Así es la 'jefa' más singular de Louzás: Tata, la perra rescatada que vigila los pinchos en una terraza oculta de A Coruña
La podenca portuguesa se ha 'adueñado' de un bar de la zona, donde recibe a los clientes y los acompaña a su mesa

Beatriz López con su perra Tata, la maître de su bar de Lonzas. / Gus de la Paz
No hay nadie en A Coruña que entre en el Fechorías sin el visto bueno de Tata. Esta podenca portuguesa de poco más de tres años se ha convertido, en un tiempo récord, en la verdadera dueña de este rincón de Louzás -nuevo nombre de Lonzas tras el cambio de nomenclatura aprobado por la Xunta este abril-, donde supervisa a la clientela con las orejas bien erguidas. A sus preferidos los recibe en la propia puerta antes de que a cualquier camarero le dé tiempo a acercarse. "Reconoce a mis amigos por el coche y el olor. Según cómo ladre, ya sé quién va a entrar en el bar", explica con humor Beatriz López, la propietaria del establecimiento, que asegura que la perra se ha tomado muy en serio su puesto como maître.

Tata, la perra rescatada del restaurante Fechorías, en Lonzas. / Gus de la Paz
Aunque ahora recibe con gusto los mimos del público y hace rondas por las mesas, lo cierto es que Tata no siempre ha sido tan confiada. López la rescató de "un señor que la maltrataba mucho" y la llevó al oasis que dirige desde hace seis años junto a la Comisaría de la Policía Nacional. Allí, el temor pudo ir desapareciendo poco a poco. "Le tenía mucho miedo a los hombres, pero aquí no le quedó más remedio que acostumbrarse, porque todo el mundo le daba cariño. Ahora es la reina del mambo", afirma la gerente, que la ha convertido en su sombra desde 2024.
A pesar de que ejercer de anfitriona es una buena habilidad, para López el verdadero superpoder de Tata es otro: detectar a los clientes que nunca han estado en el Fechorías. Esos a los que no les ha dado tiempo de leer los carteles que empapelan el local y que piden, bajo una gran imagen de su rostro, no ceder ante sus ojos marrones y darle una croqueta.
Porque, como todo buen perro, Tata es "un saco sin fondo" que cree que, en el Fechorías, la hospitalidad debería ser mutua. "Le pone cara de pena a la gente hasta que lee los carteles. Entonces, ¿a dónde va? ¡A por las víctimas nuevas! Y ahí salgo yo gritando para que no le den de comer", comenta entre carcajadas la dueña del establecimiento.

El cartel del Fechorías que pide a los clientes no alimentar a Tata. / Gus de la Paz
El Fechorías, el bar coruñés de las segundas oportunidades
Los perros como Tata no son lo único que esta hostelera ha rescatado en su bar. Por todo el local hay objetos que recoge de mercadillos, Internet e incluso de la orilla del mar, a donde ha ido a buscar más de un palo que devolvía la marea y que, para ella, era un tesoro.
Junto a sus amigos Rodrigo y José, restaura las coloridas piezas que han convertido su local en uno de los rincones más únicos de A Coruña. Ni la terraza, un amplio jardín en el que organiza queimadas de vez en cuando, se escapa de su mano creativa, en la que, a veces, ha llegado a ver señales del destino.
"Una vez me pasó una cosa muy curiosa con un poste antiguo de la luz que tenemos en el local. Cuando fui a buscarlo, me decían si me gustaban otros, pero yo estaba empeñada en este. Lo elegí entre muchos y resultó que tenía el número 46, el del Fechorías. Estaba para mí", recuerda la mujer.
Puede que esa tenacidad fuera, precisamente, lo que le permitió montar su bar hace seis años, en un contexto complejo incluso para los negocios de hostelería más consolidados de la ciudad: la pandemia. Aquel año se encontró con el local que antes ocupaba La Brújula en la Avenida do Ferrocarril, cerró el trato en pleno confinamiento y abrió las puertas en septiembre, cuando los negocios hacían malabares con los límites de aforo y la desconfianza del público.
Es por eso, dice, por lo que cree que su rincón de Lonzas sigue siendo una terraza oculta en A Coruña. "No pude hacer ninguna inauguración y luego tuvo que pasar tiempo para que la gente volviera a los bares. Por eso hay muchas personas que no saben que estamos aquí, aunque a otras les da pereza porque dicen que está muy lejos".
Los que vencen esa resistencia inicial, sin embargo, reciben una recompensa por su esfuerzo en forma de vermú, callos, raxo o "unas croquetas riquísimas". Su plato estrella es la caldeirada de rape -bajo encargo para que esté fresco-, y unas tortillas "que saben, porque la tortilla que no está rica me pone de mal humor".
Si López se descuida, la propia Tata se encarga de comprobar su calidad aprovechándose de los clientes más inexpertos. Pero el enfado de la hostelera no dura mucho, porque la podenca es su única socia al frente del negocio. "Conozco pocos sitios que estén gestionados por una sola persona y encontrar uno dirigido únicamente por una mujer es aún más difícil. Estoy contenta con el bar, pero eso no quiere decir que no sea duro".
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