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LOS BARRIOS DE A CORUÑA

El balcón al mar que define el carácter de Labañou: "Aquí la esencia de barrio resiste"

El histórico barrio coruñés defiende su esencia de "pueblo" y su ubicación privilegiada mientras los vecinos denuncian la falta de transporte directo y el deterioro de sus estructuras tras décadas de parches

Vecinos de Labañou opinan del barrio

Inés Vicente Garrido / Iago López

A Coruña

Pocos barrios de A Coruña miran tan de cerca al mar. Pero hay uno al que esa proximidad le hace definir su carácter. Lo que era la parroquia de San Roque de Fóra se ha ido diluyendo con el paso del tiempo y, salvo para los vecinos de toda la vida, hoy casi todo se reconoce bajo el mismo nombre: Labañou. Nació como un conjunto de viviendas en las afueras de la ciudad, lejos del paso habitual de los coruñeses. Sin embargo, la llegada del paseo marítimo cambió su relación, llena de prejuicios, con la ciudad.

Es una zona de límites difusos, aunque para quienes crecieron entre sus bloques bajos, como Beatriz Irigoyen, es una identidad: "Antes no estaba tan bien visto decir que eras de aquí, pero yo nunca dije que era de Ciudad Escolar, siempre dije: 'Soy de Labañou'". Esa fuerza vecinal es la que mantiene cohesionado un entorno que Antonio Fernández, vecino desde hace 50 años, define como una zona tranquila, pero que sobrevive a base de "un arreglito aquí y un parche allí".

Antonio, que a sus 82 años ha visto evolucionar el barrio desde su ventana, asegura que la dinámica sigue siendo la misma a pesar de las décadas. Aunque los edificios muestran el paso del tiempo, el contacto humano sigue siendo el motor de las calles. "Nos vamos deteriorando como se deteriora todo el mundo", bromea, mientras reconoce que "la esencia de barrio resiste" a pesar de los cambios en el vecindario.

Beatriz Irigoyen, vecina de Labañou

Beatriz Irigoyen, vecina de Labañou / Iago Lopez

Lo que más valoran los residentes es, sin duda, la ubicación. El barrio es un mirador natural hacia el Atlántico. Ana Gómez, una de las vecinas más jóvenes, destaca que lo mejor de su día a día es la cercanía con el mar: "Lo que más me gusta es que está aquí al lado del paseo marítimo". Esta opinión la comparte Beatriz, quien describe su casa como un lugar privilegiado: "Desde mi ventana veo el mar, veo el Orzán, la Torre de Hércules y me da el sol todo el día, es un gustazo".

Sin embargo, esta belleza paisajística choca con una realidad incómoda: el vacío de servicios en el corazón del barrio. Lo que antes se separaba en distintos distritos, Labañou y San Roque; ahora es un mismo barrio en el que se siguen notando diferencias entre una zona y otra. Beatriz lamenta que "no hay farmacias ni supermercados grandes cerca", por la zona baja del barrio, lo que obliga a los residentes a caminar hasta Los Rosales o la zona de Gran Canaria. "El problema no es que ahora no haya servicios, es que sigue habiendo, únicamente, la misma tienda que desde que tenía yo 14 años", recuerda la vecina. "Parece más un barrio dormitorio que un sitio para hacer vida de barrio", sentencia Ana, señalando que la falta de comercio local limita el movimiento en las calles durante el día. Antonio también reconoce la carencia con la que lleva varios años: "Apenas hay aquí una tiendecita. Eso sí, ahí tienen muchas cosas".

Antonio Fernández, vecino de Labañou

Antonio Fernández, vecino de Labañou / Iago Lopez

La crítica más feroz de los vecinos se dirige a la gestión municipal, especialmente en lo que respecta a la movilidad. Beatriz lanza un mensaje directo al ayuntamiento: "Me gustaría que la alcaldesa viniera a vivir aquí una temporadita. El servicio de autobús es un cero patatero". Según los residentes, las líneas actuales les obligan a dar rodeos interminables por otros barrios. "Si coges el bus aquí, tardas media hora más porque te lleva por San Pedro y Los Rosales; no tiene sentido", denuncia Beatriz, quien pide conexiones directas que no obliguen a los mayores a caminar largas distancias.

En cuanto al comercio, locales como la panadería Comestibles Monforte son auténticos bastiones de resistencia. Manolo Manuel Díaz lleva 60 años tras el mostrador y ha visto cómo el barrio pasaba de tener calles sin asfaltar a estar totalmente urbanizado. Aunque admite que las grandes superficies están devorando al pequeño negocio, él mantiene su clientela de siempre. "Los antiguos seguimos manteniendo la tradición de entrar unos en casa de otros", explica con nostalgia. Para él, que vive pegado a la zona de Ciudad Escolar, Labañou lo tiene casi todo, aunque echa de menos la época en la que los bares estaban siempre llenos de vida.

Antonio Fernández, vecino y responsable de una panadería en Labañou

Manolo Manuel Díaz, vecino y responsable de una panadería en Labañou / Iago Lopez

La seguridad es un tema que genera consenso. A pesar de los estigmas que arrastró la zona en los años 80, hoy se respira calma. "A mí me da más seguridad andar por aquí que por la calle Real", afirma Beatriz sin dudarlo. Manolo añade que, aunque el centro Padre Rubinos atrae a perfiles muy diversos, la convivencia es buena. "El 90% es gente cojonuda y, por suerte, en este contorno no hay venta de drogas, que es lo que genera conflicto", aclara el panadero.

El barrio también está cambiando su cara. Antonio observa que llega mucha gente joven, algunos estudiantes de la UNED o el Conservatorio que rotan cada pocos meses. Pero lo que más ilusiona a los veteranos es el regreso de las familias. Beatriz celebra el cambio con alegría: "Aquí no veías ni a un niño y ahora ya se empiezan a escuchar correr por ahí, eso a mí me gusta mucho". Este relevo se nota también en la asociación de vecinos, gestionada ahora por gente joven con niños pequeños que se conocieron en el colegio del barrio.

Ana Gómez, vecina de Labañou

Ana Gómez, vecina de Labañou / Iago Lopez

El mañana de Labañou se dibuja entre los proyectos de edificación de As Percebiras y el deseo de mantener las costumbres. Antonio se imagina un barrio muy cambiado en diez años debido a las nuevas obras, pero espera que la evolución no borre la "tranquilidad actual". Por su parte, Beatriz pide que las nuevas viviendas no se conviertan en "moles" que le tapen el sol, pero reconoce que la llegada de más vecinos podría traer los servicios que tanto faltan. "A ver si con las nuevas edificaciones, que no deben ser baratas, nos hacen más caso con los servicios", espera.

"Me mola que si haces un postre, bajas a darle un trozo a tu vecina o ella te trae unas rosquillas", confiesa Beatriz. "Sigue siendo un pueblo, pero ya estamos más pegados a la ciudad", explica Antonio. Ese sentimiento de comunidad es, al final, lo que convierte a Labañou en mucho más que un conjunto de edificios "sin mantenimiento" frente al mar. Es un hogar que se niega a perder su "alma de pueblo".

La voz de un barrio con una apuesta solidaria

La asociación vecinal de Labañou destaca el carácter "tranquilo y familiar" que el barrio siempre tuvo, así como su cercanía al centro de la ciudad. "No es tan bullicioso como el centro, pero estamos suficientemente cerca para ir andando o en bici", explica Pablo Leira, o responsable de la comunicación de la asociación. También subraya que se trata de una zona "bien dotada de servicios" y especialmente adecuada para la crianza, con centros educativos, instalaciones deportivas cercanas y la playa a pocos minutos.

Leira pone el foco en la diversidad social del barrio y en la necesidad de reforzar la atención a las personas en situación vulnerable. "Es un barrio moy diverso, que va desde vivendas de lujo, como las de Náutica, hasta situacións sin hogar en Padre Rubino, y por eso pedimos más trabajo social", señala. De cara al futuro, la asociación reclama mantener la identidad del barrio, "mejorar las frecuencias de autobús" y reformar el colegio de Prácticas para garantizar unas "instalaciones dignas" para el alumnado.

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