Accesibilidad en la Universidade de A Coruña para que nadie se quede atrás: "Atendemos cualquier situación que dificulte el proceso educativo"
La UDC cuenta con una unidad que atiende al alumnado con discapacidades y otras necesidades específicas

Noa Gómez, alumna con TEA de la UDC en una aula de la Facultad de Filología Inglesa / Casteleiro
En el corazón del campus de la Universidade de A Coruña (UDC), una oficina trabaja silenciosamente para que el derecho a la educación superior no sea una carrera de obstáculos insalvables. Se trata de la unidad encargada de atender al alumnado con discapacidad y otras necesidades específicas; un servicio que no solo gestiona recursos, sino que transforma vidas a través del acompañamiento y la empatía.
La unidad no es nueva —lleva más de dos décadas funcionando—, pero hace dos años experimentó un cambio estructural decisivo al integrarse en la Vicerrectoría de Igualdad y Diversidad. Según explica Pedro Bogo, coordinador de la unidad, el objetivo es ambicioso: «Atendemos cualquier tipo de situación que dificulte el proceso educativo. Analizamos cada caso, emitimos informes de adaptaciones y ajustamos las necesidades del alumnado a su situación para que tengan las mismas oportunidades».
El trabajo de la unidad es integral, desde la eliminación de barreras arquitectónicas (como la instalación de rampas) hasta la gestión de transporte adaptado y servicios de interpretación en lengua de signos. Pero más allá de lo físico, Pedro Bogo destaca una labor fundamental: la concienciación del profesorado para aplicar medidas como la ampliación de tiempos en exámenes o la flexibilidad en las entregas. «La universidad tiene que darle apoyo para que se desarrollen. Básicamente atendemos a personas, hacemos acompañamiento o derivamos a especialistas externos», señala Bogo.
La estigmatización de la discapacidad psíquica
Para Noa Gómez, una estudiante de segundo curso de Filología Inglesa con Trastorno del Espectro Autista (TEA), la universidad representaba un desafío que iba mucho más allá de los libros. Aunque posee un coeficiente intelectual muy alto, su discapacidad psíquica le genera barreras en la socialización y la autonomía personal.
«Lo psíquico está muy estigmatizado», explica su madre, Mar. «Ella se pierde al cambiarse de clase y le falta autonomía. Yo sabía que sin una cuidadora era inviable que fuera». Tras años de lucha en etapas educativas anteriores, donde incluso algunos docentes cuestionaron su capacidad para llegar al Bachillerato, la UDC respondió con «buena voluntad» y eficacia.
A través de una colaboración con la Diputación, la Universidad consiguió asignarle una asistente personal, Alicia, que acompaña a Noa en su día a día. «La gestionaron muy bien porque siempre tiene a la misma persona, lo que evita tener que volver a explicar todo», comenta su madre con alivio.
A pesar de los éxitos —Noa aprobó 7 de 10 asignaturas en su primer año—, el camino sigue teniendo baches. Noa recuerda con amargura cómo una antigua profesora de Filosofía le dijo que no debería estar en Bachillerato por sus dificultades con los conceptos abstractos: «Estaba sacando una conclusión por una sola asignatura», lamenta la joven, quien sueña con la mitología y las lenguas clásicas, aunque esa carrera está en Santiago.
En la UDC, para evitar malentendidos, Pedro Bogo organiza reuniones con los docentes, un paso vital tras incidentes donde la falta de conocimiento sobre el TEA provocó situaciones de bloqueo en la alumna. «Los profesores y el alumnado deben tener concienciación», recalca la madre de Noa.
Ayuda para romper barreras
Héctor Álvarez, de 26 años, es otro ejemplo de cómo la universidad puede ser un aliado tecnológico. Héctor padece Atrofia Muscular Espinal tipo 2, una enfermedad degenerativa que le impide utilizar el teclado o escribir a mano. Tras cursar Informática y Videojuegos, ahora realiza un máster en Realidad Extendida en el campus de Ferrol.
Para él, la unidad de la UDC es su enlace logístico. «Lo que yo necesito es una persona que me acompañe en clase, que esté con el ordenador, que me lleve al baño o me ayude a beber», explica. Aunque el sector de los cuidados «es precario» y los asistentes cambian con frecuencia, Héctor destaca la disposición de sus profesores: «Mis profesores se adaptaban, me pasaban apuntes, me dejaban un poco más de tiempo para los exámenes... yo soy uno más en clase», afirma Héctor.
Héctor realiza sus exámenes en un aula aparte, dictando o usando su teléfono móvil para escribir, un método que ha perfeccionado para mantener su independencia académica. Su compromiso con la accesibilidad es tal que su TFG consistió en crear un sistema de adaptación para simuladores de conducción. «Me gustaría buscar cosas de adaptación para videojuegos; es difícil porque habría que pensarlo desde que se inicia el juego», comenta con visión de futuro.
Protocolo LGTBIQ+
La evolución de la unidad ayuda desde a la diversidad de género y la orientación sexual. Tras la actualización de sus protocolos hace dos años, la UDC se ha consolidado como un espacio seguro para el colectivo LGTBIQ+, implementando medidas que van desde lo administrativo hasta lo puramente humano.
Uno de los avances más significativos es el protocolo de cambio de nombre y género para personas trans. Bogo explica que esta medida es vital para aquellos alumnos que no gozan de un entorno familiar favorable: «Se permite el cambio independientemente de lo que tengan en el DNI». Este marco normativo se complementa con un protocolo contra el acoso que permite denunciar de forma interna cualquier discriminación por orientación o identidad de género.
Esta estructura institucional cobra sentido real en la experiencia diaria del alumnado. Para una estudiante trans de la UDC, que prefiere preservar su anonimato, estas adaptaciones son la pieza que le permite «llevar la carrera adelante». Según relata, el sistema garantiza que las personas trans puedan solicitar ser tratadas por el género y el nombre con el que se identifican sin trabas burocráticas: «En las listas de clase y en los exámenes siempre aparece el nombre que escogí», explica, subrayando la importancia de que el centro ponga sobre aviso al profesorado para evitar situaciones incómodas o discriminatorias.
Sin embargo, el apoyo no es solo vertical, de la institución hacia el alumno, sino también horizontal. La estudiante destaca la existencia de grupos de apoyo formados por el propio colectivo LGTBIQ+ dentro del campus, una red que, aunque funciona de forma independiente a la unidad, trabaja en sintonía para crear comunidad. Asimismo, valora positivamente la existencia de canales anónimos para denunciar posibles ataques tránsfobos, una herramienta de seguridad que, aunque afortunadamente no ha tenido que utilizar, considera fundamental para el bienestar del grupo. «Estoy muy contenta con el apoyo que me ha dado el departamento; realmente funciona y ayuda mucho», concluye la alumna.
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