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Las huellas de la cubanidad coruñesa

De la Aduana al Consulado de Mar: un recorrido por los rincones coruñeses que reflejan el vínculo de la ciudad con Cuba, trazado durante décadas por la emigración y el retorno

El arquitecto Alberto Fuentes, frente a la actual Subdelegación del Gobierno, antiguo edificio de Aduanas.   | // GERMÁN BARREIROS/ROLLER AGENCIA

El arquitecto Alberto Fuentes, frente a la actual Subdelegación del Gobierno, antiguo edificio de Aduanas. | // GERMÁN BARREIROS/ROLLER AGENCIA / marta otero mayán

A Coruña

En el centro de los jardines de Méndez Núñez se erige un impresionante monumento de piedra que no rinde homenaje a un político ni a un militar, sino a un poeta. Es Manuel Curros Enríquez, que ni nació ni falleció en A Coruña, pero sí está enterrado en ella. Murió en La Habana, donde se convirtió en figura referencial de las Letras gallegas, y fue inhumado en San Amaro con honores de jefe de estado. El monumento, firmado por Francisco Asorey, está circundado por una variedad arbórea poco común en Galicia: palmeras, tributo y símbolo a los emigrantes gallegos retornados de Cuba que constituyeron uno de los grandes canales de vínculo entre ambas naciones.

La casa del indiano Díaz de la Rocha, en la plaza de Lugo.   | // G. BARREIROS

La casa del indiano Díaz de la Rocha, en la plaza de Lugo. | // G. BARREIROS / marta otero mayán

Galicia y Cuba están unidas por un rosario de realidades inmateriales. La huella de una está impresa en la identidad de la otra. También quedan algunos restos tangibles en las calles de aquel vínculo enriquecedor que desdibujó los límites entre dos países separados por el Atlántico. El arquitecto y divulgador Alberto Fuentes se ha propuesto sacarlas a la luz a través de una visita que recorre los rincones de la cubanidad coruñesa, indispensables para comprender la ciudad que hoy es.

El recorrido empieza en el antiguo Real Consulado del Mar, en la calle Panaderas, hoy sede de la Real Academia de Belas Artes y ayer punto de partida de cientos de gallegos que decidían buscar el futuro a otro lado del océano. Junto con la Aduana, actual sede de la Subdelegación del Gobierno, dos cruces en el mapa indispensables para entender el periplo transoceánico de ida y vuelta. “Son quizá los puntos más emblemáticos de entrada y salida par a la propia historia de A Coruña. La Aduana era el lugar en el que había que tramitar todas las salidas a finales del XIX y principios del XX. Todas esas fotos de la emigración en A Coruña son siempre saliendo de ese lugar”, detalla Fuentes.

Mujeres trasladan equipajes con destino a La Habana en 1925.   | // LOC

Mujeres trasladan equipajes con destino a La Habana en 1925. | // LOC / marta otero mayán

El intenso desarrollo cultural gallego que se generó a través de esos movimientos es otro de los intangibles que el arquitecto repasa en sus visitas, donde destaca las aportaciones de figuras que, a pesar de no haber residido en la isla, dejaron su impacto en la vida cultural de la Galicia de ultramar, como Eduardo Pondal. “El monumento a Pondal en los jardines de Méndez Núñez también nos habla de esa relación. El Himno de Galicia, Queixumes dos pinos, se toca por primera vez en La Habana. El monumento a Pondal está rodeado de pinos, del rumor de esos árboles”, detalla Fuentes.

No faltan en el recorrido menciones a Curros Enríquez o al músico José Castro Chané, referentes de la emigración gallega en La Habana y cuyos restos descansan hoy en el cementerio de San Amaro. “Todos tuvieron encuentros en A Coruña. Aquí es donde nacen las grandes tertulias, las Irmandades da Fala o A Cova Céltica, que son germen de la cultura gallega actual. Todo eso se gesta en A Coruña, de la mano de los personajes que luego formarán el Círculo Gallego de La Habana”, detalla Fuentes. La propia Real Academia Galega, otra gran institución nacida en A Coruña a principios del siglo XX, se financia a través del Círculo Gallego de La Habana, que emigrados y exiliados integran al otro lado del mar.

El retorno de estos emigrantes, ya como indianos o, en este caso particular, como habaneros, también dejó sus huellas en la ciudad. El tiempo borró algunas de ellas, pero otras permanecen visibles en las fachadas de las casas de inspiración modernista que los retornados que hicieron fortuna en la isla construyeron en la ciudad a su regreso. Ahí entronca la relación de la visita con el proyecto de divulgación de Arquitectura Modernista coruñesa que el propio Alberto Fuentes emprende desde hace meses a través de visitas y otras actividades, que se pueden consultar en su página de Instagram (@modernismo_coruna).

Antigua sede del Real Consulado del Mar, en Panaderas.   | // G. BARREIROS

Antigua sede del Real Consulado del Mar, en Panaderas. | // / G. BARREIROS

Uno de estos remanentes modernistas que continúan en pie se puede encontrar en la plaza de Lugo, si se levanta la mirada hacia la fachada del edificio cuyo bajo alberga la tienda Pronovias. “Es una de las más bonitas. Era la casa de Benito Díaz de la Rocha, que la construyó tras hacer fortuna en Cuba. Tiene una fachada muy típica de los indianos. Cuando estos estaban en América y tenían morriña y soñaban con el deseo de volver a su tierra, representaban en las fachadas la botánica y la flora de Galicia”, cuenta Fuentes. En el caso de la vivienda de Díaz de la Rocha, elementos florales como bellotas, hojas de roble, laurel y camelias quedaron impresas en el hormigón hasta el día de hoy.

Los periplos de ida y vuelta desde A Coruña hasta Cuba no pueden entenderse sin su principal vía de salida al universo exterior: el puerto, uno de los grandes focos históricos de crecimiento de la ciudad y que, en su momento, supuso el primer canal apertura de Galicia a las posibilidades del Atlántico. “El puerto fue lo que hizo que A Coruña creciese económicamente a lo largo de la historia. Cuando se abre el puerto al comercio con América, vienen para la ciudad apellidos internacionales que se conservan todavía en la ciudad. Vienen a trabajar en estos tipos de negocios que se abren en torno al puerto por las líneas de barcos entre ambos continentes”, detalla el arquitecto.

Uno de los puntos de ebullición de estas rutas era el Muelle de Hierro, situado en el espacio que en la actualidad ocupan el edificio de Correos, el teatro Rosalía y la Autoridad Portuaria, antes de que acometiesen los rellenos en la zona que dieron lugar al barrio de la Pescadería. “Permitía que los barcos pudiesen llegar directamente hasta la propia costa y no tuvieran que quedarse fondeando en medio de la ría, esperar a que subiese la marea y llegar con barcazas para hacer intercambios de personas y de víveres”, detalla Fuentes.

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