Entrevista | Rodrigo Cortés Director de cine y escritor, presentó en A Coruña su libro ‘Cuentos telúricos’

“En lo personal estoy más interesado en tratar de entender que en creer”

“El propio García Márquez decía que el realismo mágico venía de Cunqueiro”

Rodrigo Cortés, en la FNAC de A Coruña.

Rodrigo Cortés, en la FNAC de A Coruña. / CARLOS PARDELLAS

Rodrigo Cortés (Ourense, 1973) visitó hace unos días A Coruña para presentar su último libro, Cuentos telúricos. El hombre tranquilo es el maestro de los relatos mágicos y le ha tocado hablar de ellos en su tierra, que es también la de Álvaro Cunqueiro.

¿Existe la definición de cuento telúrico?

Son cuentos casi fantásticos en los que podría pasar de todo, pero no cualquier cosa, porque todos responden a sus propias reglas.

¿Y quién las marca?

Inevitablemente yo, en eso no hay que jugar mucho a decir que los personajes tienen vida propia o que se escapan de los deseos del autor. Nunca he creído demasiado en eso. Aun así me entrego a sus rumias y contradicciones y exploro sus pensamientos circulares deportivamente.

¿Cómo llegan? ¿A partir de una vivencia, una frase, una película?

De formas muy diversas porque muchas veces me siento sin saber siquiera qué va a suceder y parto de una frase que puede ser cualquiera, la primera que venga a mi cabeza. En uno de los cuentos un simple hola en interrogaciones, en otro hay brisas y brisas. Cualquier cosa sirve para empezar a tirar del hilo. Una frase te lleva a la siguiente que te lleva a la siguiente. No es escritura automática, simplemente modelas una energía y empiezas a jugar con ella. Y en cuanto aparecen personajes y los cruzas, suceden cosas interesantes. Solo cuando acabas sabes qué es lo que querías decir.

Dice “me siento...”. ¿Hay ese proceso de ponerse delante de un ordenador o es de llevar una libreta en la que apunta ideas?

Anoto poco, tal vez por pereza, y solo cuando una idea se hace recurrente y vuelve sola, la uso. Lo cual no significa que una parte de tu cerebro que desconoces no esté anotando constantemente y esa es precisamente la que emerge de forma aparentemente racional, pero no siento un destello de inspiración que me tira al suelo y me impulsa a pedir una servilleta. Yo me siento frente al teclado y al principio no hay nada y luego hay algo.

¿No cree en esa fuerza de la inspiración que le lleva a escribir de repente?

No como fuerza externa que me tira del caballo. La inspiración surge después, cuando pones la maquinaria en marcha. Entonces sí, entras en un estado de flujo que pone las cosas calentitas y la antena empieza a calibrarse y a estirarse. Las musas aparecen, pero aparecen después.

¿Necesita dividir escenarios? Es decir, si escribe un cuento no está centrado en dirigir una película.

Generalmente pasas de una a otra, a veces con mucha velocidad y frecuencia, pero en cada uno de estos saltos prestas plena dedicación a una sola cosa. Puedo escribir entre películas, puedo escribir entre procesos entre películas, puedo conseguir grandes avances en esos túneles intermedios hasta que aparezca el siguiente túnel, pero durante un instante o seis horas o tres semanas me dedico a eso de pleno.

Los cuentos dejan claro que hay una línea muy fina entre magia y realidad. ¿Es así como entiende la vida?

Simplemente no me siento a ser mágico ni me siento a ser real. Me siento a escribir y me doy toda la libertad del mundo. Así que puede pasar cualquier cosa. No es que crea que ahora alguien pueda levitar cinco centímetros, ni pienso que haya magos que se saquen un conejo de un sombrero, no sea por haberlo metido antes en él, sino porque recompone sus partículas con poderes inauditos, pero en mi literatura sí existe.

¿Cometemos el error de querer entenderlo todo?

No sé si es un error, probablemente el error sea más bien tratar de racionalizarlo todo. Hay algo lógico, interesante en la vida, en tratar de entender. En lo personal estoy más interesado en tratar de entender que en creer. Pero el arte es otra cosa. El arte no da respuestas unívocas. El arte encierra en sí su propio mensaje, que a veces es sensorial. Cuando uno se planta ante una escultura verdadera o ante una pintura verdadera o ante un poema verdadero, las interpretaciones pueden ser múltiples. Un libro es tanto como espectadores lo leen, especialmente cuando el autor no hace ningún esfuerzo en cerrar cabos sueltos o en unificar teorías y, a menudo, no tiene él mismo las respuestas que a veces busca el lector. Eso sí lo encuentro más interesante, no es la vida, es la representación de la vida y es un ejercicio mágico en el que hay que usar herramientas que no son necesariamente las de la física.

¿Por eso sus fábulas no incluyen una moraleja?

Eso parte del carácter de cada cual y el mío elude las moralejas, entre otras cosas porque las moralejas matan el cuento. Cuando lees un cuento bello y al final se añade una explicación, parecen esas revistas que había que invertir para encontrar cuál era la solución y se pierden todas las resonancias y todas las ambigüedades y se anula el misterio. En estos cuentos puede haber fábulas, pero vienen sin moraleja. Ninguna se parece ni remotamente a una recomendación y mucho menos a una lección.

¿El orden de los cuentos está pensado?

Muy pensado. Suelo poner la analogía del álbum musical en comparación con los grandes éxitos. Los grandes éxitos son unas cuantas canciones, a menudo temazos, que se ponen en cualquier orden. Está bien, pero no hay una coherencia interna. En un álbum, sea temático o no, hay una textura sonora que une las canciones. Pueden ser muy diversas entre sí, una puede ser rápida y otra lenta y una más compleja y otra más esencial, pero hay una corriente subterránea que plantea un viaje unívoco, diferente a otro álbum de ese mismo grupo o de ese mismo autor. Y cuando se hace un disco, se piensa con cuidado cuál es la primera canción que debe representar de algún modo al disco. Se decide si el single, que es por el que la gente llega a él después de oírlo en la radio, va el primero, por esa misma razón, o va el cuarto, porque es una recompensa que permitirá escuchar con tranquilidad las otras tres. Y desde luego habrá una decisión sobre qué canción dice adiós al disco, cuál es la que queda resonando en la cabeza cuando se levanta la aguja. Así se compone también un libro de cuentos. Me senté a escribir un libro de cuentos, no a apañarlo.

¿Qué libros o autores ha leído que le han permitido crear estos mundos?

Una referencia es Cunqueiro, que es quien abre el libro a modo de cita. Por muchas razones, una es por su prosa exquisita. Esa capacidad de usar la sintaxis como arquitectura suave de un texto con frases aparentemente interminables de una poesía inaudita. La otra razón es, probablemente, porque une cielo y tierra con enorme naturalidad. No es que desdibuje las fronteras entre magia y realidad, sino que hace la magia no solo real, sino cotidiana y natural, que es algo, por otro lado, muy gallego. El propio García Márquez decía que el realismo mágico venía de Cunqueiro y que a él le venía de su abuela gallega.

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