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Entrevista | Ana Amado Fotógrafa y arquitecta

La fotógrafa Ana Amado presenta en A Coruña su libro sobre monjas de clausura: "Ha sido casi un milagro que salga este trabajo a la luz"

La artista y arquitecta ferrolana habla sobre su fotolibro en la librería Formatos a las 20.00 horas. Amado se adentró en el Monasterio de Sancti Spiritus en Toro (Zamora) para retratar la vida de esta comunidad histórica, explorando su arquitectura y su conexión con la espiritualidad

La fotógrafa Ana Amado.

La fotógrafa Ana Amado. / Laura C. Vela

A Coruña

¿Por qué acercarse ahora a un tema como la religión y un espacio de clausura?

Esta convivencia con esta comunidad de monjas de clausura la hice 6 meses antes de la pandemia, en julio de 2019. Por una parte, como fotógrafa siempre busco de alguna manera conmocionarme o estar en arrebato. Un lugar especial desde el cual fotografía. En este caso, la espiritualidad. Ver cómo un entorno dedicado a la vida espiritual me podría influir a mí a la hora de hacer fotografías. Pero, por otro lado, como arquitecta, llevo mucho tiempo investigando qué rol tiene la arquitectura como escena de nuestras vidas. Me interesaba mucho la arquitectura tan especial y tan potente del Monasterio de Sancti Spiritus. Intentar comprender cómo actuaba esa arquitectura tan especial en estas personas que se recluían ahí para siempre de forma voluntaria para buscar a Dios o para orar, o para dedicarse a esa vida.

¿Por qué monjas y por qué estas?

Es otra influencia que he tenido en mi vida y no le daba importancia hasta momento. He tenido en mi familia una tía abuela monja. Rosario Bellón, que ella no fue una monja de clausura, se murió hace poco. Se dedicó a la vida activa. Pertenecía a las siervas de Jesús, que son una orden que se dedica al cuidado de los enfermos. Recuerdo esa figura casi mítica, esa persona que era tremendamente bondadosa y cuando la visitábamos al convento, toda el aura que la rodeaba se quedó ahí y resurgió. Me encontré con esta comunidad de dominicas a través de un programa de televisión, a través de Pueblo de Dios. Caí rendida.

Ha pasado un tiempo hasta la publicación.

Conviví con ellas ocho días en julio de 2019. Vino la pandemia y reflexioné muchísimo sobre este tema. Después traté de de moverlo. Pero en aquel momento no tuve suerte. Curiosamente nos vino bien. Parece ser que últimamente hay un renovado interés por el mundo de las monjas. La película de Los domingos o en el último álbum de Rosalía y yo creo que no solamente ahí. Es algo de lo que se está hablando.

¿Cómo logró entrar en contacto con una comunidad voluntariamente aislada y obtener un sí de parte de ellas?

Después de haber visto ese programa, las busqué por internet. Vi que tenían una web donde ellas venden los dulces que hacen en el obrador y también reciben peticiones de oraciones. Les escribí, se lo conté. Me contestaron en poco tiempo y les parecía muy interesante el acercamiento. Me invitaron a visitarlas para conocerlas y sobre todo para que me conocieran ellas a mí. Me agendaron la estancia en la época más tranquila, primera quincena de julio.

¿Sopesó ampliar el punto de mira a otros conventos?

Me gustaría, por supuesto, y ampliar el proyecto a otras órdenes religiosas también, otras tipologías y otras realidades. Sí que es verdad que hay diferentes tipos de clausura, las hay incluso más estrictas. Las Dominicas lo hacen todo en comunidad, con lo cual no tienen voto de silencio. No solamente por las comunidades y las mujeres en sí, sino por obviamente por los monasterios o los conventos donde viven. Tienen muchísimo interés arquitectónico y cultural. La arquitectura, las obras de arte. Ha sido casi un milagro que salga este trabajo a la luz. Fue una especie de pacto que tenía con ellas. Devolver su generosidad y dar a conocer sus vidas. Tienen un problema serio de relevo generacional, hay una ausencia hace bastante tiempo de estas vocaciones e incorporación de nuevas monjas, de nuevas religiones. Puede contribuir a romper prejuicios que podamos tener sobre ellas y la vida en clausura.

¿Les enseñó también algo de vuelta?

Es una buena pregunta. No sé si a ellas les he aportado mucho. Dicen que sí, que mis fotografías les han gustado, que conocerme les ha gustado. Pero yo creo que la que he obtenido más con diferencia soy yo. Me gustaría preguntarles porque además vamos a hacer una presentación en el monasterio en los próximos meses.

¿Cómo realizó ese trabajo desde dentro? ¿Se escondía, jugaba con los ángulos?

La verdad es que estaba todo pactado. Precisamente debido a que ellas tienen unas jornadas muy pautadas, todos los días por la mañana recibía un WhatsApp de la priora. Una de las cosas que más me sorprendió es lo conectadísima que está la priora vía WhatsApp. Todo el día está coordinando los pedidos, está coordinando cuestiones de mantenimiento del monasterio. Ellas se encargan de todo. Me coordinaba para fotografiar en cada momento del día en lugares donde menos pudiese molestarlas. En otros momentos definitivamente tenía que molestarlas, por ejemplo, cuando las fotografié en su trabajo con el obrador, cuando las fotografié en oración, que son los momentos más delicados. Sabía que estaba siendo un incordio, pero aun así intentaba ser lo más discreta posible. Son unas personas muy naturales, muy simpáticas, de verdad, son supersimpáticas, muy alegres, todo el tiempo todo el día estaban alegres. Es una cosa que me rompía los esquemas, ¿no? Decía, ¿cómo pueden tener esta paz interior, esta alegría interior todo el tiempo? Porque tú piensas en lo que les falta. Te faltan cosas a ti, ellas lo tienen todo.

Su otra faceta también interviene en este libro, ¿qué la llevó a ese lugar arquitectónico y qué encontró al llegar?

Me llevó la belleza del monasterio del siglo XIV, sobre todo del claustro principal. La relación que tiene con la ciudad de Toro y el paisaje circundante. Me interesaba muchísimo poder fotografiar una celda de clausura. Eran habitaciones muy luminosas, de techos altos, abovedadas, muy bonitas. El monasterio alberga un museo de arte sacro muy importante. Me interesaba esa parte como de la historia, el sustrato de donde se estaba desarrollando la vida de estas mujeres. El monasterio está ligado a mujeres poderosas, desde la fundación de Teresa Gil a las tumbas de Beatriz de Portugal y Leonor de Castilla.

¿Qué concluye de esa experiencia?

En el plano fotográfico, que necesitaría más tiempo para entender más o reflejar una forma más fiel el espíritu del lugar, de ellas, de todo. Me quedé con la sensación de necesitar más tiempo, incluso con otras comunidades. Quisiera entender más la vida de las religiosas que deciden encerrarse para abrirse a otras cosas. Fue una enseñanza importante. Tenía muchas ideas preconcebidas sobre la clausura, como algo más oscuro. Ellas no sienten que estén renunciando a nada porque tienen todo lo que necesitan en ese mundo, en ese pequeño universo que es el monasterio. El fin más elevado de sus vidas. Ellas mediante la oración sienten que salvan a los demás, salvan al mundo, están conectadas con Jesús. Estas cosas desde fuera a mí me sonaban difícilmente entendibles por medio del intelecto y la verdad es que estando allí, hablando con ellas, llegas a entenderlo desde otro punto. Te vuelves como más abierta a entender otras cosas desde otro lugar que puedes llamar fe, por ejemplo.

¿Con qué fotografía se queda de su trabajo?

No tengo una en concreto, son recuerdos borrosos casi. Para mí era un reto realizar retratos de ellas. No están acostumbradas y algunas no les hacía gracia. Me acuerdo de Sor Azucena. Me decía: "No me hace en maldita gracia que me hagan retratos". Iba detrás de ella a acribillarla de forma simpática y amistosa. El poder retratarlas a ella fue una parte muy interesante, de las cosas más difíciles dentro de de todo el trabajo fotográfico que realicé. Hay una foto que sale en el libro donde ellas están orando, el único momento de oración que interrumpí. Lo que más me sorprendió es que tenían un grado de concentración tan grande, a pesar de los ruidos de mi obturador, noté que no se estaban fijando. Ese momento de intensidad en la oración me sobrecogió mucho.

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