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María Docampo y Borja Balbuena, supervivientes de cáncer infantil, en A Coruña: "Es importante el seguimiento a largo plazo"

Ambos se recuperaron y hoy forman parte del grupo ‘Pulseras Amarillas’, que busca "visibilizar" la dolencia, "desmitificarla" y apoyar a otros afectados y a sus familiares

María Docampo y Borja Balbuena, este viernes, en el Hospital Materno Infantil Teresa Herrera de A Coruña (Chuac).

María Docampo y Borja Balbuena, este viernes, en el Hospital Materno Infantil Teresa Herrera de A Coruña (Chuac). / Casteleiro

A Coruña

María Docampo y Borja Balbuena tienen sendos másteres en supervivencia. Enfrentaron el cáncer, siendo niña y adolescente, se recuperaron de esa dolencia y aprendieron a convivir con la incertidumbre de las revisiones, así como con las secuelas de los tratamientos. Hoy forman parte de Pulseras Amarillas, un grupo de jóvenes supervivientes gallegos, vinculado a la Asociación de Cáncer Infantil y Juvenil de Galicia (Asanog), que busca «visibilizar» la enfermedad, «desmitificarla» y «dar apoyo» a otros afectados y a sus familiares. Lo presentarán, de manera oficial, el próximo sábado, 21 de febrero, en una jornada deportiva y solidaria en el Centro Deportivo San Diego.

María Docampo, vecina de Cerceda, de 23 años, tenía solo 8 cuando le diagnosticaron «leucemia linfoblástica aguda», un proceso del que apenas guarda recuerdos, más allá de que fue «tratada con quimioterapia» en el Hospital Materno Infantil Teresa Herrera (Chuac). «Entonces, no era muy consciente de lo que me pasaba. Sabía que era algo malo, pero desconocía la gravedad. Fue un proceso bastante duro, del que no recuerdo demasiados detalles», insiste María, quien sí tiene grabado en su memoria como, cuatro años después, «cuando ya empezaba a tener una vida normal», el diagnóstico le «vino otra vez, de sopetón, de vuelta». «No me lo esperaba. Al principio, me lo tomé muy, muy mal, pero luego lo encaré. Fue duro. Muy duro. Siempre te preguntas: ‘¿Por qué a mí?’», reconoce.

Cuatro años después, cuando María "ya empezaba a tener una vida normal", el diagnóstico le "vino otra vez, de sopetón, de vuelta". "No me lo esperaba. Al principio, me lo tomé muy, muy mal, pero luego lo encaré. Fue duro. Muy duro. Siempre te preguntas: ‘¿Por qué a mí?’", reconoce.

María Docampo, este viernes, en el Materno.

María Docampo, este viernes, en el Materno. / Casteleiro

«En esta segunda ocasión —prosigue—, me dieron quimio, radioterapia y me hicieron un trasplante de médula (ya en el Hospital Clínico de Santiago). El donante fue mi hermano, puesto que tuve la suerte de que éramos compatibles», explica María, quien reconoce que, una vez superada la fase de los tratamientos, se abre otro periodo «complicado», en el que hay que «convivir con el temor a las recaídas», y también «con las secuelas».

"El alta en Oncología lo viví como una dualidad"

«Se intenta llevar lo mejor posible, aunque, cuando tienes consulta, vas temblando, con el temor a que todo pueda dar la vuelta otra vez. Pero, con el paso de los años, las probabilidades de que haya una recaída van disminuyendo, y sí que cada vez lo afrontas mejor. De hecho, a mí me dieron el alta en Oncología este septiembre (a los diez años, más o menos, del segundo diagnóstico), y lo viví como una dualidad: me sentí muy contenta, pero también sentí miedo, porque estaba controlada, cada año iba a consulta, te hacían pruebas... Y así es como que te ‘liberan’, y piensas: ¿‘Y si me pasa algo y no lo detectan?’», admite María, quien, no obstante, continúa «controlada por otros especialistas», debido a «las secuelas» que le han quedado: «el corazón más debilitado», y problemas «a nivel óseo» o «de tipo endocrino», entre otras.

"Me dieron el alta en Oncología este septiembre (a los diez años, más o menos, del segundo diagnóstico), y lo viví como una dualidad: me sentí muy contenta, pero también sentí miedo, porque estaba controlada, cada año iba a consulta, te hacían pruebas... Y así es como que te ‘liberan’, y piensas: ¿‘Y si me pasa algo y no lo detectan?’", admite María

A Borja Balbuena, vecino de A Coruña, de 29 años, le diagnosticaron un «linfoma no Hodgkin de Burkitt» a los 16, en su ciudad de origen [Gijón], tras «varias semanas» sintiéndose mal y con «fuertes dolores de espalda». «Estando de vacaciones, empecé con malestar y dolor, como cuando tienes una mala postura. Si me sentaba, estaba incómodo. Tumbado, igual. Inicialmente, me dijeron que era una distensión muscular, después una rotura de fibras... El primer error fue que me dieron antiinflamatorios, que obviamente me quitaban el dolor pero también me camuflaban la fiebre, el parámetro que hubiese determinado que, en aquel momento, me hiciesen una analítica», expone Borja, quien reconoce que, siendo un adolescente, «lo último que se te pasa por la cabeza es que puedas tener cáncer».

Borja Balbuena.

Borja Balbuena, este viernes, en el Materno. / Casteleiro

«Con el paso del tiempo», sin embargo, empezó a encontrarse peor, hasta el punto de quedar extenuado «con solo estirar la sábana bajera de la cama». «Sentía como una especie de taquicardias de cansancio... Terrible. Después, me dijeron que no respiraba por el pulmón derecho, y que lo más seguro es que fuese una neumonía. Me realizaron más pruebas y, como vieron que no era eso, pensaron en tuberculosis, así que me ingresaron para hacerme más exámenes que confirmasen ese diagnóstico. Sin embargo, cuando llevaba ya más de una semana en el hospital, me noté un bulto sobre el pecho. Como no me dolía, no le di demasiada importancia, pero se lo comenté a mi madre, a ella ya se le encendieron todas las alarmas, y se lo dijo al neumólogo», recuerda.

Lo siguiente fueron «más pruebas». «Me hicieron un TAC, y ahí ya se confirmó que lo que tenía era cáncer (un linfoma no Hodgkin de Burkitt) y que, además, estaba bastante extendido. Por eso siempre digo que, dentro de lo malo (que tardaron mucho en detectarlo), lo bueno fue que me lo pillaron justo a tiempo, antes de que fuese metástasis», subraya Borja, quien asegura que, pese a la crudeza del diagnóstico, su cabeza supo protegerle «muy bien».

"Nunca me planteé la posibilidad de morir. Cierto es que lloré mucho, porque sabía que los tratamientos iban a ser duros, con muchos efectos secundarios... Pero mi cabeza me protegió muy bien", sostiene Borja

«Nunca me planteé la posibilidad de morir. Cierto es que lloré mucho, porque sabía que los tratamientos iban a ser duros, con muchos efectos secundarios... Pero mi cabeza me protegió muy bien», reitera, antes de especificar que, en su caso, el abordaje de la enfermedad consistió en «cinco meses de quimioterapia, más otros dos de consolidación».

La vuelta a la rutina, "difícil de gestionar"

Superada esa fase del proceso, la vuelta a la rutina es también «difícil de gestionar». Hay que aprender a «convivir con el miedo». Y «con las secuelas». «El tratamiento oncológico de un adulto y un niño es el mismo, lo que cambia es la concentración de las dosis. Por ley de vida, sin embargo, lo normal que un adulto fallezca antes, de manera que es posible que no dé tiempo a desarrollar secuelas, a largo plazo, a esas terapias, pero en el caso de los niños y los adolescentes puede que sí, por eso es importantísimo que haya un seguimiento», destaca.

Fotografía de familia durante el acto conmemorativo del Día Internacional del Cáncer Infantil y Juvenil organizado por Asanog, este viernes, en el Materno.

Fotografía de familia, durante el acto conmemorativo del Día Internacional del Cáncer Infantil y Juvenil organizado por Asanog, este viernes, en el Materno. / Casteleiro

Día Internacional del Cáncer Infantil: juegos, lectura de manifiesto y 'corazones' de regalo en el Materno

En vísperas del Día Internacional del Cáncer Infantil, que se conmemora este domingo, 15 de febrero, María Docampo y Borja Balbuena participaron en un acto organizado por la Asociación de Cáncer Infantil y Juvenil de Galicia (Asanog) —entidad que da soporte al grupo de supervivientes Pulseras Amarillas— en colaboración con el área sanitaria coruñesa, en el Hospital Materno Infantil Teresa Herrera (Chuac).

Durante el encuentro, que se replicó en los hospitales de Santiago y Vigo, se leyó un manifiesto con las principales reivindicaciones del colectivo. Además, cinco alumnos con discapacidad intelectual del centro de educación especial Ntra. Sra. de Lourdes-Aspronaga, junto con su profesora Raquel Quintela, entregaron 25 cojines en forma de corazón como regalo para los niños y niñas en tratamiento oncológico. Para su elaboración, el alumnado del colegio de Aspronaga contó con la empresa Sedatex, que donó las telas, Padre Rubinos, que entregó el relleno, y la Fundación Érguete, que trabaja con personas privadas de libertad que cumplen su condena en el CIS de A Coruña, quienes ayudaron a rellenar los cojines.

También en el marco del 15 de febrero, El Corte Inglés de Santiago fue escenario, este viernes, de la presentación del libro Superhéroes sin superpoderes, de carácter autobiográfico, escrito por el propio Borja Balbuena. Un testimonio que busca «acompañar» y «generar conciencia social» desde su vivencia.

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