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El veterano restaurante de A Coruña que conquista Riazor desde hace más de 25 años: "El nombre significa albahaca en italiano y cuando llegamos no se vendía en los supermercados"

Abierto en 1999, el establecimiento se labró un público fiel antes de que existieran las redes sociales gracias al boca a boca de los comensales

Michelle Benoit y Alessandro Perfini con uno de sus platos.

Michelle Benoit y Alessandro Perfini con uno de sus platos. / Casteleiro

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A Coruña

Alessandro Perfini llegó a A Coruña casi por azar, después de pasar por Londres y de formarse en su Italia natal, pero la ciudad terminó convirtiéndose en su casa. Abrió el restaurante Basilico en 1999 junto a una antigua pareja, coruñesa, después de visitar un local que no atravesaba su mejor momento y ver allí una oportunidad. “Fuimos a verlo, me gustó, y lo cambiamos todo”, recuerda. Más de un cuarto de siglo después, junto a su mujer Michelle Benoit en sala, el chef mantiene vivo un restaurante que nació con acento italiano, pero con una vocación más amplia: cocina mediterránea, producto reconocible y una manera de hacer las cosas sin demasiada prisa.

Cuando el Basilico empezó, A Coruña era otra ciudad gastronómica. No había redes sociales, ni la oferta actual, ni una familiaridad extendida con ingredientes que hoy parecen cotidianos. "Basilico quiere decir albahaca en italiano y cuando llegamos no se vendía en los supermercados", cuenta Perfini. Para conseguirla, una frutería cercana se la pedía directamente a Mercamadrid, en cajas de medio kilo. "Imagínate tú cómo ha cambiado la cosa", dice. Tampoco era habitual la rúcula, ni abundaban los restaurantes italianos, ni existía la competencia diversa que hoy ocupa casi cada barrio. En ese contexto, el restaurante encontró pronto un hueco: "Llegamos muy rápido a la gente".

El boca a boca en los tiempos analógicos

El crecimiento no vino de campañas ni de modas, sino de algo más lento y sólido. "La gente fue extendiendo su fama por el boca a boca", resume Perfini. Primero acudía una clientela joven, curiosa, con ganas de probar cosas diferentes a las de los restaurantes más clásicos de la ciudad. "Hacíamos cosas un poco desconocidas, entonces a los jóvenes les encajó porque querían probar", explica. Los viernes y sábados por la noche el local se llenaba con ese público que salía, cenaba y recomendaba. Después llegaron algunas apariciones en periódicos locales y el nombre empezó a circular más allá del entorno inmediato.

Con los años, como el propio restaurante, también maduró con su clientela. El establecimiento fue afinando la propuesta, incorporando productos, ajustando precios y dejando atrás aquella etapa de descubrimiento juvenil para consolidarse como un clásico contemporáneo. "Ahora tenemos un público más adulto", admite Perfini, que sitúa la media desde los 35 y a los 80 años. Muchos de aquellos primeros clientes han crecido con el restaurante, y otros han llegado después atraídos por esa mezcla de cocina reconocible y trato cercano. "Tú puedes venir un sábado o un domingo al mediodía, hacer una foto a todos los comensales, volver el siguiente y reconocer muchas caras", dice.

La carta que no se puede tocar

Esa fidelidad también se explica por una carta que ha cambiado poco y que conserva platos convertidos en seña de identidad. Perfini sigue en cocina y defiende una estabilidad que sus clientes casi le exigen. "Nuestra carta varía muy poco; tenemos platos clásicos de toda la vida que los seguimos teniendo", señala. Entre ellos están el salpicón de pulpo y langostinos con carpaccio de mango, los hojaldres rellenos con setas salteadas y guanciale, las croquetas de cecina y parmesano, la ensalada Basilico o los langostinos fritos con tempura de calabacín. "Una vez intenté sacar una cosa y casi me matan los clientes", bromea. "La semana después lo tuve que volver a poner en carta".

También hay segundos que forman parte de la memoria del local, como el rissotto con langostinos y chipirones fritos o los tagliolini al nero di sepia con langostinos y mejillones frescos. La pasta, además, conecta directamente con sus orígenes: "La traigo de mi pueblo, de Campofilone, que es muy conocido en Italia porque hacen pasta casera". Para escapar de la rutina, Perfini se permite jugar con los fuera de carta: pescados de mercado, ravioli relleno de ossobuco con boletus, bacalao, rape, carnes distintas según la temporada. "Me desahogo de la rutina de la carta con esos platos", reconoce.

Frente a la Casa del Agua y cerca de Riazor, el Basilico ha vivido también al ritmo de la ciudad y hasta del Deportivo. "Yo llegué en el 99 y un año después ganó la Liga", recuerda Perfini, que compara con humor la trayectoria del restaurante con la del club: "Estamos como el Dépor: tuvimos grandes momentos, después momentos de crisis y posteriormente volvimos a resurgir". Su inclusión en la guía Macarfi le sorprendió porque, dice, no está demasiado pendiente de esas cosas, aunque agradece cualquier reconocimiento. "Todo suma; al final vas entrando en los oídos de la gente". Pero lo que sostiene al restaurante no es una distinción, sino una relación de años: "La gente viene porque nos tiene muchísimo cariño, se siente como en casa"

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