Entrevista | Marina Heredia Cantaora, actúa hoy y mañana con la Sinfónica

“Los gitanos pasamos por duros momentos, pero sin dejar de ver la vida con alegría y esperanza”

“Espero seguir colaborando con la Sinfónica, con la que tengo una comunicación que facilita que la música sea música, no un trabajo”

Marina Heredia, tras un ensayo en el Palacio de la Ópera con la Orquesta Sinfónica de Galicia.

Marina Heredia, tras un ensayo en el Palacio de la Ópera con la Orquesta Sinfónica de Galicia. / Iago López

Aunque de niña quería primero bailar, acabó siguiendo los pasos de su padre, el cantaor Jaime Heredia El Parrón. Ahí despegó la carrera de Marina Heredia (Granada, 1980), infatigable desde entonces, una de las voces más relevantes del flamenco en España y el extranjero. Relajada en una butaca del Palacio de la Ópera, se siente cómoda hablando de su pueblo y de su arte, un flamenco que lleva en la sangre y que esta noche y mañana (20.00 horas) fusiona con la música de la Orquesta Sinfónica de Galicia con la dirección de José Trigueros. La cita supone además el estreno nacional de una obra escrita por ella: En libertad.

Flamenco y música sinfónica, cante y orquesta. No es la primera vez que usted participa en esta fusión. ¿Casan bien?

Funcionan muy bien. Siempre ha habido acercamientos entre el flamenco y la música clásica, pero nunca se había hecho un encargo directo para una cantaora con orquesta, como ocurre ahora.

¿Cómo surge En libertad?

Esto viene de muy lejos. Nils [Szczepanski], el gerente de la Filarmónica de Duisburgo, me había contratado cuando estaba en otra orquesta para hacer El amor brujo, de Manuel de Falla, que es lo único que se había hecho hasta ahora en orquesta para una cantaora. Es un enamorado del flamenco y siempre habíamos hablado de seguir creando repertorio para una cantaora. En su primer año en Duisburgo me encargó una residencia, y esa es la primera vez que una cantaora flamenca hace una residencia con una orquesta, que incluye el encargo de En libertad y de tres proyectos más. Lo que él quería es enseñar las distintas facetas que una cantaora puede abarcar.

La idea de En libertad es suya. ¿En qué se ha inspirado?

Dicen que cuando dejas de perseguir los sueños, los sueños te encuentran a ti, ¿no? Ocurrió así. Siempre había tenido en mi cabeza la idea de explicar el camino que hicimos los gitanos desde que los romanos nos echaron de la India, de Rajastán, de donde somos oriundos. Quería contar ese camino, con todo lo malo y lo bueno que ha tenido, hasta hoy. La obra cuenta nuestras prioridades de vida: nuestros mayores, la familia, la comida, y cantar y bailar… nuestra libertad. La historia la empieza una niña y la termina una mujer mayor, por eso lo último que canto es: sobre mí ha caído la nieve de los años.

Usted cuenta esa historia y la Sinfónica le pone música. Ya ha trabajado con nuestra OSG. ¿Qué tiene de especial?

Espero que no sea la última vez porque me encanta trabajar con ellos. Siempre ha sido con la batuta de Trigueros, pero el conjunto humano es muy bueno: entre todos hemos tenido una relación muy profesional, con una comunicación que facilita que la música sea música, y no un trabajo. Si eres músico y no dejas de ser profesional, la música fluye; en cambio, muchas veces por el camino te encuentras con músicos que se convierten en trabajadores, sin que la música fluya igual.

Volviendo a esa fusión musical, ¿por qué funciona tan bien?

El flamenco es tan difícil, que todo lo demás nos parece fácil.

Pero no lo es.

No lo es, por supuesto. Nuestra base de ritmo, de afinación, de intuición... la tenemos tan interiorizada que nos permite construir mejor cualquier cimiento. Los flamencos nos metemos en muchos charcos y podemos nadar en ellos, pero cualquier músico de otras disciplinas no puede cantar por seguidillas. Nosotros jugamos con esa ventaja.

¿Qué le resultará más chocante y a la vez atractivo al público más acostumbrado a la orquesta que al flamenco?

Creo que no tendrá nada de chocante porque la música fluye muy bien, por cómo va contando la historia con una verdad absoluta. Los gitanos pasamos por muchos momentos duros, como el maltrato que nos dieron los Reyes Católicos o el holocausto nazi, pero nunca perdimos las ganas de vivir ni la forma de ver la vida con alegría y esperanza. Eso está reflejado en la obra y el público lo va a entender porque está hecho desde la verdad.

El arte lo lleva en la sangre porque es de familia de artistas. ¿Nació para ser cantaora?

Cuando naces en una casa flamenca, parte del camino la llevas andada, está dentro de ti. Pero yo no pensé en que llegaría lejos porque empecé de rebote. Quería ser bailaora, pero bailaba mal y en algún momento mi padre, que es cantaor, me enseñó el camino. Me preguntó si quería ser cantaora y yo, inconscientemente con 13 o 14 años, le dije que sí, pero él me dijo que para ello tenía que ponerme a estudiar. Porque ser cantaora no es hacer dos letritas por bulerías y un estribillo por tango. A partir de ahí empecé a prepararme y a subir la escalera: tablaos, peñas flamencas… hasta que me fui independizando.

Su trayectoria es larga y usted es muy reconocida, y aún es joven. ¿Qué desafíos artísticos le quedan?

Gracias por el cumplido. Los tengo clarísimos. Por ejemplo, seguir generando repertorio para una cantaora que se pueda convertir en espectáculo con puesta en escena, más allá de una orquesta y una voz.

Trabaja mucho cada año. ¿Es de las artistas que, figuradamente, morirá en un escenario?

No creo, hay otras formas de llevar el arte hasta el último aliento, a lo mejor no encima del escenario. Los flamencos viejos son nuestro tesoro y su sabiduría la han transmitido de forma oral a los que somos jóvenes. Espero seguir teniendo facultades para poder cantar y transmitir también esa sabiduría.

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