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Ardentia, el taller de Bergondo donde las joyas nacen del oficio lento: "No vendemos por precio, vendemos sensaciones"

El silencio del taller marca el ritmo. Entre dibujos, cera, plata, fuego y esmalte, cada pieza de Ardentia toma forma sin prisas. Joyas pensadas, trabajadas y construidas a mano, donde el tiempo y el método son parte esencial del resultado

Una mujer clasifica las joyas en el taller de Ardentia en Bergondo

Una mujer clasifica las joyas en el taller de Ardentia en Bergondo / Iago Lopez

Manolo Rodríguez

Manolo Rodríguez

A Coruña

Hay talleres que suenan. Y hay talleres que respiran. El de Ardentia, en Bergondo, pertenece a esta segunda categoría. Aquí no hay ruido de fábrica, ni prisa de cadena de montaje. Lo que se escucha son otros sonidos: el roce de una lima contra la plata, el chasquido leve de unas pinzas, el zumbido constante de una pulidora o el soplido azul de un soplete que calienta el metal hasta volverlo maleable. Es un sonido bajo, íntimo, casi doméstico. El sonido de un oficio.

Nada más entrar, el olor te sitúa: madera antigua, metal caliente, polvo fino de limaduras, esmaltes, productos químicos suaves y esa mezcla difícil de explicar que solo existe en los lugares donde se trabaja con las manos desde hace muchos años.

Las mesas de trabajo —llenas de pequeñas cicatrices— no son muebles: son mapas. Cada marca, cada quemadura, cada muesca cuenta cuántas piezas han nacido ahí.

En una mesa iluminada por una luz blanca y directa, una trabajadora clasifica piezas diminutas sobre una superficie roja que contrasta con el brillo del metal. A su alrededor, cajoneras, bolsas transparentes y pequeñas etiquetas. Todo tiene su lugar. Todo tiene su momento.

Luis González, fundador del taller hace 38 años, se detiene junto a esa mesa y señala el orden como parte del propio proceso creativo. Después, al avanzar hacia la zona del esmalte, se para frente a una bandeja con pequeñas piezas verdes y lo explica con precisión casi didáctica: «Esos son trocitos de brillo, molidos, mezclados con agua destilada, para poder manejarlos».

Uno de los artesanos de Ardentia pule una pieza de azabache.

Uno de los artesanos de Ardentia pule una pieza de azabache. / Iago Lopez

Sobre la mesa hay una rejilla. «Después se ponen en aquella rejilla. Y esa rejilla va en el horno un tiempo para que se evapore el agua y quede sobre el polvillo. Porque si lo metieras en el horno con el agua, herviría y saltaría todo», cuenta. Cuando el polvo ya está seco, llega el momento decisivo: «Cuando ya está otra vez el polvillo seco, se mete en el horno y se funde el vidrio, y se funde con la plata». La frase resume uno de los rasgos más reconocibles de Ardentia: el esmalte como identidad, como textura y como color que nace del propio material. A pocos metros, un trabajador pule una pieza oscura. González lo señala: «Aquí tienes otro chico que está puliendo el azabache».

El recorrido por este taller artesanal lleva inevitablemente a la pregunta de cómo empieza todo. Y la respuesta es larga, llena de matices: «La verdad es que da muchísimas vueltas. Ya simplemente la elaboración, aunque ya esté hecha la idea, ya da muchas vueltas. Pero antes de llegar al inicio…».

El inicio está en el piso de arriba. «Ahí es donde hacemos toda la parte de diseño», narra Luis González. Todo arranca en un folio en blanco. Habla de carpetas llenas de dibujos. «Tenemos carpetas y carpetas con centenares de dibujos», reconoce. Y describe el proceso como algo muy cercano a la moda: «Es un poco parecido a la moda. Haces una figura y después le pones alrededor un montón de fotos de texturas, de colores, de cosas que te andan por la cabeza».

Proceso de esmaltado.

Proceso de esmaltado. / Iago Lopez

Ese proceso puede alargarse meses, incluso años. «Esta colección -señala una serie de piezas que están depositadas en una de las múltiples estanterías que abarrotan el taller- quizá lleva dos años aquí. Está esperando a que la retome porque a lo mejor no me gustó cuando me puse con ella».

Tras el primer bosquejo en el papel vienen las pruebas. «Se traza el dibujo y se modela en cera», explica. Durante años, el proceso fue distinto: «Antes lo hacíamos directamente sobre el metal». Ahora, la tecnología convive con el oficio: «Últimamente, lo que hacemos es desarrollar las piezas en 3D. Por eso tenemos ordenadores y un par de impresoras 3D».

Pero el proceso siempre regresa a las manos: «Esa cera se funde. Se pasa a metal. Y ese metal se vuelve a trabajar a mano». Sobre una mesa descansan restos de pruebas, pequeños fragmentos con texturas distintas. González los señala: «Todos estos son trocitos y prototipos. Y cosas que van quedando».

El criterio no lo marca el mercado. «Nosotros somos un poco ajenos a lo que pasa en el mercado». Y lo explica con una frase que resume la filosofía de Ardentia: «Yo siempre he dicho que trabajamos para perros verdes».

Proceso de pulido de una joya.

Proceso de pulido de una joya. / Iago Lopez

La trayectoria del taller respalda esa forma de trabajar. «Llevamos 38 años en funcionamiento». Y la evolución ha sido constante. «Hemos estado exponiendo en Alemania, en Francia… pero todo fue fruto de una evolución», reconoce. Esa evolución también le ha llevado a abrir tres tiendas propias en los últimos ocho años en A Coruña, Santiago y Vigo: «Es ir al modelo que lleva haciendo Zara desde siempre de yo me lo guiso, yo me lo como». Reducir la dependencia de terceros y acercarse más al cliente final.

Las colecciones tienen nombres que remiten a Galicia y al Atlántico. «La idea es buscar un hilo conductor», resume. Y lo concreta: «En general son orgánicas, son muy atlánticas». De ahí nombres como Mar de Lira, Ribeira Sacra, Brigantia, Carballo o Fios. «Es una labor de renombrar lo que haces y dónde lo haces», explica.

El valor diferencial está en lo que solo un taller así puede ofrecer. «No vendemos por precio, vendemos por sensaciones». Y pone un ejemplo: «Hace 20 años le regalaste unos pendientes a tu madre, pierde una pieza y se dirige a nosotros y nosotros le hacemos el pendiente que le falta». Trabajan con plata fina. «Nosotros utilizamos la de 999,9 que es la plata fina». Y ese nivel de exigencia técnica es parte del resultado final.

Joyas recién salidas del horno en el taller de Ardentia en Bergondo.

Joyas recién salidas del horno en el taller de Ardentia en Bergondo. / Iago Lopez

El sector, reconoce, es pequeño. «Un taller de esta capacidad como el nuestro no creo que haya 12 en España ahora mismo», apunta, para asegura a continuación que “cada vez queda menos gente que haga todas estas cosas». Tras la pandemia, el modelo cambió. Decidieron no volver a las ferias y también redujeron el número de colecciones. «Antes hacíamos entre 16-20 en un año. Ahora hacemos entre 2, 3 o 4. Ponemos más en valor lo que hacemos», explica.

El perfil del cliente también ha evolucionado con él. «Yo cuando tenía 30 años vendía a la gente que tenía mi edad. Ahora, que tengo 58 le vendo a la gente que tiene mi edad», sonríe.

Las últimas piezas terminadas reposan juntas sobre la rejilla negra. Espirales, hojas, pendientes, pulseras, colgantes... El verde del esmalte contrasta con el metal pulido. Vistas así, parecen contar por sí solas el camino que han recorrido. Y al salir del taller, esa idea cobra sentido. Porque en Ardentia cada pieza ha pasado por el orden, el dibujo, la cera, la plata, el fuego, el pulido, el esmalte y el ensamblaje. Ha pasado por muchas manos. Ha pasado por tiempo. Y eso, cuando se observa de cerca, se nota.

Bergondo, la cuna joyera que deja de brillar con cada taller que se cierra

Durante siglos, Bergondo fue territorio de orfebres. No es casualidad que el municipio luzca con orgullo el sobrenombre de Bergondo, xoia das Mariñas. Desde el siglo XVII, sus artesanos destacaron por el diseño y el pulido de piezas y consolidaron una tradición que dio fama internacional a sus plateros y joyeros. Hoy ese paisaje artesanal se desvanece.

Luis González, fundador de Ardentia, lo resume con crudeza: «Hay un montón de talleres que han cerrado». Explica que muchos joyeros de la zona, con décadas de trabajo acumulado con oro almacenado, han optado por fundir existencias y jubilarse: «El kilo de oro, antes de la pandemia, costaba 50.000 euros, ahora supera los 135.000. Te quedan cuatro años para jubilarte y dices me jubilo, tengo cinco kilos de oro, cojo todo el que tengo, lo fundo y me llevo más de 600.000 euros».

Detrás de las joyerías, cayeron los talleres. «Aquí había mucha, mucha gente», recuerda. «En activo que no estén jubilados… quedan media docena si es que quedan», reconoce.

Luis Gonzalez, fundador de Ardentia, con una pulsera de plata en sus manos en el taller de Bergondo.

Luis Gonzalez, fundador de Ardentia, con una pulsera de plata en sus manos en el taller de Bergondo. / Iago Lopez

La anécdota que mejor ilustra aquel esplendor parece sacada de una película. «He visto a un joyero de aquí haciendo una gargantilla muy grande toda de brillantes con un rubí del tamaño más grande que una nuez, más otros dos rubís más pequeños a los lados y los pendientes a juego con los rubís». Una pieza única y carísima destinada, supone, «para una condesa o para una princesa». Alta joyería hecha puerta con puerta. Ese taller cerró. González compró el local. «Tiene una caja acorazada como las de las películas», cuenta.

Bergondo fue semillero de talento joyero. «De aquí salió un montón de técnicas que hay en Madrid a nivel de alta joyería», recuerda. Hoy apenas quedan rastros de aquella concentración de oficio. La xoia das Mariñas resiste más como memoria que como presente.

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