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La ciudad que viví

El rescatador en las emergencias

Alejandro, de monaguillo, en el centro de la imagen.

Alejandro, de monaguillo, en el centro de la imagen. / LOC

Alejandro Barreiro Fernández

Nací en San Sadurniño, pero cuando tenía tres años mis padres, José y Concepción, decidieron enviarme a vivir a A Coruña a la casa de mis tíos, Tito y Maruja, quienes residían en la calle Real. Estudié en el colegio Concepción Arenal hasta que a los diecisiete años ingresé en el Ejército en el Regimiento de Infantería Isabel la Católica, que estaba asentado en el cuartel de Atocha y en el que serví durante un año, tras el cual me trasladé a Ferrol, también a Infantería, donde permanecí hasta los veintiséis años. Posteriormente entré en el Cuerpo de Bomberos ferrolano, en el que trabajé hasta mi jubilación, por lo que tengo un gran recuerdo del tiempo que pasé allí y de mis compañeros. 

En mi infancia uy juventud tuve como amistades a Ignacio, Julio, Manel, Luis, Jaime, Mónica, Rosa y María, con quienes pasé unos años inolvidables jugando en la calle al che, las bolas chapas o la bujaina. Cuando salíamos del colegio y los fines de semana tratábamos de estar todo el tiempo en la calle, sobre todo en la zona de la estatua de Curros Enríquez en los jardines de Méndez Núñez, que solíamos escalar con cuidado para no caernos en el estanque que la rodea.

Escalábamos la estatua de Curros en los jardines con cuidado para no caernos en el estanque

También solíamos jugar en la Dársena, detrás del edificio de Correos o en la plaza de María Pita, donde practicábamos el fútbol con otros grupos de conocidos, aunque había que tener cuidado con uno de los guardias municipales del Ayuntamiento que tenía muy mal humor, ya que intentaba quitarnos la pelota, aunque nunca lo consiguió porque le resultaba muy difícil cogernos.

En aquellos años para nosotros era un lujo ir al cine los domingos y los días de fiesta para disfrutar de las películas de vaqueros, piratas y romanos, además de las de dibujos animados. Eran sesiones infantil que se hacían a las cuatro de la tarde y siempre había grandes colas para coger las entradas, que hacíamos acompañados de algún familiar que nos recogía al terminar la película.

Ya de jóvenes, los domingos salíamos a pasear por las mañanas por el centro, a lo que llamábamos gastar las suelas de los zapatos, ya que lo único que hacíamos era ir de un sitio a otro para ver a todas las jovencitas que hacían lo mismo. Recuerdo que la cantidad de gente que había en el centro era como una marabunta, ya que casi no se podía andar, tanto por la calle Real como por las de los vinos.

Nuestro punto de encuentro eran el cine Avenida o el teatro Rosalía de Castro, ya que sus grandes soportales nos protegían del sol y la lluvia. También solíamos ir a la sala de juegos El Cerebro, situada frente al cine Coruña, a jugar al billar o al futbolín, así como a las fiestas de barrios como A Gaiteira, Monelos y la Ciudad Vieja, además de a los bailes de mocitos del Finisterre y el Circo de Artesanos, a los que las chicas acudían siempre acompañadas por algún familiar, casi siempre la madre o la abuela, que te llamaba la atención educadamente si te arrimabas mucho a ellas al bailar y te pedía que corriera el aire entre los dos.

Los veranos los repartíamos yendo a las playas Riazor, Orzán, Santa Cristina y Bastiagueiro. A las dos últimas solíamos ir en las lanchas que salían de la Dársena, que siempre iban abarrotadas de gente con cestos de comida para pasar el día.

Mientras estaba en el Ejército me casé con Elena, a quien conocí en Cariño y con la que tengo dos hijos llamados Alejandro y Sergio. Durante mi vida profesional como bombero fui presidente y responsable de formación de la Asociación de Cans de Salvamento de Galicia (Casaga), por lo que dirigí numerosas misiones de auxilio en Galicia, España y países como Turquía o Libia, a donde llevé los perros de rescate Thor y Anca, que prestaron un gran servicio en la búsqueda y recuperación de desaparecidos.

Ya jubilado, participé en los trabajos de recuperación de las víctimas de la dana en Valencia, razón por la que, de manos del presidente de la Xunta, Alfonso Rueda, recibí la medalla al mérito de Protección Civil que se concedió a la asociación, que fue un gran honor para todos nosotros.

En la actualidad sigo practicando el judo, en el que me inicié hace ya cincuenta años al inculcarme esta afición su director, Bernardo Romay, que es un campeón y una leyenda de este deporte.

Testimonio recogido por Luis Longueira

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