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Las tortugas que conquistan A Coruña: un refugio de alegría en el hospital

Estos reptiles tienen su propia legión de fans, que cada semana se acercan a verlos y a darles de comer

A Coruña cuenta con muchos animales emblemáticos. Está Gastón, el famoso tiburón del Aquarium Finisterrae, que rivaliza por la atención del público con otra de las grandes atracciones del recinto: las focas.

Y no hay que olvidar a Ney, el perro que enamoró a la Plaza de Lugo, y que dispone de su propia estatua en el centro de la ciudad. Pero existe otro animal que, silenciosamente, se ha ido ganando poco a poco su sitio en la urbe hasta conquistar el corazón de los coruñeses. "La gente se preocupa mucho. Donan mucha comida y hay quien se la lleva como hobby".

El que habla es Carlos Campos, la persona que, probablemente, más conozca a las tortugas del estanque del Hospital Abente y Lago. Se encargó del mantenimiento del lugar durante más de medio siglo, lo que acabó incluyendo -por pura casualidad- la atención de estos reptiles.

En teoría, no son de nadie, pero los técnicos del complejo asumieron voluntariamente su cuidado hace décadas. "Teníamos una fuente con peces y un médico nos trajo una tortuga porque sus hijos habían crecido y ya no la querían. Y empezamos a traer más. Dijimos que estábamos abiertos a donaciones y llegamos a tener hasta 200", recuerda el extrabajador.

La historia de las tortugas del Hospital Abente y Lago

Si bien hay quienes las llevan al Abente porque no pueden hacerse cargo de ellas, la mayoría de las personas "vienen a verlas todos los días" y llaman al hospital si, de repente, no las encuentran. Algo que ocurre a menudo, ya que las tortugas tienden a esconderse en los huecos que hay alrededor de las piedras salvo al mediodía, cuando les gusta salir a tomar el sol.

Si este no está por la labor de asomarse entre las nubes, lo habitual es localizar solo a cinco o seis en la superficie o sobre alguna piedra. Desde el centro hospitalario, sin embargo, aseguran que actualmente hay cerca de unas veinte, que salen apresuradamente de sus escondrijos a la hora de comer.

Cuando Campos estaba en activo, era más fácil detectar ausencias, porque todas las inquilinas tenían nombre. Él y su equipo llegaron a escribirlos con rotulador sobre los caparazones para poder identificarlas, aunque tenían que "repasarlo cada cuatro o cinco meses, a medida que iban mudando la concha".

La época del desove era una de las más complicadas, ya que el técnico tenía que recoger los huevos y mantenerlos en la incubadora hasta que las crías se reunían con sus madres en el estanque. Se trataba de una intervención necesaria por culpa de las gaviotas, el enemigo número uno al que tuvieron que enfrentarse estos reptiles.

Cuenta el exempleado que los que viven ahora en la charca están a salvo gracias, en gran parte, a todos los quebraderos de cabeza que él tuvo que pasar. "Cuando empezamos a traerlas, las gaviotas cogían las tortugas y las soltaban desde el aire. Lo que hicimos fue poner una especie de red con tanza transparente, para que no las vieran y se quedaban atrapadas", explica.

Como la medida tuvo éxito, las tortugas proliferaron y hubo que hacer ajustes. "Cada poco viene un experto a llevarse las que pertenecen a especies invasoras. También se contacta a gente que tiene criaderos", dice el técnico, que añade que "muchas acabaron en la charca de Santa Cristina con permiso del Seprona".

Tortugas Hospital Abente y Lago

Las tortugas del Abente y Lago. / Carlos Pardellas

Una pequeña alegría para los pacientes

Puede que las tortugas no sean los animales más carismáticos del mundo. Sin embargo, para muchos de los pacientes del Abente y Lago, estos reptiles suponen una pequeña isla de alegría.

"Es una forma de aliviar los síntomas de la gente que va al médico. A veces, ver algo distinto ayuda mucho", afirma Campos, que asegura que, en su tiempo en activo, no vio nunca "a nadie que no las quisiera".

El exempleado recuerda especialmente a una mujer que se quedó "hasta cinco horas junto al estanque" para darle el último adiós al ejemplar al que solía ir a ver. Aunque también le ha quedado en la memoria algún que otro accidente anecdótico. "Una vez un niño se acercó y la tortuga le enganchó el dedo. No le hizo nada, pero se puso a correr por ahí con la tortuga colgando. Hay que tener cuidado, porque muerden", advierte.

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