‘Slava’s Snowshow’, ternura y risa bajo la nieve
El espectáculo regresa a la ciudad, al teatro Colón, convertido en clásico tras más de 25 años de gira de la mano de su creador, Slava Polunin

El espectáculo ‘Slava’s Snowshow’ regresa al Colón convertido en un clásico / Iago López
Cuatro días de circo, clown, alegría, tragicomedia y belleza. El legendario espectáculo Slava’s Snowshow recaló ayer en el teatro Colón, donde estará hasta el domingo, con entradas desde 30 euros. Convertido ya en un clásico contemporáneo de la escena internacional: más de 25 años de gira, más de 12.000 funciones y más de 10 millones de espectadores acompañan a esta creación del clown ruso Slava Polunin, que sigue defendiendo la vigencia de su universo poético a base de nieve, silencio, juego y risa, aunque Polunin evita encasillar su obra en una sola disciplina.
«Probablemente, todo lo que hay en esta obra es lo que he acumulado a lo largo de mis años de creación, todo lo que me han dado la pantomima, el circo, el clown y todas las demás artes que me han interesado toda mi vida», explica. Para él, Slava’s Snowshow nace de una necesidad íntima, la pulsión de «expresar, de sacar todo lo que había acumulado, en lo que había pensado durante muchos años, lo que había intentado a menudo a tientas, lo que había presagiado…».
Una de las claves del éxito del montaje reside en que nunca se explica del todo. Polunin rehúye cualquier lectura única y deja el sentido en manos del público, por lo que, asegura, prefiere no exteriorizar lo que pasaba exactamente por su cabeza cuando creó el espectáculo. «Cada espectador se lleva consigo algo propio, personal: su historia, sus emociones, sus reflexiones», resume.
La magia continúa cuando cae el telón. Al menos, para Polunin, que revela que, al término de algunas funciones, suele quedarse sentado en la sala para observar lo que ocurre cuando se encienden las luces. Ve a los espectadores «jugar con pelotas grandes, retozar como niños en la nieve de papel». Como colofón a la experiencia, algunos se acercan y le cuentan lo que han visto. La narrativa se escribe sola en cada teatro. «Casi nunca he oído dos historias iguales. Cada uno percibe el espectáculo a su manera, ¡y eso es genial! Algunos lloran en la sala, otros se ríen a carcajadas».
Polunin avanza que el montaje no sigue un único argumento, sino que trata de hilar un viaje emocional en el que la nostalgia, la risa, la melancolía y la ternura conviven sin necesidad de ser explicadas. Y, por el momento, tiene pensado seguir añadiendo más vueltas al mundo a su cuenta. «El mundo es tan grande… todavía quedan muchos lugares a los que no hemos ido. Y a menudo volvemos a los lugares donde ya hemos estado. Y el público nos espera», afirma. A Coruña es uno de ellos.
Ni la habituación a las pantallas ni la irrupción de las redes sociales parecen haber alterado la base que vio nacer el show. El creador reconoce las tecnologías como algo útil, pero no determinante para un espectáculo en lo que lo más importante es la destreza artística de quienes lo componen, y la voluntad del espectador de sentarse ante algo único. Las innovaciones, reflexiona, son «herramientas útiles que se pueden y se deben utilizar», pero, matiza, «me gustaría creer que los valores fundamentales que influyen en nuestra percepción del arte difícilmente pueden cambiar por ello, aunque algunas cosas cambien», explica.
A Polunin se le ha descrito a menudo como «el mejor clown del mundo». Él responde con ironía, sin terminar de acomodarse en el título: «Si te ofrecen un delicioso caramelo, ¿lo rechazarías?». Después matiza el truco, si es que lo hay, de su magnetismo en escena: «Intento ser sincero en lo que hago en el escenario, y eso siempre cautiva. Además, me encantan mis obras y mis papeles, y eso se transmite al público». Polunin, sobre el escenario, se niega a renunciar a la infancia. «A día de hoy sigo sintiéndome como un niño de 10 años», reconoce.
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