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El propietario del edificio número 137 de la ronda de Outeiro, en Os Mallos, planea vender el bloque entero tras desinfectarlo y realizar obras exigidas por el Concello de A Coruña

El dueño del inmueble, tras desalojar a los inquilinos y tapiar los pisos, reconoce haber recibido ofertas de compra por los bajos y haber trasladado la documentación a un estudio de arquitectura. El propietario destaca la colaboración de los inquilinos en el proceso

El edificio número 137 de la Ronda de Outeiro, en Os Mallos, ya desalojado de inquilinos.

El edificio número 137 de la Ronda de Outeiro, en Os Mallos, ya desalojado de inquilinos. / Gustavo de la Paz

A Coruña

El propietario del edificio número 137 de la Ronda de Outeiro, en el barrio de Os Mallos, planea la venta del inmueble tras la desinfección completa del bloque, que podría demorarse "entre dos y tres meses", y acometer las reformas exigidas por el Concello. Según ha explicado, es necesario intervenir el tejado para cesar las filtraciones de agua en el interior y "tratar la fachada acorde a diferentes elementos, como unas marquesinas". Después del desalojo del inmueble y el tapiado de los pisos, el propietario se mantiene a la espera de vaciar los últimos objetos de los inquilinos. Reconoce haber recibido ya alguna oferta de compra, en concreto, por los bajos comerciales.

"Siento una gran alegría porque deja de ser una molestia para mí, para el barrio y para los vecinos, sobre todo. Todas las puertas están tapiadas y apenas queda nada en el interior, pocas cosas y ya se cierra por completo. De 48 personas que ahí vivían, logré que desde el 7 de enero se marchasen 31. De las 17 restantes, trece pagaban su alquiler como podían y otras cuatro se negaban. El alquiler era por habitación, de media, unos 240 euros con gastos incluidos", detalla el propietario.

El dueño del número 137 reconoce que ha pasado "mucho tiempo vigilando" en visitas nocturnas, incluso "madrugadas enteras". Conservaba las llaves del bloque, así que se metía en las zonas comunes y avisaba "de que no entrase nadie" porque "allí no podían hacer sus negocios de droga". "No hubo violencia, eso puedo decirlo. Mi presencia allí hacía que no subiesen clientes, entonces dejaron de vender droga y entiendo que perdían mucho dinero porque rápidamente empezó a marcharse gente. Eso sí, si no habían consumido droga no te podías enfrentar con ellos porque era muy peligroso", indica el hombre.

El tipo de inquilino en el edificio era muy variado, según informa el propietario, quien los conocía personalmente. Además de los trece inquilinos a corriente de pago, "algunos eran okupas, directamente", y otros eran "inquiokupas", es decir, "pagaron durante un tiempo pero luego dejaron de hacerlo". El dueño asegura que con el tiempo se desarrolló un grupo de subarrendados sin su consentimiento y "parte de esos subarrendados también dejaron de pagar". El episodio del incendio registrado en octubre de 2025 puso en alerta al hombre, que también reconoce "reyertas entre ellos, entre okupas". El pasado septiembre de 2025, la Policía detuvo a un hombre por lesiones después de agredir a un compañero suyo de piso con un arma blanca en un brazo.

"El desalojo ha sucedido, en parte, por la intervención del Concello y debo decir que, en especial, del área de Urbanismo y Seguridad. No tenía ninguna expectativa de que esto pudiese suceder. Estoy trabajando ya con un estudio de arquitectura y ellos están metiendo los documentos necesarios para seguir avanzando. El Concello nos exige una desinfección integral, porque no llega con una sola. Hay que terminar con las plagas y con los hijos de esas plagas. Llevará dos o tres meses. También urgen las obras del tejado, porque entra agua, y tratar la fachada acorde a diferentes elementos, como unas marquesinas. Dependerá de las licencias y los permisos, pero quizá en un año y medio podemos sacar los pisos a la venta", reconoce el dueño del edificio.

"Lo que era un problema se convirtió en una ventaja. Yo quiero vender el edificio entero. Recibí una oferta de un pulpero que quiere comprarme los bajos. En ese caso, con el dinero de los bajos realizaría los arreglos mínimos exigidos por el Concello para poder ejecutar la venta. Quedarían sin rematar, digamos, y los vendería por ciento y pico mil euros, no lo sé todavía. Son pisos antiguos de 3 habitaciones, dos baños, un salón. En caso de no vender los bajos, tengo pensado llevar la rehabilitación a través de una promotora. En ese caso, el precio supongo que se irá a los trescientos y pico mil euros, igual que en la zona. No conozco las intenciones de la promotora, pero me comentaron que el Plan General permite darle incluso una altura más", asegura el propietario.

Los inquilinos tapiaron sus cuartos

La Policía advirtió al propietario sobre reforzar la seguridad de la puerta, ya que "intentarían entrar después del desalojo". El hombre afirma haber puesto dos candados en la cerradura y refuerzos en bisagras y anclajes. "Me comentan que no están ni intentando entrar. En general, hubo una gran ayuda incluso por parte de los inquilinos. La gran mayoría de ellos reaccionó bien. Creo que ya se habían hecho a la idea de marcharse del edificio. El Concello los estuvo distribuyendo por diferentes edificios sociales, como el del padre Rubinos, o en locales sociales. Tengo que decir que, salvo un par de personas problemáticas, yo encontré gente buena. De hecho, una mujer que vivía ahí la he reubicado yo mismo en otro piso, en la plaza de Pontevedra", expresó el dueño.

"Ningún albañil quiso hacer el trabajo. Les comentaba la situación y se negaban. No sabía qué hacer. Decidí ir y tapiar con ladrillo las habitaciones y con bloque las puertas de los pisos. Al ver los inquilinos cómo lo hacía, algunos de ellos empezaron a ayudarme. Ellos mismos tapiaron sus habitaciones y pisos. Me sorprendió muchísimo. En total, había 10 pisos y fuimos reubicando en las dos primeras plantas a medida que tapiábamos el resto de las habitaciones. Salvo por el quinto, allí una pareja se resistió", detalla sobre el proceso de desalojo.

Al entrar en el domicilio, el dueño encontró montañas de basura, ropa, pilas de metro y medio de restos e incluso excrementos de perro. "No se diferenciaba nada. El olor era muy intenso, no me extraña que hubiese plagas. Envié varios técnicos a desinfectar pero con lo que allí había era trabajo perdido. No puedo entender cómo puede haber humanos viviendo en esas condiciones", asegura el hombre.

"Este mundo me resultaba ajeno, pero colaboraban entre ellos. Se daban comida, se cuidaban y mantenían el negocio de la venta de droga. Me recordó a los años 60 o 70, porque funcionaban como una comunidad de ayuda. Yo no querría vivir así, pero me resultaba curioso el cuidado que se tenían. Conmigo fueron muy respetuoso, pero tengo que defender lo mío. Lo hice hablando con ellos porque siguen siendo personas. No me faltaron ni me insultaron, pero tampoco yo a ellos. ¿Quién me dice que no puedo verme así dentro de un tiempo? Nadie se libra. Sigo sorprendido por su modo de vida y de compartir", resolvió sobre la situación en el 137 de Ronda de Outeiro.

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