El relevo no llega a las pescaderías de A Coruña: «Este trabajo no es para cualquiera»
Los precios altos, la falta de suplencia y la caída de clientela joven aceleran el cierre de las pescaderías que resisten gracias al madrugón, la confianza y la fidelidad de la gente mayor

Marcos Sendón, de pescadería Marc del Norte, y pescadera de Cabo Vilán. / Carlos Pardellas
«Cierran muchas, no abre ninguna» y quienes siguen al pie del mostrador de las pescaderías de A Coruña trabajan con la sensación de estar sosteniendo un oficio que se apaga. En Pescadería Tania Pose, la dueña que pone nombre al local, reconoce que lleva años notando la caída: «Desde la postpandemia hacia aquí, cada año se consume menos». El problema principal, dice, es que la clientela envejece y apenas llega gente nueva: «A los jóvenes les resulta intimidatorio ir a una pescadería pequeña».

Marcos Sendón, dueño de la pescadería Marc del Norte, posa en su local. / Carlos Pardellas
Marcos Sendón, dueño de Marc del Norte, resume la situación sin rodeos: «La gente no tiene ni un duro. Antes 1.500 euros duraban todo el mes, ahora el día 15 ya no tienen nada». Su pescadería en el centro de la ciudad se ha tenido que transformar: «Han bajado las ventas como para que tenga que despedir a gente», asegura. En Cabo Vilán también lo notan. Nair Luaces, su responsable, asegura que el volumen de clientes baja a causa de los precios: «Imagínate un matrimonio con dos hijos: una merluza de dos kilos igual se te va a 50 euros. Es inviable para un sueldo normal».
«Este trabajo no es para cualquiera». El madrugón y la dureza del trabajo pesan. Tania describe su rutina sin pausa: «Me levanto a las cuatro de la mañana, compro en la lonja, cargo, descargo y entro directa a vender hasta las tres, sin parar». Para ella, el esfuerzo compensa porque le gusta el oficio, pero admite que es exigente.

Pescadera de Cabo Vilán, posa con unos mejillones. / Carlos Pardellas
«Es muy sacrificado y los jóvenes parecen no estar por la labor», asegura Nair. El relevo generacional ya no existe. Tania, que proviene de una saga de pescaderas, lo sabe: «Mi bisabuela, mi abuela, mi madre, mi tía y yo nos dedicamos a la mar siempre». Pero ella no quiere que su hija siga el oficio. «Espero que no. Es un trabajo duro. No creo que la pesca sobreviva tanto como para que pueda trabajar de esto, pero si lo hace, espero que ella no lo sea», razona. Nair sin embargo, es una de las pocas jóvenes que va cada mañana a la lonja: «En el puerto somos otra chica y yo con 37 años. Luego la siguiente edad es 45 para arriba. Más jóvenes no hay nadie».
En los barrios de la ciudad cada vez quedan menos pescaderías. «Este año han cerrado por lo menos seis y no ha abierto ninguna», lamenta Tania. Cierran por jubilación o cambio de actividad, y nadie toma el relevo. Nair reconoce miedo al futuro: «Cada año dudo un poquito más que me pueda jubilar en la pescadería».
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