El zapatero de A Coruña que ha reparado más de 160.000 zapatos: "Mi abuelo era el artesano de verdad, yo soy un sucedáneo"
Roberto Purriños es la cuarta generación de zapateros de un taller que cumple 80 años de vida

Roberto Purriños, zapatero de cuarta generación de la calle San Andrés, en A Coruña. / Carlos Pardellas
Cuando el bisabuelo de Roberto Purriños empezó a hacer zocas, no pensó que, un siglo más tarde, su bisnieto seguiría rodeado de zapatos. "Cuando naces encima de una zapatería ya te colocan el sello de zapatero. A los 12 años llegaba del colegio y ya me ponía a despachar", recuerda el propietario de uno de los negocios con más solera de la calle San Andrés.
Aunque lleva en A Coruña desde la década de los 90, la historia de Purriños Zapateros se remonta a casi un siglo. Como taller cumplen, de hecho, 80 años si se atiende a la fecha 'oficial', a pesar de que la empresa, advierte el dueño, podría ser incluso más antigua.
"Tengo documentos de antes, pero puse el 46 porque no quería meter la pata. Conservo libros de visitas de inspectores del año 41 y muchas herramientas que se usaban y que sigo utilizando, porque eso ha cambiado poco", explica el zapatero.

Empleados de Purriños Zapateros, con Roberto Purriños a la izquierda. / Carlos Pardellas
Lo que sí ha cambiado son parte de las tareas, que antes incluían la propia confección del calzado y que hoy se dividen entre reparaciones y copias de llaves. Por eso Purriños no se siente un artista del sector, aunque lleve "más de 160.000 reparaciones" desde que empezó a llevar la cuenta en 2007. "Hoy se diferencia entre el que repara y el que fabrica zapatos, pero antes lo hacían todo. Mi abuelo y mi padre eran los artesanos de verdad, yo soy solo un sucedáneo".
Purriños Zapateros, la saga familiar que cumple 80 años entre suelas y hormas
El negocio familiar que hoy causa colas cada mediodía en la calle San Andrés nació a unos 50 kilómetros en coche de A Coruña, en la ciudad de Ferrol. "Una mina de oro" saturada por el "bullicio" de la gente, que acudía al taller que José María Purriños, el fundador, había abierto en el bajo de su casa.

Uno de los documentos antiguos que se conservan en este histórico taller de reparación de zapatos. / Carlos Pardellas
Cuenta su nieto que, en esa época, "tenían que vivir encima de la zapatería, porque trabajaban durante todo el día y media noche". Su especialidad entonces eran los zapatos ortopédicos, que contaban con una alta demanda debido a los estragos que había causado entre la población el virus de la poliomielitis.
A veces, los que acudían a Purriños no estaban aquejados de ningún problema, sino de una genética que les impedía encontrar su talla. "Recuerdo tener unos zapatos del número 58 que eran gigantes. Se los habíamos hecho a un jugador de baloncesto, porque no conseguía unos que le valiesen", cuenta Roberto, que aprovechaba cada oportunidad para tomar nota del buen hacer de sus antecesores.
Bajo la supervisión de su abuelo y de su padre, teñía cada día unos 15 pares de zapatos y despachaba encargos mientras "comía el bocadillo de la merienda". Por sus manos pasaban, sobre todo, "castellanos y tacones de aguja", dos modelos que antes se contaban "por docenas" y que hoy apenas se asoman entre los estantes del taller.

El zapatero Roberto Purriños, en su taller de la calle San Andrés. / Carlos Pardellas
"Si mi abuelo se levantara, no se lo creería. Hoy casi todo son deportivas. De hecho, nuestro fuerte es el calzado para corredores", explica el artesano, cuyo negocio logra despachar "unos 400 zapatos" a la semana a base de esfuerzo y "14 horas de trabajo". Dice Purriños que para eso abren las puertas ya a las siete de la mañana, incluso aunque su horario empiece oficialmente a las 8.00 horas. Es el modo de hacerle saber al cliente "que siempre estás ahí" y de dejarle ver que, aunque tenga que esperar unas semanas por su calzado, este quedará "bien hecho y en el día prometido".
Una mudanza 'premonitoria' a A Coruña
En todos los años que lleva en el negocio, Roberto ha ido llevando su taller por distintas zonas de la provincia. Desde Ferrol, su lugar de nacimiento, el actual propietario lo trasladó a Cedeira y luego hasta A Coruña, en donde aterrizó en 1997 impulsado por las "ganas de crecer".

El antiguo papel con el que se envolvían los zapatos en Purriños Zapateros durante su tiempo en Ferrol. / Carlos Pardellas
La elección de la calle San Andrés -que alberga hoy otras tiendas con solera como La Crisálida o la mercería Cándida-, no fue una casualidad. "Desde pequeño, mi padre siempre me decía que, si alguna vez montaba una zapatería, lo hiciera en San Andrés o en la calle Barrera. Y parece que fue una premonición", recuerda el zapatero, que estuvo varios días sentado en esta arteria de la ciudad para ver "la gente que pasaba".
Al principio, eran justo esos coruñeses que se cruzaban con el taller los que le permitían mantenerlo abierto, aunque ahora Purriños ha ampliado su área y trabaja "para toda Galicia" colaborando con gigantes como Vibram y Saphir. También se forma, junto a los otros tres empleados del negocio, en cursos de química, una materia que puede parecer alejada del oficio, pero que es vital para manejar con maestría los pegamentos y que ningún cliente se quede con los dedos al aire en mitad de una caminata.
Al final del día, cuando las entregas están etiquetadas y se echa el cierre, Roberto se limpia el betún de las manos y mira el rótulo de su zapatería. Un negocio más para cualquier transeúnte despistado, pero no para este zapatero, que mantiene vivo en San Andrés el oficio con el que tres generaciones de su familia pudieron salir adelante.
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