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Negocios de A Coruña que resisten sin tarjeta: «Siempre hay que llevar un billete en la funda del móvil»

En unos tiempos en los que la tecnología manda, algunos establecimientos se resisten a cobrar con tarjeta. La agilidad para cobrar pequeñas cantidades o las comisiones son algunas de las razones que llevan a algunos bares, talleres de costura o ultramarinos a resistirse contra este cambio que creció tras la pandemia

Lola Sande en la Pulpeira de Lola, con su retrato y clientes habituales al fondo.

Lola Sande en la Pulpeira de Lola, con su retrato y clientes habituales al fondo. / Carlos Pardellas

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A Coruña

«En A Cunquiña toda la vida se ha cobrado en efectivo», explica Rosa Ferreiro, dueña de la famosa taberna de la plaza del Humor. «Hay que tener en cuenta que son tacitas de 80 céntimos. Si cada vez que cobramos tenemos que pasar el TPV, nos morimos. En vez de estar atendiendo a la gente y trabajando, estarías todo el rato cobrando. Básicamente es por comodidad», explica la hostelera. Este es uno de los pocos negocios de A Coruña que se resiste a cobrar con tarjeta y donde es necesario utilizar el efectivo para poder consumir.

Ferreiro recuerda incluso el apagón que hace meses paralizó durante horas los pagos electrónicos: «Nuestros clientes no lo notaron, porque todos tenían efectivo», dice entre risas. Sobre este incidente opina que «influyó más de lo que pensamos, ya que ahora hay gente que mete diez euros en la funda del móvil». En su bar, asegura, no hay protestas por cobrar en efectivo: «Nunca hubo ninguna queja, la gente lo entiende perfectamente. Los fines de semana viene bastante gente joven y ya vienen con efectivo. Si aparece algún turista que no trae dinero, no lo dejamos sin servir, pero normalmente hay cajeros cerca y lo solucionan en un momento».

En el barrio de Novo Mesoiro, el Bar O Roncudo mantiene la misma política. Su propietario, Ino Suárez, lo justifica en la operativa diaria: «Nos da más trabajo andar cobrándole a un grupo de chavales, uno con tarjeta, otro con el móvil, otro que quiere ticket, otro que no… Con efectivo es más sencillo». El establecimiento tuvo tarjeta hace años, pero lo dejó en la pandemia. «Nos va de maravilla así, nadie se queja». El hostelero opina que «hay que acostumbrar a la gente a que siempre hay que llevar un billete en la funda del móvil». Ino Suárez pone un ejemplo práctico:_«Tú vas conduciendo, decides echar gasolina, no te va la tarjeta, ¿cómo haces? Siempre hay que tener un billete en la recámara, no se puede vivir de la electrónica». Recuerda que el día del apagón él estaba de descanso tomando algo en el Chaflán: «Había gente que no podía pagar porque no tenía efectivo».

En su bar, la gente tampoco tiene ningún problema para pagar en efectivo: «Yo, cuando me llaman para encargar tortillas, ya les advierto de que no se puede pagar con tarjeta. Nunca hay problema». En caso de que alguien se confunda, siempre se encuentra una solución «Alguien le presta o se acerca al cajero». El bar lleva 16 años y mientras puedan seguirán resistiendo. «Si un día tenemos que poner tarjeta nos tendremos que adaptar. Creo que el efectivo y la tarjeta deben convivir», apunta el hostelero.

Fuera de la hostelería también hay negocios que siguen sin cobrar con tarjeta. Estrella, que abrió en 2017 su taller de arreglos de ropa en la Avenida dos Mallos, asegura que no se planteó instalar un datáfono porque su negocio se sostiene en servicios de precios muy reducidos. «No lo tengo porque no surgió. Empecé y casi todo el mundo pagaba en efectivo. Lo noté cambiar a partir de la pandemia, pero al final lo que cobro son cantidades pequeñas: bajos a cuatro o cinco euros. Cobrar con tarjeta y pagar comisión no me compensa». Cuando se trata de arreglos mayores, como vestidos de boda, admite otras fórmulas. «En trabajos de 60 o 70 euros a veces me hacen Bizum, y yo les hago la factura. Pero la mayoría de las veces la gente paga en metálico. La clientela mayor siempre lo hace así, y cuando alguien pregunta, les explico que no tengo tarjeta y no pasa nada».

El contraste lo pone Emilio Vigo, propietario del ultramarinos Iglesias, en la calle Rey Abdullah. Fundado en 1956, este negocio resistió casi setenta años sin datáfono, hasta que las nuevas rutinas de consumo lo obligaron a ceder. «Todo el mundo preguntaba. Había mucha gente que no llevaba dinero y no podía comprar. Al final, en una zona con gente joven y también mayor que no quiere ir al cajero por miedo, tuve que ponerlo».

Vigo admite que el sistema no le resulta del todo rentable: «Prefería no poner la tarjeta porque tengo un margen muy pequeño de beneficio, y ahora una parte se la lleva el banco». El comerciante tiene que pagar un porcentaje por cada operación. «Tampoco es una ruina, pero se nota. La mayoría nos paga con tarjeta, y yo tengo que ir al cajero a buscar dinero para pagar la mercancía en efectivo. Las cuentas me las liquidan de un día para otro, así que trabajo de hoy para mañana», concluye.

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