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La expedición 'coruñesa' de la vacuna en Puebla de Los Ángeles

Puebla de los Ángeles (México) tiene una probada historia como territorio de acogida. Ya en la segunda mitad del siglo XVI, el Hospital de San Hipólito era lugar de refugio y acogida para los «llovidos» españoles. Al igual que «los espaldas mojadas» actuales, los «llovidos» habían entrado en América sin «papeles» —de polizones, en navíos— y, al no tener autorización administrativa para viajar al Nuevo Mundo, carecían de derechos

La casa los expedicionarios, en la calle de la Aduana Vieja

La casa los expedicionarios, en la calle de la Aduana Vieja / Sergio Valdivia

Documentación: Sergio Valdivia / Texto: Antonio López

Los llegados a Veracruz (México) desembarcaban clandestinamente y, en su tránsito hacia la capital de Nueva España —donde esperaban encontrar trabajo y un mejor futuro para ellos y sus familias—, los «hipólitos» les proporcionaban alojamiento, manutención y cuidados sanitarios. En 1804, cuando llegó a la ciudad el antídoto contra la viruela, la primera vacuna de la historia de la medicina, Puebla volvió a acoger, asumiendo todos los gastos, a otros españoles, los integrantes de la Expedición de la Vacuna que, pese a viajar con los papeles en regla, tenían que ganarse metro a metro la confianza de la población.

La entrada en la ciudad

En Efemérides de la Expedición de la Vacuna (Puebla, 1910), Jesús M. de la Fuente cuenta que el día 31 de julio de 1804, en la localidad de Perote —a medio camino entre Veracruz y la capital mexicana— estaban apostados siete carruajes que el Ayuntamiento de Puebla había alquilado para recoger a los expedicionarios el equipo médico y los niños que habían llevado la vacuna desde A Coruña hasta América—. Para sorpresa de las autoridades poblanas, que, además, habían financiado reformas en el Hospicio, para alojar al equipo médico, la Expedición se había dirigido a la capital de Nueva España por un atajo, desviándose del Camino Real. Ni dos meses demoró la Expedición en salir huyendo de la capital del virreinato y retomar camino hacia Puebla. La desavenencia entre el director de la Expedición, Francisco de Balmis, y el virrey, José de Iturrigaray, había empezado pronto. A Balmis le urgía desprenderse de los 21 expósitos que, de brazo a brazo, habían transportado la vacuna hasta América: «una pesada carga que, por su corta edad, entre dos y nueve años, incomodaban mucho en cualquier parte». Pero no cerró los ojos ni la boca cuando el virrey, contra la real promesa de buscarles las mejores familias de acogida, dispuso instalarlos en un saturado Hospicio de Pobres. Un conflicto mayor procedía de sospechar Balmis que Iturrigaray no paraba de poner palos entre las ruedas del carro de la Expedición, para dar a entender a la Corona que la labor preventiva que, como virrey, venía impulsando hacía innecesaria la misión vacunal enviada desde la metrópoli. En opinión de Balmis, «la prisa que este Virrey se ha dado por propagar la vacuna por todo el reino, solamente para tener ocasión de despreciar la Real Expedición, es la causa del gran descrédito en que se mira la vacuna en todas partes, por la torpeza de la mayor parte de los que se emplearon en su propagación, de modo que aquí nadie quiere vacunarse».

Hacia Puebla de los Ángeles se encaminan Francisco de Balmis, director de la Expedición, cirujano; Antonio Gutiérrez, ayudante de cirugía; Francisco Pastor, practicante; y los enfermeros Pedro Ortega, Antonio Pastor, Ángel Crespo e Isabel Zendal, también enfermera. Después de haber vacunado en Puerto Rico y Venezuela, la Expedición se dividió en dos partidas: un grupo, dirigido por Balmis, navegó hasta Cuba y México para, desde Acapulco, pasar a Filipinas, mientras que Joseph Salvany, cirujano; Manuel Grajales, ayudante de cirugía; Rafael Lozano, practicante; y Basilio Bolaños, enfermero, se dirigieron hacia Colombia, desde donde irán vacunando hasta el sur de Chile (Grajales y Bolaños, en enero de 1812).

Puebla de los Ángeles vista desde el oeste y el este, siglo XIX

Puebla de los Ángeles vista desde el oeste y el este, siglo XIX / Cassel & compañía (Colección Carlos González Gutián)

El 19 de septiembre de 1804, hasta la Garita de México —portazgo aduanero, a la entrada de Puebla— se desplazaron las autoridades locales para dar la bienvenida, con almuerzo, a los expedicionarios. Soñaba Balmis que «si fuese dable, la vacuna debía recibirse debajo del Palio». No llegó a tanto, pero tampoco fue recibida con escasos fastos: «El señor obispo trajo en su coche al niño que era depositario del fluido precioso. El conde de la Cadena [el gobernador] condujo al director de la Expedición y los demás expedicionarios viajaron con los representantes municipales». Balmis también se sumó al efectismo de la entrada en Puebla y había engalanado con «un vestido brillante a la española antigua al joven que llevó la vacuna desde México hasta la ciudad de la Puebla de los Ángeles, por ser preciso entusiasmar aquel pueblo para recobrar el crédito de la preciosa vacuna que lo tenía perdido en aquel reino por culpa del virrey».

Continúan las Efemérides: «Marcharon hacia la santa iglesia catedral con serenidad y decoro. Concluida la devota función, la comitiva institucional se dirigió hacia la casa decentemente alhajada que la Nobilísima Ciudad tenía preparada para los expedicionarios». En esta casa, contigua al palacio episcopal, fue donde se alojó el equipo médico y funcionó, además, como centro de vacunación. Las autoridades poblanas habían desechado la idea inicial de acomodarlos en el Hospicio, asumiendo las directrices de Balmis, que insistía en que debía vacunarse en edificios céntricos, cómodos, bien ventilados y, sobre todo, fuera de los hospitales, para quebrar la asociación entre vacuna y enfermedad.

Antiguo Hospital de San Roque, levantado sobre el primitivo hospital de San Hipólito

Antiguo Hospital de San Roque, levantado sobre el primitivo hospital de San Hipólito / Revista 'Relatos e Historias de México'

Cuando los expedicionarios tomaron posesión de la casa en la calle de la Aduana Vieja, estaban en sazón los frutos de las campañas publicitarias que habían sembrado tanto el gobernador como el obispo. En un bando, Manuel de Fron y Texada «paternalmente excita a todos los padres de familia para que, siguiendo su ejemplo —había vacunado a sus nueve hijos con pus vacunal que le había enviado el Ayuntamiento de Veracruz—, presenten sus hijos para que reciban la vacuna, a la que igual derecho tienen los nobles y los plebeyos, los ricos y los necesitados. No cree que haya ninguno que deje de concurrir con sus hijos, porque no habrá quien quiera que se le señale como impío, inhumano y cruel, digno de la execración de la sociedad y de la queja de sus mismos hijos por haberlos privado del beneficio de la vacuna». Y el obispo Manuel González del Campillo, en exhortación a los diáconos, sentenciaba: «No escuchéis los clamores que la preocupación, la ignorancia o la malicia puedan levantar contra la feliz invención de la Vacuna; si por desgracia resistierais, sería un borrón para vosotros, que a la faz del mundo civilizado os calificará de necios e insensatos o de indolentes aun para vuestra propia utilidad. Nuestro Augusto Soberano dispuso la Expedición marítima que, en los apuros actuales de la Corona, originados de los inmensos gastos de las dos últimas guerras, es un testimonio decisivo de la importancia, utilidad y seguridad de la Vacuna. Padres y madres de familia que tenéis todas vuestras delicias en vuestros tiernos hijos y que justamente los miráis como el báculo de vuestra vejez, no dudéis sobre que a estos objetos de vuestras caricias se introduzca, por medio de una operación suave y ligera, un fluido que los hará invulnerables a la actividad maligna de las viruelas, sin que ellos experimenten el menor daño, ni en vosotros se aumenten gastos y cuidados».

La casa alhajada

Los manuscritos inéditos proceden del Libro de Cuentas número 5 del Ayuntamiento de Puebla y ocupan las hojas, a doble cara, de la 84 a la 127. El coste de la estancia de los expedicionarios sumó 20.179 reales (el salario diario de un mozo de limpieza, de una gallina asada o de una libra de mantequilla, tres reales).

Una semana antes de la llegada de la Expedición, ocho mozos fregaron las estancias del edificio —alquilado durante un mes por 252 reales— que será vivienda del equipo médico y centro de vacunación. El 15 y el 16 volvieron dos mozos y el día 18 siete mozos dieron el repaso general. Entre el 19 y el 22 —días de toma de posesión y organización de cuartos residenciales y salas vacunales—, dos mozos estuvieron al mandado de los expedicionarios; desde el 23 de septiembre hasta su salida —12 de octubre—, el equipo médico dispuso de la asistencia de un mozo.

Calentar la casa consumía, cada cinco días, una carga de carbón. Para iluminarla se empleaban, diariamente, ocho reales de sebo y una libra de cera, que se repartían entre dos candeleros grandes y cuatro pequeños, un farol de vidrio y 24 lámparas de pared.

Calle de los Sapos, en el barrio colonial de Puebla

Calle de los Sapos, en el barrio colonial de Puebla / Sarah Sezto

Para el servicio de mesa, hubo que comprar una sopera de loza de Sajonia; también de loza sajona eran una docena de tazas, otra de platillos y una azucarera; de loza inglesa eran seis platos trincheros grandes y otros seis pequeños, un plato grande sopero, una taza grande pintada; también contaron con dos pozuelos de China y 13 vasos de diferente tamaño —grandes, medianos y de cuartillo— y material —porcelana o vidrio—. El menaje lo completaban dos ollas y seis tinajas.

La cuenta del mobiliario incluye tres camas nuevas con cabeceras pintadas de verde, siete camas sin cabecera y un catre; seis sábanas grandes, dos pequeñas y seis almohadas con sus fundas; un sobrecama guarnecido de seda; dos mantas, con bordados, de Ixmilquipan; cuatro colchones grandes y uno pequeño —su hechura costó 140 reales y por las ocho arrobas de lana lavada se pagaron 320—; tres canapés; dos docenas de taburetes; dos mesas grandes y tres medianas; dos vidrieras grandes —de 28 cristales cada una— y dos pequeñas; una cortina, una papelera y dos orinales.

Se hace constar un pago de 78 reales a un sastre por un pantalón y dos camisas de lino para el niño que había transportado la vacuna —inoculada en el brazo— desde la ciudad de México. También aparece un cargo por tres varas —dos metros y medio— de angaripola adamascada (un tipo de raso, brillante el fondo y mate el estampado, con listas de colores): al no constar ningún pago por hechura alguna y por ser tela habitual en los guardapiés de las mujeres, no es descartable que Isabel Zendal —que completaba su sueldo como rectora de la coruñesa Casa de Expósitos de A Coruña haciendo sábanas y camisas para los niños— utilizase esa tela para hacerse un vestido largo, de una pieza.

Para atender la correspondencia —de Balmis, sin duda— contaron con dos manos de papel —50 hojas— y una onza de oblea para lacrar cartas. 280 reales fue la retribución conjunta de dos alguaciles municipales por «cuidar y servir a la Expedición todo el tiempo que estuvo en la ciudad». El último pago que efectuó don Manuel de Segura, el regidor comisionado para atender a los expedicionarios, fueron 560 reales por el alquiler de un coche, con remuda de tiro de mulas, cuando la Expedición abandonó Puebla de los Ángeles; ese 12 de octubre, el carruaje iba provisto con dos docenas de butifarras, dos gallinas asadas, puchero y guiso de ternera claveteada.

La manutención

De cuidar del paladar y los estómagos de los expediciones se encargaron un cocinero, su ayudante y un repostero.

La jornada empezaba con leche y café —siempre—, chocolate los más de los días y hay una única anotación contable de un servicio de té. La bebida iba acompañada de pan de pichón (bollo de pan dulce, relleno de jamón, queso y chiles jalapeños) y de molletes (pan de forma ovalada, partido por la mitad, untado con frijoles fritos y cubierto con queso gratinado). El coste medio total por los desayunos fue de 17 reales, siendo 26 reales el más alto y trece el más bajo.

Cuiso de clemole

Cuiso de clemole / Eduardo Osuna

La comida arrancaba siempre con un puchero colectivo (verduras y una gallina, diariamente) y dos sopas. Venían luego las raciones individuales: día tras día, la comanda repetía un asado de pollo y otro asado de carnero y, casi a diario, un guiso de pollo. Otros comensales optaban por ternera, ya fuese claveteada —lomo, especias, tocino, pasas, almendras y aceitunas—, estacada —entraña, a la parrilla— o en fricandó —guiso de ternera mechada— o preferían guiso de higaditos o de lengua. Sobran los dedos de una mano para contar los platos de menudo —la panza de las reses— y de costillitas. Muy ocasionales son comandas individuales de clemole —caldo de carne, maíz, calabacín y especias—, de pipián —guiso de ave, con tocino y almendra machacada—, de carnero guisado, de pechuguitas, de patitos y de galantinas —fiambre frío; carne deshuesada de ave, con tocino y huevo, y cocinada en forma de rollo—. Algo distantes de tanta carne, tres comensales eran diariamente fieles a la ensalada —dos cocidas y una cruda, con aderezo de aceite y vinagre de España—, a la menestra y a los nachos de maíz; también están registradas varias comandas individuales de calabacines —rellenos o guisados—, de chiles rellenos, de chícharos y de tamales —masa de maíz, rellena de carne blanca, queso y chiles, envuelta en hoja de plátano o de maíz y cocida al vapor—. Todas las comidas acababan con postre (de repostería) y fruta. No hay ninguna anotación contable relativa al uso de alcohol al mediodía. El cargo medio de las comidas fue de 131 reales, con 256 reales para el día más caro y 104 para el más barato.

El menú de las cenas consistía en un plato y postre. Con fidelidad absoluta a la dieta de mediodía, dos comensales repetían el asado de pollo y el de carnero y tres, las ensaladas. Igual que en el almuerzo, un guiso de pollo, otro de ternera y clemole volvían a la mesa con reiteración. Muy ocasionales fueron guiso de higaditos, de pulpetas —carne de res, sin hueso— y de lengua, el estofado de pechugas y la chanfaina —vísceras guisadas—. Siempre presentes aparecen frijoles y, de manera excepcional, acelgas y alcachofas. Ningún cargo consta por consumo de vino y hay una sola mención a un servicio de té. El único alcohol de la dieta de los expedicionarios venía con los postres: manzanas cocidas en vino o con las puchas —roscón— y los bizcochitos —aguardiente, almíbar; leche, huevo; a veces, chocolate o cacahuetes—. El coste medio global de las cenas fue de 58 reales, subiendo la más cara a 84 reales y quedando la noche más barata en 37.

Las vacunaciones empezaron el 2 de octubre, pero la contabilidad del 28 de septiembre —bajo el cargo «prevención para el día de la vacuna»— refleja un gasto de 64 reales, por un jamón cocido en vino, dos postas de ternera claveteada y dos docenas de butifarras. Habiendo desayunado, comido y cenado los expedicionarios en su vivienda habitual, es dable pensar que estas viandas estaban destinadas a agasajar a los progenitores de los primeros niños que acudiesen a vacunarse o a los nueve médicos y los siete cirujanos de la localidad, a los que el gobernador, mediante «exactas providencias», había «a la importante operación de la vacuna».

*Sergio Valdivia es párroco de Santa Clara y rector de los templos de San Pedro y San Roque, en Puebla

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