Un año del apagón eléctrico en España
A Coruña revive el apagón que paralizó la ciudad hace un año y puso a prueba la solidaridad vecinal: "Mucha gente quedó atrapada en ascensores"
Policía, sanitarios y comerciantes recuerdan una jornada de incertidumbre, trabajo y solidaridad que puso a prueba a la ciudad

A Coruña ya iluminada en la madrugada del apagón desde el parque de Bens
A las pocas horas de quedarse sin luz, A Coruña ya no era la misma ciudad. Los semáforos dejaron de regular el tráfico, los teléfonos dejaron de sonar y las persianas eléctricas se convirtieron en un obstáculo. Un año después del apagón, quienes sostuvieron el pulso de la ciudad recuerdan aquel día como una mezcla de tensión, improvisación y respuesta colectiva.
"Tuvimos que improvisar"
Las primeras llamadas al parque de Bomberos no hablaban de un apagón. Hablaban de humo, de posibles incendios y de explosiones. Así comenzó la jornada para los bomberos. Víctor Sánchez, sargento de los bomberos de A Coruña, recuerda que todo les pilló en medio de un entrenamiento: "Entró el generador del parque y pensamos que era algo puntual". Pero en pocos minutos la situación cambió. "Las primeras salidas confirmaron que eran falsas alarmas", explica, pero enseguida llegó la verdadera emergencia: personas atrapadas en ascensores.
"Fue lo que más tuvimos al principio. Muchísimas llamadas de gente atrapada en ascensores", señala. Con el paso de los minutos, las noticias apuntaban a un apagón generalizado. Aún funcionaban parcialmente los teléfonos, pero la situación se complicó pronto. "Nuestros walkies dejaron de funcionar y tampoco podíamos comunicarnos por móvil. Tuvimos que improvisar", cuenta.

Los bomberos de A Coruña en el parque de bomberos / CARLOS PARDELLAS
La solución fue organizar equipos por zonas. Cada salida incluía varias intervenciones seguidas. "Ibas a una calle y la gente te avisaba desde las ventanas: ‘hay alguien atrapado aquí’. Íbamos resolviendo sobre la marcha", recuerda. El trabajo no se detuvo en horas. "Fue muy físico. Subimos personas a plantas muy altas, bajamos a otras que necesitaban ir al hospital. Hubo compañeros que subieron a la planta 14 varias veces", recuerda el sargento.
"El boca a boca fue lo que funcionó"
Desde el Centro Integral de Movilidad de la Policía Local, Juan Puente fue de los primeros en detectar que algo no iba bien. "Empezamos a ver desajustes en los cruces, que dejaban de funcionar los semáforos. Pensamos que era algo puntual, pero vimos que cada vez eran más hasta que se convirtió en un fallo generalizado", explica. Solo tres cruces mantuvieron la electricidad; el resto de la ciudad quedó sin regulación.
La respuesta fue inmediata. La Policía Local desplegó agentes en los puntos clave, como la plaza de Ourense y la ronda de Outeiro, para dirigir el tráfico de forma manual. "Los turnos se alargaron. Hubo agentes que empezaron a las siete de la mañana y acabaron sobre las diez de la noche", recuerda. La prioridad fue mantener la circulación, pero pronto llegaron otras urgencias.
Sin teléfonos operativos, la calle se convirtió en el principal canal de comunicación. "El boca a boca fue lo que funcionó. La gente acudía a los policías que tenía cerca", señala. Las intervenciones se multiplicaron: personas atrapadas en ascensores, vecinos que no podían subir a sus casas y, sobre todo, situaciones sensibles. "Nos preocupaban especialmente las personas dependientes, como las que usan respiradores. En algún caso hubo que trasladar a un paciente al hospital porque no tenía autonomía suficiente", detalla el agente.

Juan Puente, agente de la policía local de A Coruña / CARLOS PARDELLAS
También hubo coordinación con otros cuerpos para atender a víctimas de violencia de género que quedaron incomunicadas. A pesar de la incertidumbre, Puente destaca el comportamiento ciudadano: "La gente estaba preocupada, pero fue muy comprensiva. No hubo problemas de seguridad como algunos se pensaban".
"Se superó con una muy buena nota"
Mientras tanto, en el Hospital de A Coruña, la situación se vivía con otro tipo de presión. Víctor Calvo recuerda el momento con una palabra: "estrés". "Nos dimos cuenta de que no era un apagón normal cuando empezaron a llamar otros hospitales. No sabíamos si era algo local o a nivel nacional", explica el responsable de mantenimiento del Chuac.
El corte activó de inmediato los sistemas de emergencia. "Entraron en funcionamiento correctamente, pero no cubren el 100% del edificio. Están diseñados para las zonas críticas", aclara. La primera decisión fue crear un comité de crisis que reuniera a técnicos, dirección y servicios asistenciales. "La prioridad era aguantar el máximo tiempo posible y garantizar el suministro en áreas como UCI o quirófanos".
El reto no era solo mantener un hospital, sino toda el área sanitaria. "Dependíamos del combustible, de la logística y de proveedores externos. Todo tenía que coordinarse", señala. A pesar de la tensión y la falta de información inicial, el balance fue positivo: "No hubo problemas asistenciales. Se superó con una muy buena nota".
"Lo importante era bajar la ansiedad"
En ese mismo contexto de vulnerabilidad, las asociaciones también tuvieron que reaccionar con rapidez. Carmen López, directora de la Federación Gallega de Enfermedades Raras (Fegerec), recuerda que todo comenzó con desconcierto. "Al principio fue un poco de caos, más provocado por el miedo y la incertidumbre", explica.

Carmen López, directora de la Federación Gallega de Enfermedades Raras y Crónicas con la presidenta Francisca Luengo / CASTELEIRO
En su centro había usuarios con movilidad reducida y necesidades específicas. "Teníamos personas en silla de ruedas, tanto manual como eléctrica. Las manuales las pudimos gestionar con ayuda de Cruz Roja y bomberos, que actuaron con bastante rapidez", señala.
La respuesta se basó en la coordinación. "Nos organizamos con servicios municipales, Cruz Roja y sanitarios. Fuimos casa por casa para comprobar que todo estaba bien. Como no funcionaban timbres ni teléfonos, incluso avisábamos tirando pequeñas piedras a las ventanas", relata.

Usuarios y profesionales de la Fegerec, junto con efectivos de Cruz y Roja y Bomberos, en el centro cívico de San Diego. / LOC
Más allá de la logística, también hubo una labor emocional. "Tuvimos que tranquilizar y entretener a los pacientes jugando a las cartas, buscando comida… lo importante era bajar la ansiedad", cuenta. El momento más tenso llegó al conocer el alcance del apagón. "Saber que era a nivel nacional, incluso en otros países, fue lo que más angustió". Aun así, el balance es positivo: "Se solventó bien y no hubo incidentes graves, y menos mal".
"Lo de cobrar o no cobrar me daba igual"
En la calle, el apagón también transformó el día a día de los negocios. En la zona de Cuatro Caminos, Isabel Galán, al frente de una tienda de comida casera, recuerda una avalancha de clientes. "Había muchísima gente. La cola doblaba la calle", cuenta. Sin electricidad, decidió priorizar a las personas frente al negocio. "Lo de cobrar o no cobrar me daba igual. No quería dejar a nadie sin comer".

Isabel Galán, responsable de 4 Caminos comida para llevar / CASTELEIRO
Con los fogones aún operativos, el equipo cocinó todo lo que tenía para evitar pérdidas y alimentar a quienes no podían hacerlo en casa. "Había gente mayor que no podía subir a su piso, personas en silla de ruedas… Fue un día de muchos sentimientos encontrados", recuerda. Al día siguiente, muchos clientes regresaron para pagar o agradecer el gesto. "Me trajeron bombones, flores… Me quedo con eso. Sigo creyendo en la humanidad gracias a ese día", explica emocionada.
"Tuve que enseñarles a sintonizar la radio"
Algo parecido ocurrió en las tiendas de electrónica. En el establecimiento La Luna, su responsable, Eddie Díaz, vivió una jornada que compara con un Black Friday improvisado. "La gente venía a por lo mismo: pilas, linternas y radios. En una hora y media nos quedamos sin stock", explica. Al medio día consiguió más provisiones para vender hasta las ocho de la noche.
La escena, sin embargo, no fue de caos. "Había cola, pero con respeto. La gente hablaba entre ella, incluso se hicieron amigos", relata. Muchos jóvenes descubrieron por primera vez cómo funcionaba una radio. "Pensaban que era táctil, como un móvil. Tuve que enseñarles a sintonizar. Me decían: '¿Pero cómo qué con botones? Que chulada'. A los pocos días volvieron los otros dos amigos a comprar más radios", cuenta.

Eddie Díaz, responsable de La Luna / CASTELEIRO
Sin datáfonos ni sistemas de cobro, las ventas se hicieron "a la vieja usanza". Algunos clientes volvieron después para pagar lo que se habían llevado. "Fue un día muy intenso, pero también muy bonito", resume.
"Las ventas se multiplicaron"
El mismo patrón se repitió en otros comercios de la ciudad. En Comercial Lagares, Pepe Gajino recuerda cómo la actividad se disparó en cuestión de horas. "Al cabo de una o dos horas del apagón ya se activó todo y no paró en todo el día", explica. La demanda se centró en lo esencial: "Radios, linternas y pilas, eso era imprescindible".

Pepe Gajino de Comercial Lagares / CARLOS PARDELLAS
La tienda permaneció abierta hasta las diez y media de la noche y funcionó únicamente con pagos en efectivo. "La gente se buscó la vida. Entre ellos se ayudaban si alguno no tenía dinero", señala. Las colas llegaron a alcanzar dimensiones poco habituales. "Había casi cien metros de cola", recuerda. Las ventas se multiplicaron. "Pudimos vender en torno a 500 radios, fue mejor que un día de campaña de Reyes", apunta.
Un año después, el apagón permanece como una prueba inesperada que obligó a toda la ciudad a adaptarse en cuestión de minutos. Sin tecnología, la respuesta se apoyó en lo esencial: coordinación, esfuerzo y una red de ayuda que mantuvo a A Coruña en funcionamiento incluso a oscuras.
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