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Los vecinos del conflictivo edificio número 137 de ronda de Outeiro, en A Coruña, celebran vivir con "más calma": "Se terminó el cáncer del barrio"

Los inquilinos del bloque en el barrio de Os Mallos influían en la salubridad, la seguridad y el comercio de la zona, según declaran varios testigos. Uno de los afectados fue el tendero Bryan Mejías, dueño del locutorio situado en un bajo del inmueble y que planea trasladar su negocio

El dueño del establecimiento Latin Market, Bryan Mejías, ubicado en el bajo del edificio número 137 de ronda de Outeiro.

El dueño del establecimiento Latin Market, Bryan Mejías, ubicado en el bajo del edificio número 137 de ronda de Outeiro. / Gustavo de la Paz

A Coruña

El edificio número 137 de la ronda de Outeiro se mantiene a la venta, pendiente de las rehabilitaciones y desinfecciones exigidas por el Concello de A Coruña. Pese al breve tiempo pasado desde el desalojo, varios vecinos afirman que la tranquilidad es tan grande que "no puede ni expresarse" y que los días "ya se notan muy distintos". Los conflictos previos, como el incendio de octubre de 2025 o las agresiones entre inquilinos, habían afectado a la seguridad, la salubridad o el comercio, según varios testimonios recabados en la zona.

El dueño del establecimiento Latin Market, Bryan Mejías, mantiene abierto su negocio en los bajos del número 137 y no cesó su actividad en los últimos años, cuando la problemática estaba teniendo lugar. El comerciante se muestra "muy molesto" con la situación "por diferentes motivos" que involucran al vecindario, a la Policía o a la prensa. Afirma haberse visto involucrado en los conflictos del bloque "de manera injusta".

"En las imágenes del edificio sale mi negocio y muchos vecinos del barrio se pensaron que mi local era parte del problema. Venían por aquí y me decían cosas, incluso me trataban mal. Los dueños de otros negocios de la zona ni me dirigían la palabra, mismamente los de esta acera. Quiero aclarar que yo no me he dedicado a nada con esta gente, a ninguno de sus negocios. No vendo droga. A la gente del local nos trataban como si fuésemos yonkis o narcotraficantes", afirma Mejías.

Entre las consecuencias de regentar su tienda en el edificio, Mejías señala que ha "perdido negocio" y ha "dejado de ganar dinero", además de afectar "mucho a mi clientela habitual". Admite que el número 137 ha provocado que él y su establecimiento se hayan "ganado una mala fama y una mala reputación".

"Me llegaron a registrar el local en varias ocasiones, incluso con perros. Yo los he dejado siempre pasar para que viesen que quiero colaborar. Antes de que tapiasen y terminasen con la situación, había pensado en cambiar de local. Lo haré de igual modo. Tengo que renovar y recuperar clientes para no seguir vinculado con el problema", asume el comerciante.

Para Rubén, vecino de la zona y frecuente comprador en el negocio de Mejías, el día a día ya "es un alivio". "Todo se nota mucho más seguro. No puede ni expresarse", afirmó.

"Nadie se puede hacer idea del mal olor que había, la cantidad de latas de cerveza y orina que había en esta acera diariamente. Daba asco. Ahora desde luego puedo decir que vamos a vivir con más calma. Estaban todos los días, uno tras otro, aquí dentro pidiendo cosas y generando un muy mal ambiente. Cuando no te pedían dinero, te pedían cargar el teléfono, que les compraras cosas; y no siempre de buenas formas", según intervino un cliente del establecimiento Latin Market que no quiso identificarse.

"Ahora podemos respirar más tranquilos. Es más, estos días ya se notan muy distintos. Por decirlo de algún modo claro, se terminó el cáncer del barrio", resolvió Mejías detrás del mostrador de su negocio.

Un centro de droga y una mujer normal

Según ha explicado Mejías, después de comenzar a tapiar los pisos, algunos de los inquilinos se trasladaron a vivir en las escaleras del edificio número 137. Durante uno de los últimos desalojos, el tendero asegura que sintió "miedo". "La Policía me paró para documentarme y no me dejaban volver a mi local. Daba igual lo que explicase, incluso tenía clientes dentro esperándome o podían robarme. Me estaban reteniendo, nunca me había pasado algo así", asegura.

El propietario del inmueble en venta explica que "el comercio de la droga tenía servicio 24 horas al día, todos los días del año". Pese a afirmar que él nunca ha visto la situación en primera persona, vecinos de la zona le han asegurado que la compra no tenía "cantidad mínima, con la cantidad que fueses te vendían lo que correspondía, incluso con dos euros".

Según el dueño, la afluencia de clientes en el bloque derivó en problemas con la propia venta de estupefacientes. Los clientes "luego revendían a otras personas" o "se metían en habitaciones a la fuerza". También comenta otro tipo de negocio entre pisos. Los inquilinos "dejaban su cuarto a los clientes de la droga para consumir y se llevaban una parte de la sustancia como mordida por el trato.

"Me llamó la atención el caso de una mujer, una mujer absolutamente común. Nada sospechosa de nada, perfectamente vestida y aseada. Me preguntaba qué hacía esa mujer viviendo ahí, porque compartía puerta con un individuo con problemas de drogadicción y dos perros, uno de ellos peligroso. Nunca lo paseaban. De hecho, el dueño abandonó al perro y tuvimos que avisar a la perrera. Esta mujer tenía en su habitación un arsenal de productos de limpieza, ambientadores en cada percha del armario. No sé qué penurias podría pasar esa mujer, pero es la persona a la que reubiqué en el piso de Plaza Pontevedra. Una persona normal hubiera salido corriendo solamente con poner un paso en el portal", detalló el propietario.

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