LA CIUDAD QUE VIVÍ
Los juegos en Ramón y Cajal y el incendio de la Estación del Norte en A Coruña

La Ciudad que Viví: Manuel Crespo Díaz, con su hermano. / LOC
Manuel Crespo Díaz*
Nací en la calle Ramón y Cajal y a los dos años me mudé a General Sanjurjo (hoy avenida de Oza) con mis padres y mis dos hermanos, Florencio y Carlos. Mi primer colegio fue la Academia Celta y a los dos años entré en Dominicos. Después del Bachillerato me fui al instituto a acabar COU para luego entrar en Enfermería en Santiago.
De mi primera etapa estudiantil, mis primeros amigos fueron Galán, Juan, Santiago, Manuel, Paula, Isabel y Josefina. Casi todos los juegos los hacíamos en la calle Ramón y Cajal, que en mi época estaba bastante a monte y con leiras, con pequeñas casas de la gente dedicada al campo. Había muchas vacas y también burros y caballos, ya que también era una zona con empresas que repartían hielo, gaseosas, carbón y madera en carros tirados por animales. Algunas veces también nos íbamos a jugar a la Palloza y a la Estación del Norte, destruida en 1964 por un gran incendio que se pudo ver desde toda A Coruña.

La Ciudad que Viví: Manuel Crespo Díaz, con su padre en la playa de Santa Cruz. / LOC
Durante los días que estuvo ardiendo, infinidad de coruñeses se acercaron hasta la estación para ver las ruinas y los trabajos de desescombro, que se prolongaron muchos días para la retirada de las ruinas de la estación, andenes y vagones de tren que también ardieron. Durante varios meses, la gran explanada que tenía la estación, y donde infinidad de niños jugábamos, estuvo completamente cerrada al público, aunque las pandillas seguían bajando para jugar al fútbol y a todos los juegos de la época.
En esta época de mi niñez, estaban de moda los cines, como los de Monelos, Gaiteira, Orzán, España y Equitativa. Allí acudíamos como cosacos para disfrutar de todas aquellas películas de aventuras que proyectaban en las sesiones dominicales infantiles. También estaban de moda las colecciones de postalitas, tanto de fútbol como de razas humanas y de ciclismo. Tengo que destacar que las fiestas de A Gaiteira y Monelos eran nuestras favoritas, al igual que San Juan, cuando a las pandillas nos dejaban hacer pequeñas lumaradas en zonas de tierra. Durante un mes antes de San Juan, ya nos dedicábamos a recoger maderas en las proximidades.

La Ciudad que Viví: Manuel Crespo Díaz, con su madre. / LOC
En la edad quinceañera, ya la vida de pandilla era otra cosa y bajar a pasear al centro era una prioridad: recorrer los Cantones, la calle Real y la calle de los vinos, y ver pasear a las chicas. Era una manera de divertirnos y luego, cuando nos cansábamos, parábamos en cualquier cafetería conocida, como el Otero, Siete Puertas, Bombilla, Vitoria y Copacabana, donde hacían unos buenos bocatas de calamares. También íbamos a las salas recreativas El Cerebro y La Bolera Americana, así como ir a los cines Avenida, Savoy, Rosalía, Goya y Colón. Íbamos a las sesiones de mocitos, de seis a ocho. También éramos asiduos a las discotecas: Playa Club, Chaston o Rigbabá, entre otras, así como a las salas de baile del Seijal, Moderno de Sada, La Perla de Mera y el Rey Brigo.
Desde que entré a estudiar en los Dominicos, empecé a jugar al hockey sobre patines en el equipo del colegio hasta el año 1979, teniendo como compañeros a Diego Lago, Jorge González Pereira, José Luis Esqueira, Antonio Galán, Triana, Baliñas y Loureiro. La mayoría de partidos los hacíamos en la cancha de los Salesianos y el polideportivo de Riazor: competíamos contra los equipos Santa María del Mar, Santa Lucía, Bosco, Deportivo y Salesianos. Fue esta etapa como jugador muy importante para mí, aunque era muy sacrificada, pues los estudios te sacaban también tiempo para disfrutar de la vida y tenía que esperar al verano para tener tiempo.
En cuanto a las playas, solíamos ir a la del Lazareto y Las Cañas, donde estaban las ruinas del castillo de San Diego. También íbamos a las de Riazor y Santa Cristina. Para esta última, solíamos coger en la parada de Cuatro Caminos el autocar de A Nosa Terra, que iba a Mera. Siempre íbamos en el techo del autocar, en aquellos bancos de madera, ya que los billetes eran baratísimos; además, ibas bien ventilado y no te asfixiabas como la gente que iba como una lata de sardinas dentro.
Al dejar los estudios de la universidad en Santiago, empecé a trabajar en el Instituto de Estadística durante dos años, para pasar después a trabajar en la empresa que tenían mi abuelo y mis tíos en Cuatro Caminos: Efectos Navales Hijos de Benito Díaz. Allí trabajé hasta que cerró en 2010. Estando en esa empresa me casé y tuve dos hijas, Olalla y Lucía. Después de cerrar la empresa familiar, decidí abrir la mía propia, también dedicada a los efectos y suministros navales. Me jubilé y se la dejé a mis hijas para que estas siguieran con su actividad, asesorándolas yo cuando me lo piden.n
*Testimonio recogido por Luis Longueira
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