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Las palabras saladas de Katya Adaui, en A Coruña: "Hay mucha agua en todo lo que escribo"

La autora peruana explora los vínculos y el cambio en su último libro de cuentos, 'Un nombre para tu isla', que presenta en la librería Berbiriana de A Coruña este lunes a las 19.00 horas

La autora peruana Katya Adaui en la Residencia Literaria 1863, en A Coruña.

La autora peruana Katya Adaui en la Residencia Literaria 1863, en A Coruña. / Yolanda Castaño

A Coruña

Las personas son islas rodeadas de mar —a veces en calma; muchas, traicionero—, con puentes tendidos para cruzar de una a otra, para establecer contacto, cultivar vínculos. El agua salada que empapa las palabras de la autora peruana Katya Adaui vuelve en su último libro de cuentos, Un nombre para tu isla, que presenta en la librería Berbiriana, en A Coruña, este lunes, 27 de abril, a las 19.00 horas. Acompañada por el periodista y escritor Ramón Rozas, "un crítico de Pontevedra que sabe mucho del cuento", la conversación versará sobre el título de Adaui, pero también sobre "la alegría de escribir y la alegría que implica para el alma leer", en palabras de la autora.

Adaui, profesora de escritura en la Universidad Nacional de las Artes en Buenos Aires, lleva un mes recorriendo las calles de A Coruña como invitada de la Residencia Literaria 1863, organizada por la poeta Yolanda Castaño. Un nombre para tu isla es su segunda obra con la editorial Páginas de Espuma, y su quinto libro de cuentos. "Tiene que ver con vínculos amorosos que se ponen a prueba en medio de tránsitos, casi todos los personajes están buscando una isla dentro de otra isla. Poder conversar, poder entenderse y también aceptar la diferencia y la extrañeza que a veces encontramos en el otro", expone Adaui.

En las historias que conforman este título, explora los lazos entre sus protagonistas, siempre en tránsito. ¿Qué permite contar el cambio que no permita la quietud?

Eso es lindo de pensar. A diferencia de los niños, que adoran la rutina y necesitan irse siempre a dormir a la misma hora o que les lean el mismo cuento, a los adultos la rutina a veces nos cuesta, nos parece aburrida, olvidamos que nos estructura, que nos organiza. Atarse al cambio es una de las exigencias mayores. Hay cambios cotidianos, microcambios chiquititos; pero hay cambios enormes: mudanzas, duelos, divorcios, ciertos abandonos, las peleas con amigos, las diferencias políticas. Entonces, el cambio siempre implica un desplazamiento de tierra de la alfombra bajo nosotros, que nos pregunta cómo irnos de esa situación con la menor cantidad de esquirlas. Me interesa pensar justamente en ese instante en que las cosas estallan, cómo puede seguir la vida a partir de eso.

Trabaja con la idea de que las personas somos islas. ¿De qué manera tendemos puentes?

Principalmente es a través de una escucha, de la escucha activa, que no interrumpimos mediante nuestros propios pensamientos, ideas, argumentos. Estos tiempos son bastante angustiantes, por velocidad, porque todo se descarta rápidamente y todo es dentro del orden de lo inmediato, para hoy. Entonces hay algo de paciencia, de escuchar al otro, que muchas veces tienen las personas mayores y quizás lo vamos perdiendo. Como de: 'Me quedo a dialogar hasta el final'. La gente se va, se sale del chat. Hay un abandono más facilista, cuando en realidad uno solo discute con la gente que uno quiere. Habría que recordar que uno quiere al otro, pese a todo.

Para usted, ¿la literatura o el escribir es una forma de tender y cruzar esos puentes?

Sí, porque cuando escribimos siempre tenemos que pensar en un otro que no somos nosotros, en alguien que es diferente. Quizás siendo mujeres escribimos como hombres, o viceversa, o como un niño o un adulto mayor. Esa capacidad de pensar en el otro, pero de crearle un pasado, una autonomía, una dignidad, una casa, también la intemperie y la inseguridad... Ya el hecho de pensar al otro es intentar cruzar el puente. La literatura hace eso, pero también lo hacen los lectores cuando deciden quedarse en el libro y pactar con ese mundo nuevo que se les ha presentado, y no irse a hacer otra cosa. Hay algo de la empatía que se pone en juego y que no es banal. Se pueden entender otras vidas a partir de la lectura. No lo digo yo, está probado científicamente. Es muy hermosa esa capacidad de moverle el alma al otro mientras uno se la mueve a uno mismo.

Vuelve a formato cuento después de novelas como Quiénes somos ahora. ¿Qué ofrece y qué exige el cuento que no lo haga la novela?

Una diferencia posible podría ser que, esto lo decía Lorrie Moore, cuando uno termina de leer un cuento, se pregunta por el pasado de los personajes, por qué han hecho lo que han hecho. Y cuando termina la novela, uno se pregunta por el futuro, '¿y ahora qué será de ellos?'. El cuento, excepto pocos autores como Mavis Gallant, que podían contar en un cuento toda la vida de una persona, por lo general aspira a iluminar el instante en que todo va a cambiar o nada va a cambiar, ese statuos quo. O todo cambia o nada cambia, no hay muchas salidas posibles. El cuento no te permite mucha bifurcación, te pide que hagas foco, que sea un material reconcentrado. Para mí, es mucho más demandante y reflexivo que la novela, que te permite crecer y crecer y crecer. El cuento te pide pensar multiplicidad de vidas; por eso me parece mucho más exigente y divertido en su dificultad.

En Un nombre para tu isla hay siete historias. ¿Cuándo decide que ha terminado un libro de cuentos?

Cuando siento que, por fin, todo lo que tenía en el alma para decir ha sido más o menos dicho. Y hay algo, también, que siempre trato de pensar, que es mi trilogía del corazón: que el primer cuento anuncie el mundo que vendrá, que el del medio cree un desvío que enrarezca el conjunto, y que el último anuncie el reino por venir, el libro que aún no has escrito, pero que es un tema que todavía te obsesiona. Cuando yo siento ese arco en el material, digo: 'Lo tengo'.

En este título explora vínculos más allá de la familia, relaciones a las que puede costar ponerles una etiqueta. ¿Le interesan estos vínculos sin categoría clara, a la hora de escribir?

Sí, sin categoría clara es mi motor y mi motivo [ríe], porque lo que más me apasiona es manifestar o compartir la ambigüedad, la contradicción. Yo en la vida detesto la ambigüedad, detesto que en el mismo día alguien me pueda querer y rechazar. Pero creo que para mis personajes es interesante esa ambigüedad: que estén bien y de pronto sean capaces de hacer algo terrible. Y también la contradicción, que no podemos evitarla en nosotros mismos. Eso crea una persona. Como dice una amiga: 'La contradicción nos hará libres'. Me encanta pensarlo así, crear un personaje contradictorio y liberarlo en una zona ambigua.

Quizás ese es uno de los factores que más realidad aportan a un personaje.

Sí, porque rápidamente lo sacas del estereotipo y del arquetipo, hace que te resulte demasiado familiar. Puede ser mi vecino, mi hijo, mi esposa. Trato de buscar gente así, y sobre todo me preocupo por el diálogo; que cuando hablen se intercambien informaciones importantes, pero en medio de la banalidad, también. O sea, que se muevan entre la profundidad y la ligereza, como es cualquier diálogo entre personas.

Presenta el libro el 27 de abril en Berbiriana. A Coruña es casi una isla, ¿qué significa para usted charlar sobre el título en una ciudad donde la idea de isla y de mar se siente tan cerca?

Acá ocurre algo que me ha impresionado mucho, y es que, cuando más peatón eres y más ciclista eres, más cerca estás del mar, hay zonas en las que el auto se lo pierde. Y todo el contorno es banca. Es una ciudad que está hecha para que uno observe el mar y se detenga a contemplarlo. Esa es la búsqueda de mis personajes. Y esta ciudad me hizo recordar mucho a un libro de Martín Adán con el que nace el movimiento modernista en Perú, La casa de cartón. La escribió a los 16 años, y el comienzo prácticamente dice: 'Yo no entiendo cómo puedo ir al colegio con mar debajo', porque lo narra desde arriba del acantilado. Entonces, el paisaje es absolutamente ideal para este libro, porque hay mucha agua en todo lo que escribo, sobre todo agua salada. Si bien mi Pacífico dista mucho de este mar, comparte una belleza muy salvaje. Es un mar muy mentiroso este, también.

Su estadía en A Coruña llega a su fin. ¿Qué tal ha sido la experiencia en la Residencia Literaria 1863?

Yo vengo de la Argentina de Milei, y estuve dos meses en verano en la Lima preelectoral. Mi vida es un poco 'escoge tu crisis' [ríe], porque vengo de dos países tan sufridos en estos momentos a nivel político, económico y social, que muchas veces la preocupación no nos permite escribir, o trabajar. ¿Qué hago leyendo si no estoy organizando un taller más para llegar a fin de mes? Entonces, una residencia como esta, que implica que te den el pasaje, vivienda y manutención, sobre todo a quienes venimos de países en crisis, te cambia la mente. Tener esta cercanía con el mar, y que me tocara un mes precioso, la gente es muy amable, he ido a muchas bibliotecas públicas... Solo he tenido experiencias lindas, he sentido mucha paz y Yolanda [Castaño] es tan acogedora... Esta beca no te está revisando en la oreja que estés escribiendo, está revisando que tú estés bien en la ciudad. Entienden a la perfección que parte de la experiencia, para quien nunca ha venido, es caminar, porque el deporte de un escritor es caminar [ríe]. El no exigirte que escribas, hace que escribas.

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