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LA CIUDAD QUE VIVÍ

Una infancia y juventud de posguerra

María Teresa, con sus padres, en una imagen de su infancia. |  Cedida

María Teresa, con sus padres, en una imagen de su infancia. | Cedida

María Teresa Iglesias Peinó

Nací en Ferrol en 1935 y cuando mi padre, que era militar, murió en 1938 durante la Guerra Civil, mi madre, Carmen, se vino a vivir conmigo a esta ciudad a casa de mi abuela Elisa en la calle Cancela de Afuera, en el barrio de Santa Margarita. En aquella época no teníamos agua en las casas de la zona y yo tenía que ir a buscarla a las fuentes, como a la que estaba a la entrada del monte en la cuesta de la avenida de Fisterra, otra más arriba de esa cuesta y otra en el paseo de los Puentes.

En el bajo de la casa de mi abuela vivía Xan das Bolas, a quien se conocía por este nombre cuando empezó a trabajar como actor de cine y se hizo muy popular. El edificio lo derribó el Ayuntamiento muchos años después cuando se construyó el viaducto de la ronda de Nelle, por lo que nos fuimos a vivir a la calle San Pedro de Mezonzo, en el mismo barrio, hasta que murió mi abuela, momento en que me trasladé a la avenida de Fisterra, donde continuo en la actualidad.

El único colegio al que fui fue El Ángel, que estaba situado en la plaza de Lugo frente a la iglesia de Santa Lucía y en el que estuve hasta los catorce años. Tuve como compañeros y amigos a Luis, Marité, Rosita y Mariluz, con quienes jugaba en los recreos en el patio de la iglesia a los juegos de la época, lo que nos hacía olvidar las penas y el hambre que pasamos al terminar la Guerra Civil y empezar la Segunda Guerra Mundial.

Arriba a la izquierda, María Teresa con su tío Ricardo, padrino de su boda. A la derecha, con su madre en la playa. Abajo, con su marido, Ángel Santiso. | Cedida

Arriba a la izquierda, María Teresa con su tío Ricardo, padrino de su boda. A la derecha, con su madre en la playa. Abajo, con su marido, Ángel Santiso. | Cedida

Mi madre trabajó hasta su jubilación en el Sanatorio de Oza cuidando a los niños que llegaban enfermos a las colonias que se realizaban allí. Había tantos, que muchas veces tenía que quedarse a dormir allí y puedo decir que hasta los años setenta ese centro no daba abasto para atender tanto a niños como a adultos. A los niños en el verano se les bajaba a la playa del Lazareto para que jugaran y tomaran el so y a la una de la tarde subían a comer, momento en que se permitía entrar al arenal a la gente del barrio.

A partir de los quince años empecé a trabajar y los fines de semana iba con mis amigas a los bailes del Circo de Artesanos o a los de Santa Lucía, donde conocí a quien fue mi marido, Ángel Santiso Martínez, ya fallecido y quien fue trabajador del puerto. Tuvimos tres hijos, Ángel, Maricarmen y María Teresa, las dos últimas fallecidas muy jóvenes, lo que es muy difícil de olvidar para una madre.

Cuando salía con mis amigas siempre íbamos escoltadas por mi abuela, a la que hicimos andar mucho. En esos años en los jardines de Méndez Núñez estaba la Tómbola de Caridad, donde a mi abuela le tocaron una sartén y una pota, que eran un lujo para una casa en la que las pocas cosas que había para cocinar eran arregladas con parches por los afiladores que recorrían las calles, al igual que los reparadores de colchones y somieres metálicos.

Una infancia y juventud de posguerra

Una infancia y juventud de posguerra

Más adelante empecé a ir al cine con mi novio y recuerdo que el primero fue el Rosalía de Castro y nos sentamos en las localidades que llamaban el gallinero, ya que eran las más baratas, al igual que las de la parte de abajo del Kiosko Alfonso, donde veíamos la película al revés al sentarnos por la parte trasera de la pantalla. Recuerdo que las parejas no nos podíamos juntar mucho en el cine porque los acomodadores paseaban por los pasillos vigilando para que no hiciéramos manitas y si veían a alguien, le alumbraban con la linterna, lo que daba mucha vergüenza.

En el centro solía parar con mi novio en las cafeterías Otero, Negresco, Victoria y Siete Puertas, donde había un gran ambiente y muchas personas conocidas, aunque tenía que volver a casa a las nueve de la noche como más tarde.

Tuve la suerte de viajar a Canarias para visitar a mis tíos Carolina y Ricardo, ya que él era militar y estaba destinado allí y el Ejército le daba pases para los familiares en los barcos de la compañía Transmediterránea que llevaban a los soldados. Yo viajé con mi abuela en el Villa de Madrid y a la vuelta nos trajimos una piña completa de plátanos que nos duró todo un mes.

Una infancia y juventud de posguerra

Una infancia y juventud de posguerra

Trabajé hasta que me casé en el comercio Hijos de Amoral, situado en el Cantón Grande, donde se vendían maletas, bolsos y carteras de piel, además de juguetes, por lo que era como un gran bazar con una clientela de primera clase. Los dueños eran Rafael y Pablo Sampedro, de quienes guardo un grato recuerdo, uno de los cuales era el padre de la conocida Margarita Sampedro. Tenía tanta fama que venía gente de Ferrol y de otras localidades a comprar y yo era la única mujer entre los dependientes.

Había tantos clientes que teníamos que cerrar tarde y abrir algunos domingos para atender a los turistas que venían de Portugal. Cuando llegaban al puerto los trasatlánticos Marqués de Comillas y Magallanes era un sinvivir por la gran afluencia de viajeros que venían a comprarnos maletas.

En la actualidad vivo sola y me dedico a pasear por los alrededores de mi casa y me reúno con amigas para recordar los viejos tiempos.

Testimonio recogido por Luis Longueira

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