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Entrevista | Ignatius Farray Cómico

El cómico Ignatius Farray, en el Encuentro Mundial del Humorismo de A Coruña: "La comedia es idiota y en ella no entra la razón"

El humorista canario, conocido por su ingenio y su paso por el programa La Vida Moderna, compartirá escenario en el Teatro Colón con David Perdomo y Laura Márquez el día 25 de abril, a las 12.30 horas

El humorista Ignatius Farray.

El humorista Ignatius Farray. / Pablo Hernández Gamarra

A Coruña

El cómico Ignatius Farray se sube a las tablas del Teatro Colón de A Coruña el día 25 abril, a las 12.30 horas, para buscar la risa del público en Animus Iocandi, uno de los eventos del Encuentro Mundial del Humorismo (EMHU) este año. Estará acompañado por los también humoristas David Perdomo y Laura Márquez. Farray es un reconocido monologuista y antiguo miembro del programa La Vida Moderna. Una de las frases dichas en esta entrevista y que resume su ingenio es la siguiente: "La risa es la distancia más corta, pero no olvidemos que existen las órdenes de alejamiento".

No es su primera vez en el Encuentro Mundial del Humorismo, pero viene sin sus compañeros habituales y compartirá escenario con otros. ¿Tiene listo algo especial para A Coruña?

Es una suerte poder compartir escenario con David Perdomo y Laura Márquez, no es algo que habitual y crea compañerismo. Tenemos preparados nuestros números, cada uno cuenta con unos 25 minutos. A veces es difícil montar algo juntos por la distancia o el espacio. Haremos lo nuestro. Somos un buen trío. Lo curioso es que sea al mediodía, un espectáculo in fraganti, en la noche hay más comunidad. En el EMHU ya estuvimos con La Vida Moderna en el Coliseum. Ahora voy solo y a ver lo que me encuentro. Sinceramente, un festival de comedia. Qué paradoja. A los humoristas se nos montan festivales y piden opiniones. No estamos en nuestro sitio, este lugar no es el nuestro. Solíamos estar en los márgenes y trabajar desde ahí. Este es el momento de la Historia en el que el humor más importa.

¿Y cómo está el humor en este momento de la historia?

Pensándolo bien, solo hay que mirar a Donald Trump. Comportándose sin vergüenza ganan elecciones. Nos han copiado el comportamiento. Después de haberlos atacado o de habernos burlado de ellos, se han apropiado del método y lo han capitalizado hasta el éxito. Nos han expoliado y ahora la crítica no opera sobre ellos. Solíamos decir que el humor debe hacerse de abajo a arriba y pelearnos por ello. Pero se ha girado la situación. Resulta que el humor también es sumiso del poder, lo cual es contra natura. Cuando se hace eso en el humor, algo está fallando gravemente. No está siendo subversivo. Perdió su función. Esto es lo que no está quedando, como consecuencia de todo. Es la comedia en el tiempo de la inteligencia artificial y no podemos olvidar que también existe la gilipollez artificial.

¿Realmente existe el humor generado con IA?, ¿o son refritos para reír?

El humor generado por inteligencia artificial es mediocre, de lo más bajo. La IA no mira al abismo, así que solo te puede dar complacencia. No va a ser nunca capaz de generar un buen chiste o un ingenio, porque eso es desafiante. La buena comedia te pelea, pelea tus límites. A nadie se le escapa que hay IA haciendo chistes, pero que me digan, ¿siente vergüenza la inteligencia artificial? La frontera no es solo el talento que tengamos, es también la vergüenza. Hay que decir la burrada y esperar por la sórdida obscenidad. Obsceno, por definición, es lo que no debe suceder en escena. Contra ese humor de algoritmo y creación innatural, el cómico debe trasladar un punto de vista original y marginal, es decir, lo que se ha conectado históricamente con el sentir humano. Debes hacerlo si verdaderamente quieres dedicarte a esto como un arte. Entiendo el miedo hacia cuánta gente puede malentender un chiste, una broma o un tono. Pero debes jugártela, debes decir algo desde la opinión más certera y auténtica. Esto no es una excusa tampoco, no es un cheque en blanco para saltar al vacío y salirte de rositas. La risa es la distancia más corta, pero no olvidemos que existen las órdenes de alejamiento. Pueden interpelarte, pueden señalarte y responderte. La cuestión final es proseguir en el objetivo de la risa. Has de tener la esperanza de que un día tocarás el botón dentro de alguien, ese botón.

¿Un cómico llega a normalizar su oficio?

Este oficio nuestro es uno en el que te expones mucho, resulta muy obvio. Es una persona en pie, hablando. Por otro lado, es un privilegio esto de comportarte manera poco normal frente al resto. Hay que reconocerlo, no es muy normal lo que hacemos y no pasa nada. (ríe). Pero a cambio de comportarte así y ser socialmente aceptado, estás obligado a una hora de ingenio en el que no caigas en clichés o frases hechas. Has de aprovechar esa oportunidad y decir algo que no es ni más ni menos que lo digno.

En su carrera ha encontrado material cómico en asuntos peliagudos o polémicos y ha salido airoso. Ahora, ¿dónde toma la inspiración?

Estamos trabajando con el fascismo del bueno. En su momento no había necesidad de especificarlo, ¡qué curioso! Hoy parece que no se puede ya hablar sin diferenciar uno de otro. No podemos olvidar que alguien en un escenario con un micrófono tiene poder. Cuando te dan ese privilegio no debes abusar tampoco. Debes entregarte y transitar sin causar daño moral. El fascismo, por definición, es abuso de poder, pero el buen fascismo busca la conciliación de las partes. La comedia es complicidad, somos capaces de ello. Callar la boca por miedo es un paso atrás. Apuesto y animo a que siempre es mejor meter la pata.

Sin embargo, el patinazo o el error es un miedo actual. Se teme al final de una carrera por una polémica.

Hemos de retornar a ese viejo tiempo y hacer de nuevo con la comedia un movimiento de contracultura. Me gustaría recuperar y reivindicar la figura del cómico como una persona sospechosa, una persona susceptible al poder. Ser, como grupo, gente peligrosa. Debemos ser poco dignos. Pienso mucho en el siglo XVII y los cómicos de la legua, esos humoristas que consideraban tan perjudiciales para la sociedad que los expulsaban a una legua de distancia para no dormir en los lugares donde actuaban. Ese es el objetivo: el margen. Sócrates ejercía la parresía, el hablar una verdad tan íntima que te compromete y condicionada la mirada sobre ti. Eso es la verdadera valentía. Esa experiencia humana es sublime. No es comprensión, es atención. Hay que jugársela, y sé que es tentador estar en la trinchera. Pero no podemos quedarnos en los límites de lo correcto y quedarnos ahí.

¿Qué se debe hacer en esos límites?

El público nos da la oportunidad de echar esa batalla por el poder. No podemos desperdiciarla. Los nuevos políticos nos usurpan pero no se dan cuenta todavía de que este es un terreno de fango. La comedia es fango. Ahí nos encontraremos. En nuestra era se habla del humor inteligente, hemos gastado mucho tiempo hablando de esa risa más elevada y pensada. No niego su existencia, pero perdemos el foco. La comedia es idiota y en ella no entra la razón. El diálogo, por ejemplo, no es un territorio de la comedia. Será una herramienta para quien la use, pero no es un territorio. Y, por cierto, la comedia si no se dice de corazón, se convierte en una herramienta y se hace bastarda. Así se deprecia el humor. Así llegan a los demás, pero sin inocencia y sin corazón. Esa es la gran diferencia entre ellos y nosotros. Nuestra sociedad de la eficiencia y eficacia también estrangula a la comedia, porque te lleva a pensar si te sirve de algo ese que sirve para reír.

¿La comedia tiene una función pública, un objetivo?

La comedia sirve para acercarse a la respuesta a la gran pregunta: ¿qué es lo humano? El artista César Manrique habla de la singularidad. Quiero detenerme un momento en esto. La singularidad en su ámbito, como escultor o arquitecto, era la singularidad del paisaje. Lo amplío, cojo esa definición pero lo amplío. El capitalismo está terminando con esta singularidad. Ya nuestras ciudades son todas las mismas, los centros urbanos y los negocios en las calles. Avanzamos hacia una urbe homogénea. Lo mismo con las experiencias o expectativas vitales. Y, el punto final, una cultura homogénea que llega a muchos y sirve para obtener un alto rendimiento económico, pero carente de valor. Este sistema nos desarraiga de la singularidad de nuestro paisaje vital.

Ignatius Farray es un personaje y un hombre, ¿cómo los diferencia entre sí?

La gente sabe que yo cambio mucho en escena y fuera de ella. Tengo miedo a meter la pata, tengo miedo al vacile equivocado y ser entendido mal. Pero el escenario es ese espacio mágico y siniestro para poner palabras a algo profundo, muy interno. Yo lo he pasado muy mal y la comedia salvó mi vida. La mirada de la gente es fuego y gracias a ella salió un monstruo de mí, que solo sale ante el público

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