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Entrevista | Fina Baliñas Enfermera jubilada, XX premio Marcela e Elisa de la asociación Alas A Coruña

“La falta de respeto a que cada uno tenga la vida sexual que le da la gana es tremenda”

“La sociedad y los médicos aún siguen con el estigma de que si tienes VIH te vas a morir”

Fina Baliñas, ayer en la calle Marcela e Elisa.

Fina Baliñas, ayer en la calle Marcela e Elisa. / Iago López

A Coruña

El Día Mundial del Sida del año pasado, el 1 de diciembre, Fina Baliñas se jubiló después de 38 años atendiendo en el Hospital de A Coruña a pacientes afectados por el síndrome de inmunodeficiencia adquirida (VIH/sida). Este sábado 8 de junio esta enfermera recibirá el XX premio Marcela e Elisa por parte de la asociación LGTBI+ Alas A Coruña.

¿Echa de menos a los pacientes?

El VIH ha sido un reto para mí, desde el primer día: ha crecido conmigo profesionalmente. Con 25 años acabo la carrera y al poco tiempo empiezo con el VIH. Me jubilo y no lo dejo curado, pero sí en una situación mucho más llevadera. Siempre tuve clara mi conciencia social, y el día que me enamoré del VIH...

“El día que me enamoré del VIH”. Eso suena...

Sí, un poco raro, ¿no?

Cuando oímos hablar del sida en los años ochenta hubo mucho miedo. ¿Cree que otros sanitarios se enamoraron como usted?

Ten en cuenta que hablas con una enfermera, y las enfermeras nos dedicamos a los cuidados. La mayoría de los pacientes, al principio, eran de mi generación, gente a la que conocía de A Coruña, de cuando todos íbamos juntos al Patacón, al Tranvía, a Punto 3, al Playa... todos en manada. De repente me encuentro en el hospital con que la gente que tenía sida era conocida. Pues sí, me enamoré en el sentido de tener que hacer muchos cuidados y de, sobre todo, ayudar a morir cuando ves que no hay otro camino.

¿Los estigmas en torno al sida aún perduran?

El estigma está ahí, por desgracia, pero lo peor de todo es que la gente tenía miedo a infectarse. A finales de los 80 no conocíamos casi nada y cuando le pusieron el nombre lo llamaron el castigo divino de las cuatro H: heroinómanos, hemofílicos, haitianos y homosexuales. Con esa premisa, la sociedad y los médicos aún siguen con el estigma de que si tienes VIH te vas a morir. Y no, hoy no significa eso. Hay dos palabras que odio: contagio y promiscuidad.

Que todavía se asocian al sida.

Nos metieron por los ojos al principio que era un castigo divino, un contagio que aísla a las personas, una alerta que da miedo. Las enfermeras siempre peleamos para decir que es una enfermedad transmisible, pero no un contagio. El virus no se transmite si quien lo tiene toma bien el tratamiento: una pastilla al día o una inyección cada dos meses.

¿También se ha pensado erróneamente que si eras promiscuo te exponías más al virus?

No soporto esa palabra. Las personas no somos promiscuas, sino que tenemos necesidades sexuales diferentes. Hay gente que tiene una relación al mes, o que la tiene con una sola persona, o con siete, o cinco, o dos, o con nadie. No existe la promiscuidad sino el deseo sexual de cada uno, que es lo único nuestro que tenemos.

¿La pervivencia de estos estigmas no ha hecho mejorar nuestra educación sexual?

Hasta que me jubilé, la gente adulta que traté llegaba con complejo de culpabilidad por ser homosexual, por ejemplo: culpa por hacer cosas que, para ellos no son lo establecido, digamos. En los jóvenes eso se ha advertido menos, algo que se debe a la propia sociedad en sí. En general, la falta de respeto a que cada persona tenga su vida sexual como le da la gana es tremenda. La vida sexual es maravillosa, y no hay un prototipo de relaciones sexuales.

¿La sociedad ha sido cruel con los enfermos de VIH?

Muy cruel. El mayor error del mundo fue focalizar esta enfermedad en grupos de riesgo, y no es así, lo peligroso son las prácticas de riesgo. Muchos pacientes lo han ocultado por miedo a la discriminación. Me costó mucho trabajo erradicar de mis pacientes esas palabras que te decía, pero también hacerles ver que el virus estaba ahí, como el COVID, y el VIH sigue viviendo con nosotros, entre otras razones porque no se ha hecho un cribado importante, como se hizo con la hepatitis C.

¿Qué era lo más complicado al tener que hablar con un paciente sobre su enfermedad?

Todo en su conjunto. Cuando sabían lo que tenían, la primera cara que veían era la mía. En ese momento tienes que crear el caldo de empatía, la suficiente intimidad con el paciente en un momento crítico, porque la mayoría lloran, se culpan a sí mismos... Tienes que dejar que se desahoguen, cogerles la mano, acercarte a ellos. Pero también tienes que decirles que deben convivir con el virus, ser amigo del virus, que significa entender bien cómo funciona.

¿Qué momentos le han dejado huella en su vida profesional?

He tenido buenas y malas huellas. A algunos de mis mejores amigos les he tenido que enchufar al cóctel, que entonces significaba ayudarles a morir, agarrados de la mano, llorando, despidiéndonos. Yo salí de la escuela sin que nadie me preparase para ello: eso no se enseña, lo vas aprendiendo.

¿Qué le han enseñado los enfermos en estas décadas?

Todo. Al trabajar con ellos, los traté cuando tenían pareja y cuando no la tenían, hablé con sus novios y novias, con sus padres... Se trata de hablar mucho. Quienes viven me dicen hoy: estoy sano, Fina, tengo nietos sanos, me has dado una felicidad tan grande. ¿Qué más puedo decir?

Alas A Coruña la premia. ¿Por qué le gustaría ser recordada?

Por ser una buena persona. Por ser alguien que se ha puesto en el papel del paciente y que ha luchado siempre y seguirá luchando por la sanidad pública. Por desgracia, muchas veces nos ponen a unos directores y gerentes que vaya por dios... Cada tratamiento nuevo contra el VIH que salió lo tuvimos que luchar desde el principio, en los años 90, quienes trabajábamos con el sida y las ONG, para que estuviera en los hospitales. Las instituciones han ido por detrás de las necesidades de la sociedad.

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