Reencuentro familiar en A Coruña en las pinturas de Fernando Álvarez de Sotomayor: "Ahí está mamá. Te quiero mamá"
Descendientes de personas retratadas por el pintor se reúnen en la Fundación Barrié con los cuadros de sus familiares, de la mano del nieto del artista. «Mi abuelo elegía a sus modelos en las iglesias. Fichaba a la gente que podía dar bien en un cuadro»

Aurea Pose y su hijo José, frente al retrato de su madre, Encarnación. | / Carlos Pardellas
«Ahí está mamá. Te quiero mamá». Áurea Pose, a sus 88 años, no puede contener las lágrimas cuando se encuentra de frente con su progenitora, Encarnación, inmortal desde los años 50 gracias al pincel de Fernando Álvarez de Sotomayor, que retrató a la que era su vecina de enfrente con expresión serena en el interior de la iglesia de San Juan de Xornes, en Ponteceso. Un templo que sirvió de fondo para muchas de sus obras, y también como espacio en el que encontrar nuevos modelos. No solo guarda Áurea Pose un recuerdo emocionado para su madre, a cuya imagen lanza un beso. También para el artista. «Íbamos muchas veces a ver al pintor. Y nos decía ‘luego, luego, que estoy trabajando’. Cuando acababa, entrábamos y nos daba un chocolate o un pan. Era muy bueno, muy bueno».
La del pintor es una presencia constante en los pensamientos de Áurea cuando evoca las aventuras de la infancia en la aldea de Sergude junto a sus once hermanos. Su hijo, José, también se acuerda de esa abuela a la que tantos años después puede mirar a los ojos. «Ella nos cuidaba a mí y a mi hermano cuando mi madre enfermó», recuerda. A su lado, escucha el artífice de este reencuentro fuera del tiempo, Fernando Álvarez de Sotomayor, nieto del pintor. El escenario, la muestra monográfica del autor con la que la Fundación Barrié conmemora el 150 aniversario de su nacimiento.
«Él hizo muchos de sus cuadros en Bergantiños, en Ponteceso. Conozco a algunos herederos. Áurea lleva toda la vida en casa, nació en la casa donde pintaba mi abuelo, es mi segunda madre. Es una oportunidad para juntar a gente que ha conocido a sus abuelos, que nos cuenten qué hacían y a qué se dedicaban, sobre todo Áurea, que le conoció», explica el nieto del artista. No es el único lienzo en el que Áurea tiene la oportunidad de revivir el rostro de su madre. Sotomayor también la retrató, en un segundo plano, en el cuadro Desayuno del señor abad, en el que Encarnación porta una bandeja mientras el religioso almuerza. «Está preciosa. Él no pintaba a cualquiera, no valían todos. Iba a misa y se fijaba, miraba las caras», explica la hija. El nieto del artista lo corrobora. «Mi abuelo se llevaba bien con todo el mundo, y la gente quería que la pintase. Elegía a sus modelos en las iglesias, fichaba a gente que podía dar bien en un cuadro, no todo el mundo es válido. Pintaba a los alfareros de Buño, a los trabajadores de la lonja de Malpica, o a los del puerto de A Coruña», explica Fernando.

Silvia Caamaño, junto al cuadro de su abuelo, José. / Carlos Pardellas
Sin dejar de mirar a su madre, Áurea regresa a la niñez y elogia los favores que el artista brindó a su familia y a tantas otras de la aldea. «Fue bueno para la aldea toda. Le regaló la vivienda y el terreno a mi papá y pidió al ayuntamiento que le dieran 7.000 pesetas todos los meses por cada uno de nosotros. Venía mucha gente, mucha. Ha hecho muchos favores», rememora.
En sus vecinos encontró Sotomayor a los mejores modelos para sus estampas costumbristas, testimonio vivo de una Galicia rural de la que ya quedan pocos resquicios. Sobreviven, sí, manifestaciones culturales atemporales, como la Procesión de la Virgen del Carmen, cuyo estandarte porta en otro cuadro José Caamaño Vecino en los años 40. Su nieta, Silvia, puede visitarle también en la Fundación Barrié. «Era sacristán en la iglesia parroquial de Malpica. Colaboraba mucho en todas las actividades de la iglesia, por eso sale en primera plana», explica la nieta, que gracias a la pintura puede conocer a su abuelo en la treintena, de una forma en la que pocos pueden contemplar a sus ascendentes.
En este caso, su encuentro con Sotomayor fue fortuito y por boca de su tío —hijo del retratado— a quien el abuelo había comentado alguna vez su faceta como “modelo” del pintor. «Un día mi tío me comentó que el del cuadro de la procesión de Malpica era mi abuelo. Me dijo que él siempre contaba que Sotomayor le había pintado», cuenta Silvia Caamaño.
Lo curioso es que su marido era amigo de Fernando —nieto del pintor— por causas totalmente ajenas a la pintura. Y así se hizo la conexión. «Un día le dije a Fernando: que sepas que el que sale en primera plana es mi abuelo», recuerda. No fue la única vez que Sotomayor pintó a José Caamaño: su rostro protagoniza el boceto Cabeza de hombre y además, como Encarnación, sale de fondo en otra de sus pinturas. Curiosamente, es esta la que desata más emociones en su nieta. «Mi abuelo murió cuando yo tenía 15 años. Ese me emociona especialmente. No sabría explicar por qué», cuenta.
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