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Entrevista | Daniele Finzi Pasca Dramaturgo, actor, clown y premio EMHU Álvaro Cuqueiro 2026

El dramaturgo Daniele Finzi Pasca, premiado en el Encuentro de Humorismo de A Coruña: "Se necesita de mucha juventud para permanecer en el escenario"

El artista suizo montará el espectáculo, 'Ícaro', que celebra su 35º aniversario, el 2 de mayo en el Teatro Colón durante el Encuentro Mundial de Humorismo. El cómico ha sido reconocido con el premio EMHU 2026 Álvaro Cunqueiro por su contribución al teatro y la comedia

El dramaturgo Daniele Finzi Pasca posa frente a un patio de butacas vacío.

El dramaturgo Daniele Finzi Pasca posa frente a un patio de butacas vacío. / LCO

A Coruña

El dramaturgo y payaso (clown) Daniele Finzi Pasca presenta por primera vez en Galicia el espectáculo Ícaro, que está de 35º aniversario. La función será el 2 de mayo en el Teatro Colón de A Coruña, dentro del programa del Encuentro Mundial de Humorismo (EMHU). El autor viene de ser reconocido con el premio EMHU Álvaro Cunqueiro 2026 por sus contribuciones al mundo del teatro y el humor. Finzi Pasca, cocreador y practicante del Teatro de la Caricia, es un conocido renovador de la escenografía y la comedia con varias compañías de trayectoria europea, como Compagnia Finzi Pasca y Teatro Sunil. También ha sido maestro de espectáculos con el Circo del Sol y en las ceremonias de los Juegos Olímpicos de Turín y Sochi. El Festival también ha reconocido a Malena Alterio con el Premio EMHU Fenómeno, "porque demostrou que pode facelo todo e facelo ben", explica Luis Piedrahita, director del evento, y a El Mundo Today con el Premio EMHU Wenceslao Fernández Flórez "polo seu impecable uso da linguaxe xornalística e o seu inquebrantable compromiso coa sociedade e o humor, por mirar a actualidade cun ollo serio e o outro chuchado", sinala.

Es el receptor del premio EMHU Álvaro Cunqueiro de este año, un reconocimiento de carácter internacional a su carrera y aportación al mundo del humor. ¿Cómo lo recibe?

Me fascina, me da un enorme placer porque es un premio otorgado por nuestro medio. Me alegra profundamente. El año pasado estuve en A Coruña presentando Corteo con el Cirque du Soleil en vuestra tierra. Entonces, el cómico Juan Herrera, que es un muy amigo mío de la vida, fue comisario en el EMHU de la exposición de Forges. Recibir este premio ahí me parece un lujo total.

Cuando propone hacer el espectáculo Ícaro para una sola persona del público y poner al resto a observar desde la butaca, ¿cuál es su intención?

Renovar la empatía; explicar que el teatro es danzar con el público. Es un espectáculo y, verdaderamente, una dedicatoria al espectador. Cuando dicen que lo hago solo para un espectador, es que muchas veces se ha visto en el escenario tomar a alguien del público y llevarlo como una víctima sacrificial. En este caso, es una historia de encuentro entre dos personas. Después de 35 años representándolo, no sabes cuántos amigos y hermanos he hecho con Ícaro, hasta gente que después entró en la compañía a trabajar con nosotros. Pienso, por ejemplo, en Karen Bernand, una espectadora que escogí, que se dejó escoger, y descubrí que era una bailarina al final de la obra. Vino a saludarme y diez años después, entró en la compañía. Entonces, este espectáculo es la demostración de que en el teatro uno puede recrear esta dimensión para estar juntos, darse un masaje al alma, jugar, sorprenderse y crear empatía.

Eso se conecta mucho con su apuesta por la caricia como concepto. ¿Cómo lo practica?

El concepto del teatro de la caricia es un término que no inventamos nosotros. Fue el filósofo uruguayo, Facundo Ponce de León, cuando escribió una larga charla años atrás y lo acuñó hablando de qué era esta empatía y que, a veces en el escenario, necesitas actores que tienen esta capacidad de diálogo con el público. En el caso de la comicidad es fundamental, es muy evidente. En mi caso, me importa mucho hacer reír para después, mientras uno no se lo espera, conmover al público. Es algo que viene de la tradición italiana. Tenemos figuras como Darío Fo, seguramente, pero sobre todo actores como Roberto Benigni. Te hacen reír y de repente te dan la vuelta y duele ahí. Para mí, el paradigma era lo que decía mi abuela cuando regresaba del cine: "vimos una película tan linda, cómo reímos y cuánto lloramos". Yo soy más de conmover, de demostrar también el lado frágil de la cuestión y mover fibras interiores; desatar nudos que uno tiene adentro. La risa libera y todo de repente es como osteopatía. Cuando menos se lo espera, tric trac.

¿El texto de Ícaro ha cambiado en estos 35 años?

No. Cambió mucho en las primeras 20 funciones porque entendí toda una cantidad de cosas. Ahora lo hago igualito, igualito, igualito para dar la sensación que sea improvisado, aunque este encuentro a cada noche es distinto. Lo que cambia de una función para otra es el espacio entre las notas. Son los silencios, son los respiros y esto lo da este compañero de viaje. Si es una mujer, si es un hombre, si es un joven, si es más viejo, si está en un momento de la vida más angustioso, si es feliz porque acaba de tener su primer hijo. Cambia el modo de determinar el tiempo, el pulso en el espectáculo, pero las notas son precisas.

¿Pero ha cambiado el otro interlocutor, es decir, usted?

Eso sí ha cambiado. Cambié mucho. Cambié porque 35 años atrás tenía un cuerpo distinto, una cosa diferente en mí, un pulso distinto. Ahora es siempre más etéreo este personaje. Madurez es un palabrón, una palabra gigante, y no creo en hablar de madurez siendo un clown. Me parece una contradicción total. Se necesita de mucha juventud para permanecer en el escenario. La maestría es esta combinación de hacerlo perfecto, llegar a esta perfección, y para lograrlo se necesita mantener viva la ingenuidad. Una gran paradoja.

¿Encontrará alguna dificultad en el idioma para hacer llegar tu mensaje?

Me atreví a hacerlo en alemán y ahí fue una apuesta gigante. Entonces, no, el español para mí no tiene esa barrera. Nuestra compañía es una historia aparte. Empezamos 42 años atrás como un grupo de creadores y somos un caso muy raro en Europa, de una consistencia que sigue. Muchos de nosotros estábamos desde el principio, otros llegaron en los primeros años y venimos de un teatro de búsqueda, con necesidad de contar historias. Creamos espectáculos como Ícaro, un proyecto nacido para demostrar que en la intimidad se podía contar una historia. Después de un festival de clown en Italia, alguien vio la obra y me dijo: "¿no se puede hacer de esto y ponerlo en el escenario? Para que se vea lo que está pasando". Se hizo la edición teatral de este juego de la seducción, este juego amoroso de encuentro, pero que pudiera verlo mucha más gente. Era un experimento pero a veces la vida es así, tienes proyectos que piensas que van a romperlo y no pasa nada; otros como Ícaro llevan 35 años de viaje. El resumen de todo es que en el teatro tiene la posibilidad de contarse cosas, estando cerca, mirando los espectadores como un dragón gigante con el cual danzas cada noche. Los cómicos sabemos que se tiene que lidiar con esto.

Cambiando de aspecto sobre su carrera. En su currículum caben los grandes espectáculos también, como tres ceremonias de Juegos Olímpicos o números con el Circo del Sol.

Un amigo me invitó a hacer las ceremonias olímpicas porque sabía que mi teatro era muy físico, que tenía esta compañía en que hacíamos también otros espectáculos más complejos y grandes. Me lo explicó un día después de una representación de Ícaro y lo hizo con un símil. Me dijo, como si hubiera venido a mi restaurante a comer, que si esta misma comida se la podía hacer para una fiesta gigante que debía organizar. Los platos no cambian, la forma de cocinar no cambia. En general, llevo siempre a mis amigos con los cuales empezamos muchos años atrás trabajando juntos y, simplemente, cambia la organización. Si tú lo haces en tu cocina y tu restaurante para 20 personas y te mueve de una cierta forma, se tiene que rehacer igual para los teatros de ópera con 2.000 personas o un estadio de 30.000 personas. Además, tienes que pensar que lo van a ver en el mundo. En el Cirque du Soleil, 10 millones de espectadores eran el objetivo. Esa cifra no cabe en la mente normal, menos incluso en la mente de un clown. 10 millones, ¿qué significa eso? Por eso yo continúo pensando en cocinar usando los mismos elementos para conmocionar, sea una ceremonia olímpica o haciendo clown. Ícaro es una clave muy interesante porque siempre regreso ahí. Así uno ve las raíces de todo. Mi cocina está en un restaurante chiquitito, en mi barrio de mi pequeño pueblo.

Cuando se convirtió en ese maestro de grandes ceremonias, ¿dónde puso el foco?

Puse el foco donde siempre lo pongo: en el público. En el caso de la ceremonia olímpica, el enfoque mayor era hacer que para todos los atletas se convirtiese en una experiencia. Al fin de cuentas se hace todo esto para ellos. La ceremonia de apertura es lo que observa el resto del mundo, pero el punto de emoción es para ellos. Siendo olímpico, tú llegas ahí, entras en ese estadio y vas a vivir, ganes o no. La ceremonia de clausura, sin embargo, tiene toda esta emoción ya pasada de haber vivido algo maravilloso. Trabajaste una vida, te entrenaste, hiciste, lograste. Algunos tienen medallas, otros tienen simplemente la satisfacción de haber estado ahí. También es la posibilidad de continuar dialogando con artistas distintos, muchas veces increíbles. Fue maravilloso trabajar encontrando puentes, contactos incluso con acróbatas maravillosos.

El teatro y el deporte, el actor y el olímpico, ¿se parecen?, ¿pasan una vida entera trabajando para entregarse en momentos concretos?

Nosotros estamos más cerca de los médicos o, mejor todavía, de los enfermeros. Nos ocupamos de sanar heridas con un momento de risa, tratamos de hacer nevar sobre las heridas que uno tiene, de poder reírse de sí mismo, de poder reírse de los dioses, de poder reubicarse, de poder a veces explicar quién uno es. Cuando uno tiene pena, tiene dolor adentro, necesita poder explicarse a sí mismo y a explicar a los otros quién es en ese momento. Somos más de enfermeros porque queremos llegar ahí y tener el tiempo de sentarte, entrar en un cuarto, ayudar, limpiar, sonreír, ver dónde te duele y no tocar donde te duele.

En este contexto global, ¿es el circo más necesario que nunca?

El mundo se pone bonito de vez en cuando. Desgraciadamente, se pone bonito solo de vez en cuando y, muy raramente, se puede decir que todo dure más de un segundo. La paz creo que nunca sucedió en este globo terráqueo. Esta es la extraña historia, llena de drama, de necesidad de dramatizar todo, de no entendernos, etcétera. Lo que nosotros como clowns podemos mantener es una pequeña luz en algunos rincones cuando hay mucha oscuridad. Una pequeña luz para quien la necesite, para reconfortarse, para tener un masaje en su alma. Una historia puede ser como una sopa caliente o puede que te haga bailar porque necesitas embriagarte de felicidad, para reírte y danzar y transpirar y gritar porque necesita huir de lo que está pasando. Nosotros somos curanderos.

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