En el subsuelo de A Coruña: la unidad policial que protege la ciudad de atentados, sabotajes y criminales
La Unidad de Subsuelo de la Policía Nacional de A Coruña, integrada por once agentes, patrulla las entrañas de la ciudad para garantizar la seguridad en túneles y redes de suministro

Inés Vicente Garrido
Las arterias de A Coruña están escondidas en el asfalto. Bajo los pasos de los caminantes y las ruedas de los coches existe un laberinto de alcantarillas, ríos sepultados por el cemento, canalizaciones de gas, electricidad y agua sin las cuales la ciudad no podría existir. Un laberinto creado por el hombre en el que delincuentes y saboteadores pueden ocultar desde drogas a cadáveres, en el que un explosivo puede dejar a la población sin agua. Esta maraña de túneles, sin luz, sin comunicaciones, a veces sin oxígeno, es la que patrulla la Unidad de Subsuelo y Protección Ambiental de la Policía Nacional, con sede en Lonzas: un grupo de once agentes y oficiales que patrulla los subterráneos no solo coruñeses, sino de toda Galicia y a veces de otras partes de España. Vigilan túneles del Ayuntamiento y supervisan las redes de suministros, caminan por el soterrado río Monelos y garantizan la protección del estadio de Riazor. Y son una unidad para la que, como cuenta el jefe de uno de sus equipos, Juan Alfredo Barcia, no vale todo el mundo.
Su labor, aunque desconocida fuera del 091, es esencial. "En el subsuelo tenemos todas las conducciones de gas, de agua potable, electricidad, telecomunicaciones", explica Barcia, y un sabotaje "puede dejar a una ciudad, o a una parte importante, sin luz, agua o comunicaciones". O realizar atentados terroristas, como el de ETA que mató al almirante Carrero Blanco en época franquista o el que planeó el mismo grupo para acabar en A Coruña con el rey emérito. En Santiago, la unidad se ha desplegado, por ejemplo, en los Xacobeos, y en A Coruña, recientemente, redobló esfuerzos para proteger el reciente congreso de Inteligencia Artificial en Defensa de A Coruña. A veces toca salir fuera de Galicia para reforzar dispositivos, a la cumbre de la OTAN a Madrid o a las cumbres de la Unión Europea en Gijón o San Sebastián.

La Unidad de Subsuelo de la Policía Nacional en el alcantarillado de A Coruña / LCO
Y además de los sabotajes, las catacumbas de las ciudades también dan oportunidades a los criminales comunes. Por los túneles se pueden butrones que entren en joyerías, o en bancos, o "esconder botines de robos, armas, drogas, deshacerse de cadáveres: es un espacio que hay que tener controlado". Aunque el jefe de equipo, que lleva desde 2021 como oficial de esta especialidad en A Coruña, puntualiza que estos crímenes son poco frecuentes aquí, y que la mayoría del trabajo es "preventivo".
Y esta labor no la pueden hacer agentes normales, de uniforme. Para bajar a las entrañas de A Coruña hay que construir una armadura contra los peligros del subsuelo, desde las infecciones a los gases tóxicos. Un traje con capucha que cubre herméticamente todo el cuerpo, salvo la cara, protegida por una mascarilla, y las manos enguantadas. Botas especiales. Arnés, para bajadas y subidas verticales que hay que hacer enganchado. Una lámpara de seguridad que no hace estallar el aire si pasa por una bolsa de metano. Un equipo de emergencia que proporciona 15 minutos de oxígeno.
Un cauce soterrado bajo Alfonso Molina
Uno de los subterráneos por los que patrulla la unidad es el río Monelos, soterrado desde hace décadas y al que ha podido bajar este diario, acompañado por agentes. La patrulla y su preparación llevan una hora. Hay que subir y bajar suspendido por cables de acero desde una arqueta ante ExpoCoruña, por un pozo vertical de varios metros: lo suficientemente estrecho como para que haya que ir apoyándose con las manos para no chocar con las paredes o rotar. Un clavo oxidado sobresale e insiste en rozar en el costado, y si uno comete el error de rasparse las palmas en el conducto o aferrar las cuerdas, un fallo de principiante, los guantes de plástico se hacen jirones. Abajo, el río discurre por un estrecho cauce artificial, en una oscuridad que solo rompen las linternas y la luz que se filtra por las rejillas de la zona verde en la que está el barco de Alfonso Molina, hasta desembocar en el mar en los muelles.

Enrique Carballo
El conducto ha ido acumulando desechos, rocas y arena que convierten el suelo en irregular, y los agentes caminan despacio y con cuidado. El ambiente desorienta. Los sonidos se distorsionan en el túnel, el equipo tapa los oídos y resta visión, y a veces el ruido de los coches que pasan sobre el río ensordece. La corriente, fría aún a través de las botas y el traje, tira de los pies, y es lo suficientemente fuerte como para que los policías no quieran sobrepasar una pequeña catarata que sería difícil de remontar, aunque no cubre las botas. Si llega a las rodillas, explica un policía, arrastraría a un caminante con fuerza imparable, aunque se han construido medianas para ralentizarla, y en las paredes se ven marcas que muestran que alcanza un más de un metro. Más allá, como una reliquia arqueológica, está el puente de Monelos, soterrado desde la obra y que ahora solo ven unos pocos caminantes de los túneles. En los laterales se abre algún pasadizo, en los que los agentes no entran: obligan a introducirse a gatas y con poco espacio para girar, una trampa mortal.
"Si pisas una bolsa de sulfuro de hidrógeno, en poco tiempo estás muerto"
Pero el mayor peligro es invisible. El ambiente cargado y la mascarilla marea, y uno de los policías, con un equipo de respiración artificial, va vigilando la presencia de gases tóxicos con un medidor electrónico. No siempre están en la atmósfera de primeras: a veces se mezclan en los lodos en el suelo de los túneles, y, como minas químicas, matan al que los pisa. "El metano, dependiendo de las concentraciones, puede ser explosivo o puede incendiarse", indica Barcia, pero el jefe de equipo de Subsuelo aclara que no es el único peligro gaseoso. Hay otras zonas con poco oxígeno, y, sobre todo en los colectores, donde se acumula materia orgánica en descomposición, se forman bolsas de sulfuro de hidrógeno, que se desprende al caminar encima. "Es venenoso, en poco tiempo estás muerto", resume el policía.

El redactor de LA OPINIÓN desciende con la ayuda de la Unidad de Subsuelo y Protección Medioambiental de la Policía Nacional / Iago Lopez
Otra preocupación son las enfermedades. Entre las labores de la unidad está detectar peligros para el Medio Ambiente, como vertidos ilegales, y las catacumbas coruñesas son insalubres. Aunque el río Monelos tiene agua corriente y, en teoría, no debería haber aguas residuales, huele a alcantarilla y en él viven insectos y arañas. Las zonas con fecales son mucho peores. "No es agradable estar ahí, ni olores ni nada", admite Barcia, y, aparte de los trajes, a los policías de Subsuelo los vacunan de enfermedades como la hepatitis o las brucelosis.
"En el entrenamiento le di la mano al diablo"
Y, pese a la oscuridad y la corriente, el río Monelos es un paseo comparado con lo que los policías han pasado, en otros lugares y en la exigente preparación de la unidad. "Hice el entrenamiento a Madrid", cuenta uno de los policías, a 22 metros bajo el suelo, "y allí le di la mano al diablo". Para entrar en el curso de especialidad de Subsuelo, los policías tienen que pasar pruebas teóricas, físicas y psicotécnicas, Alfredo no oculta que la formación en sí misma incluye "pruebas complicadas, donde no tenemos visión, donde no sabemos dónde estamos, donde estamos en espacios muy confinados". Ahí se ve quién es apto. Uno queda descartado "si tienes miedo a las ratas, a los bichos, si tienes claustrofobia", y hay personas a las que "les pueden los nervios". La fortaleza de mente es importante para un policía, insiste Barcia, que defiende que "en el momento en el que te dan un arma tienes que ser una persona un tanto fría".
Y, en su especialidad, polivalente, pues también hay que tener conocimientos desde química a rescates, pasando, por supuesto, por el entrenamiento físico. "El curso es físico, y después hacemos prácticas y deporte", explica Barcia, si bien aclara que "también hace falta gente que esté arriba". Pues la unidad, además de las patrullas y despliegues especiales o los refuerzos a otras zonas de España, también realiza labor de despacho, como estudios de seguridad del subsuelo. Para proteger el estadio de Riazor, pone por ejemplo, hay que hacer análisis para identificar puntos vulnerables, repasar los planos e identificar por dónde hay que bajar. "Tenemos planes del subsuelo, trabajamos con compañías de luz, de aguas, del Ayuntamiento, que siempre colaboran con nosotros", indica el oficial del 091.

Un miembro de Unidad de Subsuelo y Protección Medioambiental de la Policía Nacional desciende por una alcantarilla / Iago Lopez
Sin móvil y sin radio, pero con un compañero
Es imprescindible tener un plan antes de descender, pues en los túneles no hay cobertura de móviles ni radio. En algunos casos se instala un sistema especial de comunicaciones, pero no es lo habitual. "Mínimo bajamos dos personas", indica Barcia, y en la entrada al túnel queda siempre una persona, si pueden ser dos, que pueden actuar si los que han entrado no dan señales de vida tras un determinado periodo de tiempo y pueden pedir refuerzos a compañeros de la Policía o a los bomberos. Pero, en la oscuridad del túnel, los agentes están solos, y, si un policía tiene un accidente, "su compañero tiene que valorar cuál es la situación: si tiene una hemorragia y tiene que estar presionando, si lo puede dejar solo y pedir ayuda". Sería difícil encontrar a un agente de Policía Nacional que no confíe en su compañero de patrulla, pero en la Unidad del Subsuelo el vínculo es total.
Este lazo, señala uno de los policías de la unidad coruñesa, genera camaradería y un saber hacer para que el que no preparan los simulacros, sino que se aprende con los años de oficio. Quizás sea por eso por lo que este pequeño grupo de agentes ha convertido en forma de vida descender hasta lugares que la mayoría no sospecha que existan. "Es una especialidad en la que hablas con los compañeros y a todos les gusta su trabajo", resume Barcia. Y, cada vez que el deber los llame, se internarán en las galerías y grutas de las entrañas de las ciudades, donde la única luz es la de la linterna propia y la del compañero que va al lado.
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