde que la gente paga con el móvil o con el reloj inteligente, es raro ver efectivo”, confirma un camarero.
Este joven coruñés se ha desempeñado como camarero en multitud de establecimientos a lo largo de los últimos años; un tiempo en el que ha podido comprobar de primera mano cómo la irrupción del pago con tarjeta, y, más adelante, el pago directamente con el teléfono móvil, ha hecho mella en la gratificación del platito. Una coyuntura que provoca, asegura, que a muchos no les den las cuentas ante el encarecimiento de la vida y lo ajustado de los salarios. “Antes todo el mundo pagaba el café en efectivo, y se oía aquello de “deja así” con los 20, 30 o 40 céntimos. Si cada cliente te deja 20 céntimos, al cabo de una semana son 20 euros. En un mes, son casi 100 euros más, que ya no vemos. Si se subiesen los sueldos al precio que tienen ahora las cosas, no harían falta”, lamenta.
Los trabajadores de la hostelería achacan la disminución de las propinas a dos razones: por un lado, a la popularización del hábito del pago con tarjeta acelerado desde la pandemia, cuando muchos optaron por cambiar sus costumbres para no manejar monedas que pudiesen suponer un posible vector de contagio en lo más álgido COVID. Por otro, a la desaparición de la costumbre de acudir al cajero al cobrar el mes. “La gente, si no cobra la nómina en efectivo ya no saca el dinero del cajero. No hay costumbre de dejar propina con tarjeta, porque es algo muy nuevo y tampoco se puede en todas partes. La gente que paga en efectivo son los que cobran el mes en mano”, observa otra camarera, P, que admite que estas gratificaciones le han permitido darse algunos caprichos. “Yo me compré un portátil a base de propinas, y me he pagado buenas comidas con ellas”.
En otros establecimientos, no obstante, la impresión es otra. Paula Ballesté, trabajadora de la cafetería-restaurante La Mansión, en la Marina, reconoce no haber observado una disminución muy notable en sus diez años en el sector, pero admite que el pago con tarjeta sigue teniendo un gran sesgo generacional. “La gente mayor se está pasando a la tarjeta, e incluso al pago con el móvil. Los cafés, en cambio, siguen pagándose casi siempre en efectivo, excepto la gente más joven, que tira de tarjeta también para gastos pequeños”, observa. Los clientes de La Mansión, que reparte sus instalaciones entre cafetería, restaurante y zona de copas, no han perdido la costumbre. “Hay gente que sigue dejando igualmente aunque no pague en efectivo. Con las comidas grandes, aunque paguen con tarjeta, sí que es más raro que no dejen nada, aunque hay de todo”, confiesa.
Donde sí se aprecian diferencias en cuanto a la cultura de propina de este y otros países es cuando irrumpen en los bares de la Dársena un tipo muy específico de cliente: los cruceristas venidos de otras latitudes, acostumbrados, por hábito, a otro tipo de cantidades cuando se habla de gratificaciones. “Ahí si que se nota el volumen de propinas. Estamos hablando de que quizás con un café te dejan un euro o dos de propina. Aquí va habiendo algo más de cultura de propina, pero todavía hay mucha diferencia”, cuenta.
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