«Alisarse el pelo es una forma de control sobre la mujer»
La fotógrafa Claudia Prechedes se pasó veinte años alisándose el pelo, diciendo que no de manera sistemática a planes que tuviesen que ver con el agua o que pudiesen arruinar horas y euros de peluquería. Cuenta su historia y la de muchas mujeres en ‘Pixaim’, una muestra que se puede ver en la Seoane dentro del FFoco

Claudia Prechedes, en la exposición de su proyecto ‘Pixaim’, en la Fundación Seoane. / Carlos Pardellas
Si se parase a echar cuentas, la fotógrafa Claudia Prechedes tiene claro que sumaría «años» sentada delante de un espejo intentando alisarse el pelo, peleando por conseguir una imagen que no es la suya y que no la representa ni a ella ni a su cultura ni a sus raíces. En los productos que se ha echado, algunos de ellos «con base de formol», en los dolores y picores sufridos, en los planes a los que ha dicho sistemáticamente que no por no arruinar horas de peluquería y en el dinero que ha invertido en conseguir el aspecto que le habían dicho que debía tener prefiere ya ni pensar.
La historia de Claudia es la de casi todas —por no decir todas— las mujeres negras, desde Michelle Obama en la Casa Blanca, a Ana Peleteiro compitiendo en las olimpiadas, a la niña que se cría en una favela y que sueña con ir a la universidad. Todas y cada una de ellas han crecido con la lucha contra su pelo rizado y no por decisión personal sino porque así lo aprendieron. Prechedes, que nació en la periferia de São Paulo, pero que reside en A Coruña desde principios de 2025 —aunque visitaba la ciudad periódicamente desde hace catorce años— lleva cinco trabajando en Pixaim, un proyecto que habla de racismo y de desigualdad y que ahora expone en la Fundación Luis Seoane, dentro de la programación del festival FFoco y que se podrá visitar hasta el domingo, 23 de noviembre.
«A mí no me contaron mi historia, aprendí la tuya, la de unos colonos que descubren un país y esa no es la verdad, porque había pueblos indígenas, porque secuestraron a 14 millones de personas negras en África ... Una opresión sistemática», sentencia Claudia Prechedes y es que, como niña nacida en el Brasil de los años 80, sus referentes no eran mujeres negras sino la modelo y cantante Xuxa, tan alta y tan rubia que pequeñas y mayores se querían parecer a ella. «Tengo tres imágenes con una toalla, yo me la ponía así para hacer como que tenía una melena lacia y la balanceaba », explica Prechedes, que se ha valido no solo de su álbum familiar para mostrar que la lucha contra sus rizos ha sido una constante en su vida desde que empezó a alisárselos con siete años hasta que decidió hacer la transición a quererlos y mostrarlos, cuando casi tenía treinta, sino también de la historia, desde los esclavos, a los que, antes de emprender viaje les afeitaban la cabeza.
«Aquí mi madre estaba totalmente rapada y llevaba peluca», confiesa Prechedes viendo una instantánea de sus padres. «Si Michelle Obama no quería que su pelo llamase más la atención que el presidente negro, ¿qué no nos pasará a nosotras que estamos en la parte más baja de la pirámide de la sociedad? Yo, cuando estaba en Secundaria tenía interiorizado que para encontrar un trabajo tenía que alisarme el pelo, lo tenía tan claro como que no podía ir vestida de cualquier manera», relata Prechedes. «Es racismo estructural, son pequeñas acciones diarias que te van borrando tu identidad», sentencia la fotógrafa, que pensaba, cuando se mudó a Buenos Aires en 2015, que encontraría más libertad que en Brasil o en La Paz, donde vivió tres años, y se dio de bruces con más racismo, porque la sociedad es «mayoritariamente blanca», así que, en varias ocasiones, desconocidos le llegaron a tocar la melena sin su consentimiento.
Y, a partir de esa experiencia supo que tenía que hacer un proyecto para mostrar a las demás que lo que les pasaba a ellas no era una anécdota, sino la realidad de todas.
«Si lo piensas bien, es una medida de control hacia las mujeres y su cuerpo porque si te pasas todos los sábados hasta cinco horas alisándote el pelo, no puedes hacer nada más», sentencia Prechedes y en ese «nada más» se encierran muchas cosas, entre ellas, rebelarse contra esa tiranía que les impide disfrutar de planes improvisados en la playa o que las hace dudar si salir de casa cuando llueve. «Sentirse libre es hacer lo que te da la gana y así, no puedes, porque el pelo te condiciona», confiesa. Es por ello por lo que las nuevas generaciones tienen ya una manera de reivindicarse y de valorar sus rizos que las hace más libres.
«Mi hija de 23 años nunca se alisó el cabello y, si un día lo hace será porque le apetece. Para nosotras, ver a Michelle Obama con su melena natural en la televisión es muy simbólico. Nos da fuerzas para pensar que si ella puede, nosotras también», sentencia Prechedes, que incide en que la transición no es solo en el exterior, sino también en el interior de cada una de las mujeres, que, para sentirse seguras con su pelo natural, han de desterrar prejuicios para aprender a amarse como son.
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