La "madre" de la Sinfónica de Galicia dice adiós a las partituras tras 32 años de "trabajo invisible"
La archivera principal de la orquesta se jubila tras más de tres décadas de dedicación, estrés y amor por una profesión desconocida para el gran público

Zita Tanatescu, la archivera que se jubila tras 32 años en la OSG posa con la caja con la que viajaba a todos los conciertos / CASTELEIRO / LCO
El éxito de la Orquesta Sinfónica de Galicia (OSG) tiene un secreto oculto entre miles de hojas de papel: el trabajo "invisible" de su archivera. Durante más de tres décadas, cada concierto de la Sinfónica pasó primero por sus manos. Antes de que los músicos levantasen los instrumentos o el director marcara el primer compás, Zita Tanasescu ya había trabajado durante días —a veces semanas— entre montones de partituras, lápices y anotaciones. Su labor no se ve desde el patio de butacas, pero sin ella la música no sonaría igual.
Ahora, Zita cierra su carpeta. "Soy la madre de todos", confiesa con una sonrisa tranquila. "Parece mentira, pero prácticamente todas las partituras de los 80 o 90 músicos pasaban por mi mano", explica. Ese trabajo, silencioso y meticuloso, consiste en preparar cada obra al detalle: conseguir el material, revisarlo, copiar las indicaciones del director y organizar las carpetas que llegan después a cada atril.
Llegó a España en 1993 desde Rumanía. Su marido, violonchelista, obtuvo una plaza en la orquesta. Ella, pianista de formación, probó suerte en conservatorios y academias de ballet. En 1994, el gerente de la orquesta le ofreció un reto: asumir el archivo musical. "Yo no sabía de qué iba eso, pero dije: bueno, voy a intentarlo". Durante un tiempo compaginó ese trabajo con el piano, hasta que la carga laboral la obligó a elegir. "Era imposible hacer las dos cosas. Los ensayos me quitaban tiempo y estaba sola en la oficina", recuerda. Finalmente, se quedó con el archivo. "Era un contrato más estable y poco a poco me fui metiendo en ese mundo", asegura.
El centro de operaciones
Ese mundo, cuenta, es mucho más complejo de lo que parece. Cada temporada comienza con la programación de la orquesta. A partir de ahí el archivo se convierte en una especie de centro de operaciones. Hay que localizar las partituras, contactar con editoriales, negociar alquileres y comprobar derechos de autor: "Tenemos unas 2.000 partituras en el archivo, pero la mayoría del repertorio contemporáneo hay que alquilarlo".
Cuando el material llega, empieza la parte más minuciosa del trabajo. Los directores envían sus indicaciones y el archivo debe copiarlas en cada partitura. En el caso de las cuerdas, el proceso se multiplica: "En los violines, por ejemplo, hay que marcar cuándo se toca hacia arriba o hacia abajo con el arco. Y eso tiene que ser exactamente igual para todos", explica. Desde el año 2000 cuenta con ayuda debido a la gran suma de trabajo que tenía.

Zita Tanasescu, a la izquierda, y Diana Romero, anotando en las partituras en las oficinas de la Sinfónica en 2016 / víctor echave
Cada programa puede requerir decenas de partituras y múltiples copias. "Hacemos las carpetas de cada músico y las colocamos en el primer ensayo. Cuando termina el concierto, se recoge todo, se revisa y se devuelve a las editoriales si es material alquilado. Es muy laborioso", indica. El trabajo exige organización y mucha anticipación: "Hoy preparo cosas que se tocarán dentro de un mes o más".
Pero no todo depende de la planificación. La vida de una orquesta está llena de imprevistos: cambios de director, solistas enfermos o modificaciones de última hora en el repertorio. "Ahí llega el estrés", reconoce. "De repente cambia la obra o llega un director que quiere otra versión y hay que preparar todo muy rápido". Zita también viajaba con la orquesta para asegurar que todo estuviera en orden. "Tengo que estar pendiente de todo. Si alguien se deja la partitura en casa, yo siempre llevo una copia de reserva", cuenta.
Durante años, creyó que su esfuerzo pasaba desapercibido para el público. La despedida de su último concierto en Bilbao le demostró lo contrario. Los intérpretes le rindieron homenajes públicos y privados. "Estoy asombrada con el cariño. Un compañero me dijo que me recordarán 'en cada partitura que vamos a tener delante con tus apuntes o en cada carpeta que vamos a abrir o cerrar', es muy bonito", cuenta con voz llena de emoción.
Ella sentía su recompensa en cada función. "Sabía que había un granito de arena de mi trabajo allí arriba", destaca con orgullo. Ahora, con 67 años, Zita busca descanso. Quiere cultivar verduras ecológicas en su pequeña casa de campo, disfrutar de su nieto y viajar. Y, sobre todo, planea reencontrarse con su antigua pasión. El piano de su casa la espera en silencio. Su etapa entre notas musicales termina de forma oficial este lunes 23, pero su huella en la Orquesta Sinfónica de Galicia "será para siempre".
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