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La Ciudad Vieja, un barrio que enamora pese al abandono: "Es el único casco viejo que no es comercial"

Los residentes del casco antiguo de A Coruña celebran la seguridad y la calma de sus calles peatonales, pero alertan sobre la falta de supermercados, el éxodo de locales y los problemas de mantenimiento

Los vecinos de la Ciudad Vieja opinan del barrio

Inés Vicente Garrido

A Coruña

Calles de adoquines, fachadas de piedra y un silencio poco habitual en el centro de una ciudad. La Ciudad Vieja de A Coruñaconserva una identidad propia que la diferencia del resto de barrios. Sin embargo, tras la postal turística late una comunidad vecinal con necesidades. A través de las voces de quienes viven y trabajan en la zona, el barrio dibuja un retrato lleno de matices y opiniones enfrentadas con un mismo deseo: "Que no pierda su esencia".

Lejos del ruido de las grandes avenidas, el barrio ofrece una calidad de vida que muchos comparan con el ámbito rural. Carmen Pardo, una vecina veterana que conoce bien los rincones de la zona, lo tiene claro. "Es un barrio tranquilo, hay poca circulación y los niños pueden andar por ahí sin problema porque se respeta bastante. Yo creo que se vive bien aquí", afirma con rotundidad. Para ella, lo mejor de su lugar de residencia es, sin duda, "la tranquilidad".

Carmen Pardo, vecina de la Ciudad Vieja

Carmen Pardo, vecina de la Ciudad Vieja / CASTELEIRO

Esta misma percepción cautiva a los nuevos vecinos. Alessandra Darriba reside de alquiler en el barrio desde el mes de agosto. Su flechazo con el entorno fue inmediato. "Es muy tranquilo y muy familiar. Estás como en un pueblo un poquito apartado del centro, pero al mismo tiempo estás en el centro. La cercanía de la gente mola mucho", relata Alessandra. Anxela Rodríguez, otra vecina, secunda esta visión idílica de la seguridad y la convivencia diaria. "Es muy tranquilo, nada peligroso y súper ameno. Siempre bajamos con los niños a jugar y no hay ningún peligro, todo el mundo se conoce", explica Anxela.

Durante décadas, la Ciudad Vieja arrastró la etiqueta de zona envejecida, con un parque de viviendas deteriorado y un padrón de habitantes menguante. Hoy, el paisaje humano experimenta una lenta pero constante transformación. "Hasta hace poco era gente mayor y había muchas casas sin rehabilitar, vacías; el barrio se veía viejo", recuerda Carmen. "Ahora se rehabilitan muchas casas y viene alguna gente joven. El ambiente comienza a animarse un poco, veo mucha gente con niños".

Mónica Méndez regenta desde hace once años A Vaquiña, un pequeño y emblemático local de la zona. Desde su mostrador, Mónica actúa como testigo de excepción de este cambio demográfico. "Viene gente nueva y la gente mayor se va por ley de vida. Hay un cambio generacional", observa la comerciante. Aunque la población se renueve, Mónica confirma que la esencia no cambia: "Se mantiene como un barrio viejo donde todo el mundo se acaba por conocer; al ser un barrio pequeño, es fácil conocer a la gente".

Alessandra Darriba, vecina de la Ciudad Vieja

Alessandra Darriba, vecina de la Ciudad Vieja / CASTELEIRO

Si la tranquilidad es la mayor virtud de la Ciudad Vieja, la falta de servicios se erige como su principal condena. Vivir en el casco histórico exige planificación, pues las compras del día a día obligan, casi siempre, a salir de sus fronteras. La paulatina desaparición del pequeño comercio deja a las calles huérfanas de escaparates. "No hay tiendas prácticamente, con lo cual no hay mucho movimiento", lamenta Carmen. "Cafeterías hay, que es lo que da más vidilla, pero negocios no. Hay una o dos tiendas de comestibles, poca cosa. Para eso hay que desplazarse a la plaza o al supermercado de San Agustín", explica.

Alessandra señala este déficit como el mayor inconveniente de su nuevo hogar. "Lo que echo en falta es el tema del supermercado, que me queda un poco lejos. Hay alguna tienda de alimentación, pero son muy chiquitas", apunta. También Anxela coincide en el diagnóstico: "No estaría mal que abriesen algo por aquí, algún supermercado, porque no hay nada de tienditas".

La visión más crítica proviene del propio sector comercial. Mónica describe un panorama desolador para los negocios de proximidad. "No hay superficie comercial. Los pocos bajos que se prestarían para ello los transforman en viviendas o garajes. Es el único casco viejo que yo conozco que no es comercial. No hay nada para el turista, ni supermercado, ni estanco, ni tienda para comprar un regalo. Nada", denuncia con impotencia.

Mónica Méndez, vecina y dueña de la tienda de alimentación A Vaquiña en la Ciudad Vieja

Mónica Méndez, vecina y dueña de la tienda de alimentación A Vaquiña en la Ciudad Vieja / CASTELEIRO

Eduardo, dueño de una de las últimas tiendas de alimentación del barrio, acaba de jubilarse, y el local cierra sus puertas sin relevo a la vista. "Uno menos", suspira Mónica. "El barrio comercial puro nunca fue, tiraba más de hostelería, pero la hostelería también va a menos ahora", asegura.

El estado de conservación de las calles y plazas divide las opiniones del vecindario. Las deficiencias crónicas desesperan a los residentes, quienes a menudo se sienten ciudadanos de segunda frente a los barrios más céntricos y modernos. Carmen confirma que las infraestructuras básicas, como el pavimento, suponen un riesgo diario. "Las calles tienen las losas una para arriba y otra para abajo, con lo cual ten cuidado, no te pegues una leche y te rompas una cadera", advierte con ironía. "Solo se dedican a las obras faraónicas del Cantón, porque es lo que se ve, y ya está aquí no nos prestan atención ninguna".

Mónica comparte esta frustración. En sus once años al frente del negocio, percibe un abandono institucional evidente. "No hacen nada. Hay quejas del suelo, de cómo esta la plaza de Azcárraga, de las fachadas... Cada vez va a peor", lamenta la comerciante. "Por el Ayuntamiento pasaron todos los políticos y ni uno hizo nada. María Pita y La Marina están aquí al lado, calles donde tampoco se puede circular y, sin embargo, están llenas de negocios. Aquí no les interesa el motivo, ni idea".

Ángela Rodríguez, vecina de la Ciudad Vieja

Anxela Rodríguez, vecina de la Ciudad Vieja / CASTELEIRO

Los problemas cotidianos también incluyen la convivencia con la fauna urbana. Alessandra menciona un conflicto reciente con las aves. "Tenemos un problema con las palomas cerca de mi edificio. Se posaban por allí, dejaban plumas y restos en la fachada. Había mucha queja por parte de mi casera y los vecinos", relata. Mónica confirma este problema y lo atribuye "al mal estado de las fachadas".

Al proyectar la mirada hacia el futuro, los vecinos anhelan mejoras, pero temen perder la identidad del barrio. "Me gustaría que todas las casas viejas se rehabilitaran, que estuvieran llenas de niños y que montaran alguna tiendecita, con eso sería suficiente", confiesa Carmen. Su mayor temor es la desnaturalización del entorno. "Tampoco hay que perder el encanto de la Ciudad Vieja y hacer un sitio de muchedumbre como pasa por ahí abajo, que no puedes ni andar. Esto tiene que seguir tranquilito".

Mónica, más pesimista, ve el futuro "más desastroso", aunque no pierde el arraigo emocional por sus calles. "Lo mejor es que es la parte más bonita de toda A Coruña, pese a todo, y es un barrio muy acogedor", concluye.

Fibra óptica y un supermercado

La Ciudad Vieja de A Coruña busca el equilibrio entre su esencia histórica y la llegada de nuevos residentes que "huyen de las prisas". Leonardo Méndez, presidente de la asociación de vecinos, define el barrio como un "pequeño pueblo" con identidad propia. Sin embargo, advierte sobre carencias críticas: "Queda mucho por hacer en mantenimiento de calles y fachadas, pavimentación y servicios como la fibra óptica, que no llega a todas las calles".

La Plaza de Azcárraga en la Ciudad Vieja de A Coruña

La Plaza de Azcárraga en la Ciudad Vieja de A Coruña / CASTELEIRO

La falta de comercio local preocupa tras el cierre del único ultramarinos. "Nunca fuimos una zona comercial, pero necesitamos un supermercado; las grandes superficies no ven demanda suficiente", explica. Sobre el futuro, Leonardo sueña con un entorno similar al Montmartre parisino: "Aspiramos a un espacio donde convivan mayores y jóvenes, ajenos al ruido, disfrutando de un patrimonio donde cada piedra cuenta una historia y las terrazas inviten a vivir la plaza en familia". A lo que la asociación de vecinos no quiere llegar, es a ser "la calle Real, llena de turistas".

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