Entrevista | César Antonio Molina Escritor y profesor, presentó ayer ‘¿Qué hacemos con los humanos?’ en A Coruña
“Estamos creando seres superiores a las capacidades del ser humano”
“Trato de que el lector se dé cuenta del mundo complejo en el que vive y reclame respuestas”

César Antonio Molina, ayer, en la librería Arenas / Carlos Pardellas
El escritor y profesor César Antonio Molina presentó ayer, en la librería Arenas, el libro ¿Qué hacemos con los humanos?, en el que reflexiona sobre los retos a los que se enfrenta el ser humano en el auge de tecnologías como la Inteligencia Artificial y sobre el lugar que ocuparán las personas en el futuro que vendrá.
Tras 348 páginas, ¿ha conseguido dar respuesta a esa pregunta?
Este es un libro escrito desde el Humanismo, por un profesor de Humanidades, por un escritor y por una persona que ha estado siempre dedicada a la cultura. No soy un científico. No soy un ingeniero tecnológico. Simplemente reflexiono sobre aquellos aspectos fundamentales en nuestra existencia que quieren ser cambiados, o que inevitablemente serán cambiados según vamos viendo conforme se desarrolla la Inteligencia Artificial, los algoritmos y la robótica. Desde que nacemos hasta que morimos, el ser humano ha tenido que responder a por qué estaba en el mundo, para qué y por qué tenía que morirse. Para eso nos inventamos la cultura y la civilización; por eso nos inventamos las religiones, las creencias, la fe, el tema de la resurrección, el alma, los deseos, el amor, la felicidad; para tratar de darle un sentido a nuestra vida. Lo que pretenden cambiar inevitablemente con este mundo nuevo que está surgiendo, y que no sabemos por qué nos van a cambiar todo esto.
¿Hasta qué punto estas nuevas tecnologías, —que al fin y al cabo aprenden y beben del conocimiento humano— constituyen una amenaza para nuestro modo de vida, en lugar de una herramienta para potenciar todo eso que, como dice, nos hace humanos?
Porque nos están superando. Piensa en Einstein, que era el mayor genio del siglo XX. Se ha calculado hoy que la Inteligencia Artificial lo supera 10.000 o 15.000 veces. Nosotros no tenemos la inteligencia de Einstein. Imagínate cuál será la superación respecto a nosotros. La creación de la robótica va a significar la desaparición de miles de puestos de trabajo. En Estados Unidos han calculado que, a lo largo de esta década, van a desaparecer más de 1.000 profesiones. No solo esto, en el mundo de la robótica ya se habla de robots que pueden pensar, tener sentimientos, decidir. Estamos creando seres no solo paralelos al ser humano, sino superiores a las capacidades que tenemos. No solo se habla de evolución, sino de coevolución. Nosotros ya evolucionaremos al unísono con los dos instrumentos. ¿Qué va a pasar con todo ese mundo que nos supera en capacidades? ¿Qué papel vamos a tener? Yo me pregunto todo eso. No quiero dar soluciones. La Filosofía no va a dar soluciones, hace preguntas, busca los matices. Tenemos derecho a preguntar qué va a pasar. Hace poco hemos visto que los trabajadores de una empresa, cuando uno de los directivos dijo que se iba a otra, avisaron de que se llevaba secretos que amenazaban a la humanidad. Mark Zuckerberg dijo una cosa terrible en el 2010: que la privacidad ya no era un derecho. La privacidad es la libertad.
Habla de la desaparición de miles de puestos de trabajo como uno de esos cambios que experimentará la sociedad. ¿No es la automatización de los procesos y la mecanización del empleo uno de los sinos de la civilización, para dejar espacio a otras formas de especialización?
Sí, pero esta revolución tecnológica nunca ha existido. No tiene nada que ver con la imprenta, la revolución industrial del XIX, todo eso era muy primitivo. Esta es una revolución gigantesca, cuyos límites desconocemos. También sus fines. ¿Quién va a manejar todo esto? La mayor parte de esas empresas que tienen el conocimiento de las tecnologías son privadas, y tienen presupuestos mayores que la mayor parte de los estados, y están en manos de la gente más poderosa que hay hoy en el mundo. Prefiero hablar contigo y no con una Inteligencia Artificial, que posiblemente en pocos años no me llame tú, me llame “ella”, y me entreviste a mí o quizá no, sino a otra Inteligencia Artificial que escribe libros. Creo que estamos sobrepasando unos límites en los que la ciencia se puede convertir en algo peligroso. No porque la ciencia sea peligrosa, sino por quienes la manejan.
¿No cree que disponer de herramientas tecnológicas con capacidad superior a nosotros puede estimular la curiosidad por las grandes preguntas del universo o sobre quienes somos, y ayudarnos a responderlas?
Sí puede ayudarnos a responder eso, pero tú imagínate un mundo todo mecanizado, en el que nosotros, o quienes estén, van a tener objetos con más capacidades que cualquiera que utilizaremos, y que nos pueden utilizar a nosotros. ¿Cómo vamos a convivir con ellos si tienen sentimientos, pueden razonar y almacenar nuestra memoria? Son cosas muy complejas y tenemos derecho a saber qué va a pasar con ello.
Introduce conceptos como “totalitarismo tecnológico”. ¿Cuáles son sus temores?
Carecer de libertad, estar controlados por esas máquinas, que tendrán unos dueños. Controlados ya estamos, no podemos hacer nada sin estos instrumentos, no somos nadie si no los manejamos. Se nos plantean todos estos problemas. Yo trato de que el lector se dé cuenta del mundo complejo en el que está viviendo, y que sepa reclamar esas mismas respuestas que yo reclamo.
La comunidad científica defiende con ímpetu que estas tecnologías formarán parte de nuestras vidas y se pondrán al servicio del ser humano en ámbitos como la industria, la medicina o la vida cotidiana.
Tampoco es así del todo. Más de 1.000 grandes científicos de todo el mundo han firmado una carta pidiendo que se legisle, se estudie y, si es necesario, que se pare, para ver qué va a pasar con todo esto, quién va a manejar todo esto y para qué. La comunidad europea, hace una semana, ha firmado un acuerdo para legislar todo esto. Es muy complicado legislar y detener todo esto, pero al menos hay que saber qué están haciendo y de qué manera. Hay universidades americanas e inglesas que tienen departamentos sobre el futuro del ser humano; ya no sobre el futuro del lince, el león africano o la jirafa, no; del ser humano. Eso quiere decir que hay un temor científico por lo que pueda pasar siguiendo por esos caminos. No estoy contra la ciencia ni mucho menos, los adelantos en la medicina serán fantásticos; pero sí tenemos que saber hasta dónde se puede legislar.
Apela a la “soberbia científica”. ¿Considera que el ego o la ambición de conocimiento de algunos científicos se antepone a las necesidades de la sociedad?
Hablo de la soberbia de algunos científicos, no de la ciencia. La ciencia, como el periodismo, no es soberbia. Algunos periodistas lo son. A veces, hasta muchos. Oppenheimer vio todo esto. Cuando pasó lo de la bomba atómica ya vio lo que sucedía, y no quiso seguir la investigación y empezó a trabajar por concienciar a la sociedad de lo que estaba pasando y por qué caminos íbamos. No debemos ser ajenos, los ciudadanos, al mundo a la investigación. Debemos opinar, pensar, las cosas que nos convienen y las cosas que no. Ni todo es bueno ni todo es malo. Debemos escoger lo bueno, no lo malo.
¿Cree que la sociedad ha aceptado estos cambios tecnológicos por mera inercia, sin hacerse preguntas?
Por inercia, por economía, porque se mueve muchísimo dinero; por poder. Pasaba lo mismo con la bomba atómica; los aliados pensaban que la tenían solo ellos, y que solo ellos iban a ser poseedores de este poder. En pocos años, lo tenía Rusia, China, la India, y Europa, Gran Bretaña, Francia y demás. Todo esto se traspasa a todo el mundo. Nosotros tenemos que luchar por el bien, no por el mal. Esto es una lucha entre el bien y el mal. Tenemos que hacer que las investigaciones sigan el camino del bien.
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