Saltar al contenido principalSaltar al pie de página

La ciudad que viví: La hija de «los andaluces» de Orillamar

Mis padres fueron muy conocidos por la zona. Él era inspector de Seguros El Ocaso y ella se dedicaba a las labores de casa

La autora, con su tío Pepe, músico de la orquesta coruñesa Radio

La autora, con su tío Pepe, músico de la orquesta coruñesa Radio / Cedida

Victoria Eugenia Barea Benamu

A Coruña

Nací en la calle Panaderas y a los dos años nos mudamos a Orillamar, donde transcurrió toda mi niñez y juventud hasta me casé. Mi familia la formaban mis padres, José Barea Mercedes Benamu, nacidos en Cádiz y Málaga, además de mis abuelos, José y Eugenia. Fui hija única.

Mis padres fueron muy conocidos por la zona. Él era inspector de Seguros El Ocaso y ella se dedicaba a las labores de casa y atender un pequeño quiosco en la plaza de España. A mis padres se les conocía como «los andaluces». Mi primer colegio fue el de la Grande Obra y a los 11 años me mandaron a estudiar el Bachillerato al Eusebio da Guarda. Terminé los estudios de secretariado comercial en la Academia Azur.

Con su niña preferida, Ainara, con trajes de flamenca en una misa rociera que se celebró en Salesianos

Con su niña preferida, Ainara, con trajes de flamenca en una misa rociera que se celebró en Salesianos / Cedida

En mi primera etapa infantil tuve buenas amigas, casi todas de la calle San Juan, como María Asunción, María Emilia, Teresa, Carmelé y Maribel. Jugábamos en la calle o en los portales de nuestras casas. Nuestros juegos eran los clásicos de la época: la mariola, la cuerda, el brilé… que compartíamos con los niños sin problema. Teníamos la suerte de que apenas había tráfico y sabíamos a qué hora pasaban los pocos coches que circulaban por la calle, al igual que lo hacía el carro de caballos que transportaba el hielo para las casas y para los bares y cafeterías. También solíamos jugar a deslizarnos por una pequeña rampa que había detrás de la Grande Obra o en María Pita, bajando con unos patines y teniendo mucho cuidado de no estropear los vestidos. Si nos manchábamos, al llegar a casa mi madre me cantaba las cuarenta. También solíamos organizar en la calle, con cajas viejas, tómbolas en las que venídamos tebeos, postaillas y algunoas cosas que teníamos, que eran pocas. Y con las monedas que nos sacábamos, comprábamos chuches, pipas, chufas o algún chicle al carrito del señor Juanito.

También solíamos esperar con ansia que llegara el domingo, para poder ir al cine Hércules a disfrutar de aquellos viejas películas infantiles, que, salvo excepciones. eran de aventuras. Teníamos que ir media hora antes para poder sacar las entradas por la gran cantidad de niños que había en el cine, que tenía un ambigú que regentaba el señor Isidoro. Muchas veces se interrumpía la corriente y la película. Entonces toda la chavalería nos poníamos a gritar y patalear, cosa que ponía de mal humor a los acomodadores. Algunos domingos también solíamos ir a comprar algún pastel a la confitería Gayoso que duraban hasta el descanso de la película. Con mi abuela solía bajar muchas al centro a pasear y hacer una visita a la Tómbola de la Caridad.

En esta etapa de los 12 años, cuando llegaba el verano, solía ir con la familia a las playas de San Amaro y Santa Cristina. Para ir a esta última, solíamos coger la lancha de Santa Cristina en la Dársena, donde había que hacer cola por la cantiad de gente que iba, también a Santa Cruz. Había lanchas motoras y todas iban abarrotadas, familias enteras cargadas con empandas, tortillas y todo tipo de comidas y bebidas para pasar el día. A los 12 años también nos dejaban bajar algunos días en pandilla por los Cantones, la calle Real y San Andrés. Cuando nos cansábamos, nos íbamos a la cafetería Linar, a tomar unas tortitas con nata, y luego de vuelta para casita, ya que teníamos que estar a las ocho. También en el verano, cuando iba con mi abuela al centro, solía llevarme al cine del Kiosco Afonso, que en verano abría la parte baja para montar una cafetería y un palco de música donde actuaban orquestas conocidas, como la Radio, donde tocaba mi tío Pepe.

La autora, a la izquierda, con sus padres.

La autora, a la izquierda, con sus padres. / Cedida

En esta etapa juvenil iba a la catequesis a San Nicolás, donde conocí a otro grupo de amigos. Entré a formar parte del grupo que hacía teatro y cuyas obras presentábamos por los colegios coruñeses. El director y maestro de este grupo de teatro fue el sacerdote don Vitorino. En ese grupo estaban Losada Azpiazu, Caruncho, Begoña la de la Real Academia de Galicia, María José la de El Arca de Noé, Beti y otros más. Don Vitorino nos debaja muchas veces hacer guateques con un viejo tocadiscos. El cura de nos hacía una visita de vez en cuando para tenernos vigilados.

En la etapa quinceañeara en adelante ya salía con las amigas a pasear e ir al cine y también a los bailes como el Finsiterre, Chaston y Chivas. Pocos años después conocí al que sería mi marido y luego ex, con el que tuve un hijo. Después de mi separación volví con mi grupo de amigas y empecé a difrutar de la vida con todas ellas y además empecé a dar clases de baile flamenco y de castañuelas en la Grande Obra, en el gimnasio Seldoni, en la escuela Druida y el Circo de Artesanos, hasta que me jubilé. Me quedé como socia en el Circo de Artesanos y en la actualidad soy vicepresidenta del mismo, donde además me reúno con un gran número de amigas para jugar a la baraja, además de practicar bailes andaluces con alegría. En esta etapa conocí a mi nueva pareja, con la que llevo 30 años muy feliz.

Testimonio recogido por Luis Longueira

Tracking Pixel Contents