Poesía como bálsamo para el trauma tras el accidente de su hijo en A Coruña
El arousano Antonio López luchó durante 13 años por ayudar a su hijo, que se quedó en estado de mínima conciencia. El humor y la literatura le ayudaron a aliviar el dolor y ahora presenta su tercer libro, una selección de poemas titulada ‘Una larga travesía’

Antonio López (i.), con su hijo Pablo antes del accidente. En el recuadro, la portada de su libro. / A.L.
Rafa López
Es difícil ponerse en la piel de alguien que tiene a un ser querido con la vida suspendida entre dos mundos. Es el caso, muy conocido, del piloto de Fórmula 1 Michael Schumacher, que sufrió una lesión cerebral traumática en un accidente de esquí. A Pablo López, de 25 años, le ocurrió algo similar unos meses antes. Fue arrollado por un coche cuando trataba de cruzar en bicicleta la avenida de San Cristóbal de A Coruña en la mañana del 3 de abril de 2012. El impacto fue tan fuerte que la cabeza de Pablo, que no llevaba casco, rompió el parabrisas del vehículo. Fue trasladado al hospital con traumatismo craneoencefálico severo. Así comenzó un calvario para su hermano menor y sus padres.
Una larga travesía es el libro de poesía que ha escrito el padre de Pablo, Antonio López (Vilaxoán de Arousa, 1960), y que el próximo sábado 15 de noviembre (19.00 horas), presenta en el Sporting Club Casino de A Coruña. «Mi forma no de escapar del trauma, porque no puedes, pero de aliviarlo, fue a través de los poemas y del humor. La literatura me ha ayudado mucho», comenta este manager comercial jubilado, que firma con el pseudónimo de Caetano Agrelo este volumen, publicado por la editorial Autografía.
«Somos unos padres coraje como hay muchos otros», reconoce Antonio, que cuenta la historia de resistencia y superación de su familia, volcada con el primogénito. «Llegamos a pedir la ayuda del presidente de la Xunta de Galicia, de la conselleira de Sanidade, de la Casa Real, para lograr que nuestro hijo fuese atendido con cargo al Sergas en el Institut Guttmann de Barcelona», relata.
La primera batalla que ganaron fue la propia supervivencia de Pablo, hospitalizado en estado muy grave. Después de un año había pasado de coma vigil (estado vegetativo) a estado de mínima conciencia. «Al principio no tenía expresión. Con el tiempo se consiguió que tuviera algunas reacciones neurológicas. Sonreía, pero no podía hablar ni comer. Era una situación desesperada. El sufrimiento de la familia fue tremendo», señala Antonio López.
Según cuenta, el primer neurólogo que lo vio dijo que el mejor sitio en España donde podía estar Pablo era el Instituto Guttmann de Barcelona, atendido por un equipo multidisciplinar. «Pedimos al Sergas que se hiciera cargo del ingreso en el Guttmann. Era mucho dinero y se negaron en redondo».
Pablo permaneció mucho tiempo ingresado en un centro de Oza. Tras lanzar una campaña en Change.org y lograr eco mediático, lograron que se emitiera una segunda opinión médica en el Hospital de Santiago. «Teóricamente participaba Guttmann, pero fue una mascarada. Pablo estuvo unas pocas horas en Santiago. Dijeron que no había nada que hacer. Y sí había mucho que hacer por nuestro hijo. Gastamos mucho dinero en fisioterapia y lograron el control cefálico: antes la cabeza se le caía. Tenía cada vez más respuestas, sonrisas…». Pese a que se obtuvieron pequeñas mejoras en su estado general y algunas respuestas, Pablo nunca recuperó la conciencia.
La larga travesía hizo mella en los padres y en el hijo menor, Diego, que ahora tiene 36 años. «Estábamos tan focalizados en su hermano mayor que pasó a un segundo término —admite su padre—. Le he compuesto unos versos pidiéndole perdón. Él siempre lo entendió».
Hace un lustro, la familia se trasladó a una casa en Sada de una sola planta y diseñada para los cuidados de Pablo. «Después de casi 13 años se lo llevó un virus respiratorio el pasado 6 de enero. Fue el ‘regalo’ que nos trajeron los Reyes», comenta Antonio con amarga retranca. «Cuando murió le cogimos de la mano y fue lo más duro que me tocó vivir».
‘Maldita libertad’
En el funeral, repleto de gente, Antonio leyó un texto de prosa poética llamado Maldita libertad. «Mi esposa y yo estábamos al borde del colapso y Pablo decidió dejarnos vivir los últimos años en paz, pero nadie querría recibir esa libertad. El trauma de mi hijo me hizo mejor persona, pero lo daría todo por ser peor persona y que Pablo estuviese vivo. Los bienes materiales no tienen ningún sentido si te falta tu hijo».
Una larga travesía contiene poemas de tono trágico que Antonio escribió para expresar «el profundo amor» que sentía por él, «la incertidumbre por cuál sería su futuro y la nostalgia por no tenerle ya como era antes de su accidente.
El libro contiene, además, otra larga serie de poemas que no guardan relación directa con el drama que vivió el autor, pero que le servían para sobrellevar mejor la situación a la que debía enfrentarme cada día, con los cuidados que debían proporcionar a Pablo las 24 horas del día.
En suma, un libro de poesía sencilla y fácil de leer destinada, añade Antonio López, a «tocar la fibra, llegar al corazón», también el de «otras personas y familias que pudieran tener que afrontar una situación similar».
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