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Empleadas del hogar de A Coruña alzan la voz ante abusos sexuales: "Nos sentimos desprotegidas"

Víctimas de tocamientos o insinuaciones de carácter sexual relatan sus experiencias a la vez que denuncian desprotección

"Cuando lo cuentan, vemos que la principal motivación es advertir a otras para que no pasen por lo mismo", apuntan desde Ecos do Sur

Manifestación del Día de la Mujer en A Coruña

Manifestación del Día de la Mujer en A Coruña / Carlos Pardellas

A Coruña

"Nos sentimos desprotegidas". Ese es el sentir común de algunas empleadas del hogar que relatan haber vivido situaciones insoportables en sus trabajos y denuncian acoso sexual. Algunas hablan de tocamientos; otras, de propuestas de dinero a cambio de sexo o de insinuaciones de carácter sexual. Las recientes denuncias de dos exempleadas del cantante Julio Iglesias por presunto acoso y agresión sexual vuelven a poner el foco en una profesión históricamente invisibilizada, donde la relación laboral se desarrolla en el ámbito privado y muchas trabajadoras carecen de mecanismos reales de protección.

Ecos do Sur conoce, por desgracia, muchos casos de este tipo. Como el de una mujer de origen venezolano que llegó a España en 2019. Se marchó buscando una nueva oportunidad y se encontró con situaciones nada agradables. Según su testimonio, recogido a través del proyecto Manos Invisibles para defender los derechos de las trabajadoras del hogar y cuidados, el hombre de la casa en la que trabajaba "se insinuaba sexualmente", le decía a ella y a otra compañera, a la que "acariciaba incómodamente", que "dormía desnudo". "No volvería a trabajar de interna", expone, y confiesa que comparte su historia "para que todas las mujeres migrantes puedan ser precavidas y saber que este tipo de historias existen".

Otra mujer cuenta que cuidaba a una señora inmovilizada, pero su marido "era un poquito atrevido, con manitas largas, todo el tiempo que le diera la mano, que le abrazara...". La empleada pensó que como la mujer "no podía moverse, el señor se aprovechaba de la situación".

Algo similar vivió Paula G. tras instalarse en Galicia hace cuatro años. "En un domicilio, un hombre nos tocaba. Siempre buscaba manosearnos. Yo se lo dije a la esposa y ella solo contestaba: 'Se le va la manito, está enfermo', mientras el hombre se reía", recuerda, y asegura que manejar este tipo de situaciones no es nada fácil. "Es su palabra contra la mía. Nos sentimos muy desprotegidas", apunta.

"Miedo a perder los trabajos precarios que tienen"

Ahí radica otra de las grandes barreras. Desde el Sindicato de Trabajadoras del Hogar y los Cuidados explican que esa "desprotección" está estrechamente ligada a la realidad de que "casi todas las personas a las que les ha sucedido están en situación irregular", por lo que "sienten miedo, vergüenza y miedo a perder los trabajos precarios que tienen". El sindicato siempre tiene su puerta abierta: "Estamos aquí para escucharlas y acompañarlas en las denuncias".

Elena Maisón Díaz de la Rocha, responsable del servicio jurídico de Ecos do Sur, y Keka Taboada, responsable del proyecto Manos Invisibles, explican que "cuando una mujer llega a España en situación irregular, lo más probable es que tenga que resistir en esa situación durante al menos dos años", lo que "las condena a situaciones de desprotección absoluta, y muy especialmente en el contexto laboral del hogar y los cuidados, en el que no hay registro horario y todo sucede puertas adentro, y por lo tanto es más complicado acreditar cualquier abuso".

Así, en el contexto del trabajo interno, se pueden encontrar "diferentes tipos de abusos: sexuales, laborales y de trato: violencia física o verbal, retención/limitación de movimientos, falsas acusaciones de delitos o intromisión en la vida privada". Desde Ecos do Sur insisten en que "suele haber miedo y desconocimiento sobre qué hacer". En muchos casos, los abusos salen a la luz "cuando ya han salido de esa situación". El motivo tiene su origen en el compañerismo: "Cuando lo cuentan, vemos que la principal motivación es advertir a otras para que no pasen por lo mismo".

Elena Maisón Díaz de la Rocha y Keka Taboada detallan que "en el ámbito de las agresiones sexuales, sean del tipo que sean, la nueva Ley de Extranjería protege a todas las mujeres migrantes víctimas de violencia sexual, y durante el proceso judicial van a obtener un permiso temporal de residencia". "Es seguro denunciar", destacan, aunque recomiendan, en ese camino, "acudir a una organización" para recibir asesoramiento.

El SAF, un trabajo solitario y "a ciegas"

Estas situaciones se dan también en el Servizo de Axuda no Fogar. La sociosanitaria Trinidad Palacios explica que trabajan "con todo tipo de dependientes adultos, no solo personas mayores". De hecho, una de sus principales reivindicaciones es que quieren "saber qué patologías tienen los usuarios" a los que atienden. "Trabajamos solas, sin compañeras, y vamos a ciegas a los domicilios", denuncia.

Confiesa que conoce "muchos casos de agresiones". "El más grave el de la compañera de O Porriño, Teresa, a la que asesinaron en julio y que había denunciado casos de acosos sexual", lamenta, y denuncia una "violación" a otra trabajadora el día antes de ese suceso. "Agresiones todas sufrimos, antes o después, pero también casos de acoso. Te puedes encontrar personas con problemas de salud mental que viven solas, y ahí estás tú, buscándote la vida", expone, y asegura que también sabe de "usuarios que ofrecen dinero a cambio de favores sexuales". Palacios manifiesta que se dan "muchas situaciones desagradables y no todas las compañeras son capaces de plantarse y marcharse". La sociosanitaria lamenta que también suelen ser víctimas de "insultos y gritos" no solo por parte de los usuarios sino "también de sus familiares". Sin embargo, protesta, "ni las administraciones públicas ni las empresas hacen nada". "Estamos total y absolutamente desprotegidas", concluye.

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