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Entrevista | Wole Soyinka Premio Nobel de Literatura, hoy en A Coruña por el ciclo Poetas Di(n)versos

Wole Soyinka en A Coruña: «Intenté escribir en español en prisión. Fue una dulce venganza: escribir en una lengua que mis torturadores no entendían»

«Lo que le sucede al público cuando escucha a alguien leer su propio poema es una sensación, pequeña pero muy poderosa, de comunión y de comunidad», reflexiona el autor nigeriano, premio Nobel de Literatura

Wole Soyinka, este lunes en A Coruña

Wole Soyinka, este lunes en A Coruña / Carlos Pardellas

A Coruña

El ciclo Poetas Di(n)versos, dirigido por Yolanda Castaño, brinda al público la oportunidad de escuchar al autor nigeriano Wole Soyinka, premio Nobel de Literatura, y con la poeta gallega Lupe Gómez. Será este lunes a partir de las 20.00h en el Ágora. El autor, primer africano en ganar el Nobel de Literatura, conversa con La Opinión como previa al encuentro con los lectores

En esta edición de Poetas Din(v)ersos, compartirá escenario con la poeta gallega Lupe Gómez. ¿Qué le interesa más de encontrarse con una voz de otra lengua, de otra tradición poética?

Ante todo, creo que la poesía es un lenguaje universal. Partamos de ahí. Cada cual utiliza un mecanismo lingüístico diferente para comunicarse. Y cuando te encuentras con poesía de otra lengua, está la parte oral, siempre que, claro, entiendas lo que se está diciendo. Pero luego, escucharla es como escuchar otro tipo de música, que contiene ciertos matices verbales propios de esa nueva lengua. Yo crecí en una situación bilingüe: mi lengua tradicional y la lengua colonial inglesa, así que estoy acostumbrado a moverme entre dos lenguas distintas. He intentado incluso, dadas ciertas circunstancias, escribir poesía, por casualidad, en español. Fue cuando estaba en prisión, en detención política. Me privaron de libros y de papel para escribir. Así que fue una dulce forma de venganza escribir en una lengua que mis torturadores no entendían. Incautaron el papel que me habían pasado de contrabando y vieron lo que había escrito allí. Así que actuar política, humanista y artísticamente en distintas lenguas, tanto como consumidor como usuario de la lengua, es algo a lo que ya estoy acostumbrado.

Ha atravesado capítulos realmente duros de la historia política nigeriana y africana. ¿Qué cree que puede hacer la literatura para combatir la desinformación o la propaganda?

El mundo tiene un problema, irónicamente, con la democratización de la información. Es una espada de doble filo. Y lamento decir que el filo negativo de esa espada está prevaleciendo, porque significa que ahora todo el mundo es comunicador. Cualquiera puede inventarse sus propias «verdades». Y, al instante, esa falsificación, que se hace pasar por verdad, llega a millones de personas en un segundo. Y está imponiendo una carga cruel sobre quienes se consideran, como todos los poetas, guardianes y custodios de la verdad, aunque sea desde su propia perspectiva. Pero es veraz siempre, en el sentido de que no escriben con fines propagandísticos. Los poetas, los escritores, los usuarios serios del lenguaje, escriben desde una perspectiva, siempre única, y basada en un sentimiento genuino. Los propagandistas que ahora infestan, lo llames inteligencia artificial o como quieras, no tienen otro trabajo. Ninguna otra ocupación. Es una especie de cruel autosatisfacción. Déjame contarte lo que ha estado pasando desde la explosión de internet. He sido vendedor de medicación para la diabetes; he visto mi imagen en internet, vestido como yo, pareciéndose un poco a mí físicamente, anunciando medicinas para esto o aquello, vendiendo tal cosa. Y recibo llamadas de gente totalmente desconocida que dice: «He pagado por esta cura y no me han entregado nada». Está ahí, en Facebook. Se utiliza para anunciar y para hacer declaraciones políticas que yo jamás he hecho, para invitar a gente a eventos de los que no sé absolutamente nada, para apoyar causas de las que no sé nada. Y ahí estoy yo, hablando de forma convincente a gente que nunca me ha conocido, e incluso para algunas que sí. Así que el mundo está en un caos total. Y muy pronto habrá, estoy seguro, una declaración universal de que este nuevo e ingenioso mecanismo se ha convertido en una herramienta —no hay otra palabra— de prácticas malignas. Así de grave es. Y entonces alguien escribe cualquier bazofia, la atribuye a cualquier escritor y le arruina su vida personal. Hay mucho trabajo que hacer. De lo contrario, yo solía decir, por ejemplo, que la Tercera Guerra Mundial la iniciará la inteligencia artificial. Te encontrarás una situación en la que una guerra habrá empezado por una falsedad total, pero presentada en la persona física del orador, que puede ser un general o quizá alguien que tenga la llave del holocausto atómico. Tú creerás que es el presidente de esa nación quien está hablando, y antes de que te des cuenta, habrá otra guerra. Así que es especialmente doloroso para quienes el lenguaje es su herramienta principal. Es en lo que viven; el lenguaje es su entorno. La verdad es su búsqueda, su búsqueda eterna. Y sin embargo, la «verdad» está disponible para ser difundida por algunas de las organizaciones, individuos y entidades más inescrupulosas del mundo. ¿Qué vamos a hacer al respecto? No lo sé.

Si pudiera dejar en el público una sola idea para llevarse a casa después de la lectura, ¿cuál sería?

Diría que el estado de ánimo en el que he estado estas últimas semanas y meses, y desde hace más tiempo, solo que ahora esa angustia la comparte todo el mundo, es: cuidado con los dictadores imitadores. Cuidado. Empieza como una broma. Empieza como una posibilidad ridícula. Pero esa mitología de líderes obsesionados con el poder que quieren dominar el mundo es una realidad. Existe. Ya no es ficción. Y si hay algún mensaje, sería: cuidado con el regreso de la dictadura.

A lo largo de su vida ha escrito teatro, poesía, novela, ensayo... ¿cuál le ha dado mayor libertad para pensar el mundo?

Usa la palabra libertad y me hace pensar. Pero digamos: ¿en qué medio me siento más en casa, en general? El teatro.

¿Por qué?

Gran pregunta. Porque es una preocupación inagotable. Una de las razones es que cada producción de la misma obra es diferente. Cada representación, de una noche a otra, entre la función de tarde y la principal de la noche, es un acontecimiento nuevo para mí. Cuando la veo, percibo algo totalmente distinto. Y así, cuando escribo, tengo una multiplicidad de respuestas en la cabeza; una que siempre se relaciona con la otra y con el público. Hay una dinámica en el teatro de la que la prosa no disfruta. La poesía es, por supuesto, personal, muy personal, y sin embargo, comunitaria. Porque es comunitaria y oportuna: mucha poesía se refiere a experiencias en curso de la humanidad, a una exploración constante. Eso es cierto en la poesía. Pero en el teatro, además, lo ves materializado físicamente en todas sus múltiples complejidades. Y la dinámica entre un público colectivo y un libro personal del escritor es muy distinta. Por eso creo que el teatro tiene una variedad en la que me siento en casa.

¿Qué cree que ha permanecido intacto en tu voz desde el principio de tu carrera, y qué ha cambiado radicalmente con los años?

Sigue siendo lo mismo: siempre busco nuevas formas de expresar la misma verdad. La verdad es tan simple, tan directa, que se da por sentada. Por eso, mantenerme en la tarea enorme de exponer los aspectos inaceptables de la existencia es una constante a lo largo de mi vida. Y creo que para mucha gente… es como dices: al principio de mi carrera, o incluso antes de aceptar seriamente que mi oficio es la creación literaria, antes de que se concretara, creo que ya estaba obsesionado con la diferencia entre la superficialidad y lo que hay debajo. Es algo con lo que crecí. Y eso crea una carga, porque siento que digo lo mismo una y otra y otra vez. Pero al mismo tiempo, de algún modo, uno encuentra otras maneras de decir lo mismo. Y creo que esa es la verdadera esencia de la creatividad.

En un recital en directo como el de Poetas Di(n) versos ¿qué espera que ocurra entre el público y el poema? ¿Silencio, shock, quizá desacuerdo?

Es interesante: empezamos con la cuestión de escuchar a otros poetas, lo cual siempre es un gran consuelo para uno. Porque significa, muy a menudo, que no estás solo. Ya no te sientes aislado, ya no te sientes alienado a veces, que es lo que ocurre cuando intentas escribir tú solo en una habitación o lo que sea. Así que supongo que entre el público y el poeta sucede lo mismo. Espero que la humanidad sobre la que escribes, la humanidad que es tu preocupación básica, también sienta, con optimismo, que no está abandonada. Creo que eso es lo que pasa cuando la gente se sienta y escucha poesía. Cuando yo voy a una lectura de poesía, por ejemplo, también observo al público, veo cómo reacciona, el lenguaje corporal, la sensibilidad en sus rostros. Y creo que lo que le sucede al público cuando escucha a alguien leer su propio poema —o incluso leer poemas de otros— es una sensación, más pequeña pero muy poderosa, de comunión y de comunidad.

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