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La última milhoja de Pura: la pastelería más querida de Pla y Cancela se despide entre lágrimas en A Coruña

La Vienesa cerrará este domingo tras más de medio siglo de historia. La jubilación de su dueña pone fin a una de las pastelerías más queridas del barrio

Pura Villar, dueña de La Vienesa, se despide de sus clientes

Inés Vicente Garrido

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A Coruña

Treinta años endulzando vidas terminan con abrazos, lágrimas y el pastel más difícil de digerir, la despedida. En la pastelería La Vienesa ya nadie entra solo a comprar. Desde hace días, muchos clientes cruzan la puerta únicamente para despedirse. Algunos lo hacen con una sonrisa y otros con lágrimas en los ojos. Todos repiten la misma pregunta: "¿De verdad cierras?". Y Pura responde igual cada vez, aunque todavía parezca costarle asumirlo. Este domingo bajará la persiana por última vez después de casi 30 años al frente del negocio y más de medio siglo de historia de uno de los locales más conocidos de Pla y Cancela.

La noticia se extendió rápido por el barrio. Todo empezó con un cartel colocado en el escaparate anunciando la jubilación. Desde entonces, las muestras de cariño no han dejado de llegar. "Hubo gente que lloró aquí dentro porque no aceptaba que cerrara", cuenta Pura Villar mientras atiende detrás del mostrador.

Hace apenas unos días, clientes y vecinos le prepararon incluso un homenaje sorpresa que todavía recuerda emocionada. "No me esperaba nada. Fue muy emocionante. Tengo los mejores clientes del mundo y los mejores vecinos del mundo", asegura aún emocionada.

Aunque habla del cierre con cierta tristeza, también transmite tranquilidad. Siente que cumplió una etapa importante de su vida y que lo hizo de la mejor manera posible. "Soy feliz porque llegué a mi meta y llegué bien. Nunca tuve problemas con nadie", explica. Aun así, reconoce que lo más difícil será perder el contacto diario con toda la gente que la acompañó durante tantos años. "Después de tanto tiempo, los clientes son tu familia. Aquí nos conocemos todos y nos preocupamos unos por otros. Saben que siempre estoy aquí para lo que necesiten", apunta.

"Amo este trabajo"

Esa relación cercana es precisamente lo que convirtió La Vienesa en mucho más que una simple pastelería. Durante décadas fue uno de esos negocios de barrio donde siempre había "una conversación pendiente, una cara conocida" o alguien entrando para comprar "lo de siempre". Por el local pasaron generaciones enteras de vecinos, familias y estudiantes que terminaron encariñándose con Pura y con su forma de trabajar. "Hay muchísima gente que viene desde lejos solo para comprarnos", comenta orgullosa.

Pura Villar, encargada de La Vienesa en las puertas de la pastelería

Pura Villar, encargada de La Vienesa en las puertas de la pastelería / Gus de la Paz

Buena parte de ese cariño también nació alrededor de sus dulces. La panadera siempre defendió una pastelería tradicional, elaborada de forma artesanal y con ingredientes naturales. Habla con pasión de la crema pastelera hecha como antes, de la nata auténtica o del hojaldre. "Amo este trabajo. Cuando haces algo que te gusta y la gente te lo aprecia, todo se vuelve muy bonito", afirma. Entre los productos más conocidos de La Vienesa están las milhojas de crema, el merengue, las tartas de queso o los púdines, uno de esos pequeños dulces que muchos clientes siguen buscando cada semana.

Pero detrás del mostrador también hubo años muy difíciles. El momento más duro llegó en 2012, cuando su marido, pastelero del negocio desde el principio, sufrió un accidente que cambió por completo la vida de la familia. "En un segundo te cambia todo", recuerda Pura. Tras una caída, pasó 22 meses ingresado y quedó tetrapléjico. A partir de entonces, ella tuvo que sacar adelante el negocio junto a sus hijos. "Nos tocó pedalear como pudimos", explica. Y lo hicieron. La Vienesa siguió abierta mientras el barrio continuaba entrando cada mañana por la puerta para comprar pan, pasteles o simplemente preguntar cómo estaban.

"No hay nada que le salga mal"

Por eso el cierre tiene ahora un significado especial para muchos vecinos. Margarita, una vecina habitual de la pastelería, entra únicamente para despedirse. La conoce desde hace años y resume el sentimiento general del barrio en pocas palabras. "No hay nada que le salga mal", dice sonriendo. Después mira alrededor y reconoce que el cierre deja un vacío importante. "Era un local típico del barrio. Todos venimos a comprar aquí siempre", asegura.

Ese sentimiento se repite entre muchos clientes que crecieron entrando en la tienda y que ahora sienten que desaparece una pequeña parte de la vida del barrio. Pura lo sabe y por eso "estos últimos días están siendo tan intensos". Aun así, intenta quedarse con el cariño recibido y con todo lo vivido detrás del mostrador.

El domingo llegará el último cierre de persiana y después "tocará descansar", vivir con más calma y empezar una rutina completamente distinta. Pero antes de irse, todavía le quedan abrazos, despedidas y pasteles que preparar en uno de los negocios más queridos de Pla y Cancela.

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