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El prestigioso MIT (EEUU) premia un plan para repensar el paisaje industrial de la cuenca del Eume

El proyecto, liderado por el arquitecto coruñés Roi Salgueiro, es el primero de fuera de EE.UU reconocido con el galardón de urbanismo Leventhal City Prize que otorga la institución

Vista de as Pontes, con la central desmantelada y los generadores en las colinas

Vista de as Pontes, con la central desmantelada y los generadores en las colinas / Luis Díaz Díaz

A Coruña

La búsqueda de un modelo industrial y energético para Galicia, y su impacto en la brecha rural/urbano son dos debates latentes en la conversación pública en los últimos años. La realidad industrial transforma radicalmente el paisaje de una región; y no siempre hay un plan meditado detrás de estas mutaciones. Con los pies en el territorio y la mirada en su horizonte nace el proyecto A cunca do río Eume: unha paisaxe enerxética, que acaba de ser reconocido con el premio Leventhal City Prize, que otorga el Masachussets Institute of Technology a proyectos singulares de diseño urbano. Detrás de esta propuesta alternativa a los actuales modelos de transición energética, cómo no, hay manos gallegas.

«El proyecto trabaja e investiga sobre cómo podemos hacer mejor los paisajes energéticos de los que dependen las ciudades. En el proceso de transición energética, la energía tiene que venir de algún lado. Normalmente acaba en las ciudades, pero no se genera allí. Hay que esforzarse en decir: tenemos una responsabilidad, un espacio en el que hay que intervenir y diseñar de una forma cuidadosa», explica el arquitecto Roi Salgueiro. Él, coruñés y profesor del MIT, integra el equipo que impulsa el proyecto, el primero premiado en esta convocatoria que viene de fuera de Estados Unidos.

Le acompañan, en el equipo, Aurora Armental y Stefano Ciurlo, del estudio de arquitectura compostelano Estar, responsables de la investigación, y el ingeniero y fotógrafo Luís Díaz Díaz, además del Concello de As Pontes como administración indispensable en el proceso para concurrir a la convocatoria. El equipo técnico trabajará en el plan en colaboración con la Fundación RIA, con el fin de coordinar a administraciones, sectores, compañías energéticas que operan en la zona y comunidades locales implicadas, con énfasis en los aspectos ecológico, social y económico de la intervención.

La implantación de la eólica en Galicia, su impacto y la brecha social centran la reflexión. «Empezamos a analizar en dónde llevan los generadores más tiempo instalados, en la cuenca del Río Eume, O Xistral y alrededor de As Pontes. Coincidimos en que había que prestar atención a la hidráulica y a la solar, que podíamos ligar muchos temas para la transición fósil y renovable», explica Armental.

Este plan de diversificación energética, que el premio financiará durante tres años, se apoya en dos fases: la elaboración de un marco territorial para la implantación de renovables, con atención al equilibrio entre las necesidades energéticas y la salvaguarda de los valores del territorio, y, en segundo lugar, una serie de proyectos piloto para «descentralizar» la generación de energía, con nuevos modelos de obtención de energía eólica, hidroeléctrica y solar, que puedan fabricarse y mantenerse con recursos locales y regenerativos. Un punto de partida que entronca con la premisa de la que parten muchas protestas contra la implantación de renovables desde el mundo rural: eólica sí, pero no así.

«Yo crecí en As Pontes, y sabemos cómo la producción de energía cambia los paisajes rápidamente. Hay una inversión en infraestructuras que pensamos que van a ser para toda la vida, pero las empresas se marchan, y queda el sentimiento de que en el territorio queda muy poco retorno», reflexiona Armental. ¿Y, si no hay que hacerlo así, entonces cómo? «Pues hay una oportunidad para pensarlo», añade Roi Salgueiro. La elección de As Pontes no es fruto del azar, al tratarse de una región ligada al carbón que afronta su propia transición de la térmica hacia las renovables, y con gran potencial energético.

La conexión se dio, precisamente, en otro cónclave arquitectónico con huella gallega: el pabellón español de la Bienal de Venecia 2025, comisariado por Roi Salgueiro y el pontevedrés Manuel Bouzas, y que estudiaba las «internalidades» de este tipo de procesos, hilando una reflexión sobre la procedencia y el destino de los materiales con los que construimos y los recursos de los que nos valemos. «Históricamente, el mundo rural gestionaba sus propias economías para desarrollo propio. Después, el paisaje se operacionaliza para producir cosas cuyo destino final y valor está en otro sitio», explica Salgueiro.

Con la energía renovable ocurre un proceso análogo: se produce en el rural, pero se consume en la ciudad. Un modelo que genera rechazo en los lugares de origen y que el proyecto pretende cuestionar, precisamente, bajando a la escala territorial en la cuenca del Eume, con «estrategias hiperlocales de producción de energía», de manera que se pueda planificar cómo el paisaje se transforma para que sus valores no se pierdan.

«El monte es algo muy simbólico y querido para Galicia. Hay que planificar todo eso. El reto en Galicia es aumentar las zonas red natura, planificar y generar energía», señala Aurora Armental, que pone el acento sobre la evolución de la relación de Galicia con la energía: de intervenciones pequeñas de molinos de viento o agua a escala lugar, a fábricas de luz a escala parroquia, integrada en el territorio y con dinamismo económico para el entorno, a parques eólicos hechos a base de materiales y turbinas fabricados en la zona y después, fuera. «La idea es tener un criterio de sostenibilidad no solo ambiental, sino también social. Nos gustaría que desde el principio involucrase a todas las voces y actores, en vez de hacer una planificación impuesta desde arriba. Puede haber un proyecto con estructuras como comunidades energéticas, plantear que la energía que se produce y transporta puede tener otras escalas, más ajustadas al territorio», plantea Stefano Ciurlo.

Un planteamiento que, señalan, puede ayudar a suavizar el rechazo que las comunidades sienten con respecto a la instalación de estas infraestructuras cerca de sus hogares. Esta oposición, que cuenta con su propio acrónimo (Nimby, siglas de Not in my backyard, en español «no en mi patio trasero») refleja un sentir universal que evidencia hasta qué punto estas necesidades sociales se han ido cubriendo sin prestar atención a las demandas del origen. «Mucha gente siente el rechazo porque ven que la infraestructura se instala en su paisaje, pero a ellos no se les escucha y no hay un retorno económico. El paisaje es un recurso emocional ligado a la memoria, y hay que comprenderlo. El rechazo se da cuando cambia de escala: los molinos eran algo comunitario, sería interesante que la producción de energía volviese a tener ese rol para alentar la economía local», plantea Ciurlo.

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