El bar con la torrija por la que peregrina media A Coruña: "La receta es mía y me salió a la primera"
Dina Carrasco está al frente de uno de los "emblemas" de Os Castros, un local de casi medio siglo con bodega propia y un postre que ha cautivado a los vecinos

Dina Carrasco, con su popular torrija y sus vinos de de producción propia. / Carlos Pardellas
Dice Dina Carrasco que todo lo que sabe lo aprendió de su madre. Con ella pasó gran parte de sus tardes de juventud, trasteando entre cazuelas y hornillos y aprendiendo cuidadosamente los trucos de las elaboraciones que, aún a día de hoy, alaba la clientela.
Pero hay un plato para cuya atribución no es necesario viajar en el tiempo ni remontarse al casi medio siglo que tiene ya la adega Cenlle. Es su torrija, que resulta imposible de ignorar si se pasa más de medio minuto en el establecimiento y que, para muchos vecinos, es una de las mejores de España. "No cuento cuántas saco, pero en una semana haré más de cien", asegura la hostelera, la segunda generación ya de este "emblema" de Os Castros.
Fue su padre, José Antonio, el que inició esta aventura hostelera 44 años atrás, cuando llegó al mar desde Ourense para estudiar Arquitectura. Se quedó en la urbe impulsado por el sueño de un bar que despachara el vino de su abuelo, que se sigue elaborando con uvas propias en "una de las bodegas más antiguas de la Denominación de Origen de Ribeiro".

La torrija de la adega Cenlle, en Os Castros. / Carlos Pardellas
Aquí conoció y se enamoró de Aurora López, que puso al servicio del mesón su buena mano con la cocina. La misma que heredó Carrasco y que ahora deja ver en su famoso postre. "A mí me encanta cocinar desde pequeña y, cuando salía por ahí, pedía la torrija y me parecía muy rica. Así que la traje. La receta de esta torrija es mía y me salió a la primera", puntualiza con orgullo.
Cenlle, la adega de barrio que triunfa con su torrija de autor y su vino histórico
La que probablemente sea ya la torrija más popular de Os Castros lleva dos ingredientes clave: un pan brioche dulce y una ración de canela con la que Carrasco nunca es avara.
El resultado es un postre húmedo, de buen tamaño y que, además, no viene solo, ya que a su autora le gusta acompañarlo de una bola de helado. Es difícil no verlo rezumar leche y azúcar en alguna de las mesas de esta adega histórica a la hora de la comida, escoltando a otros platos estrella del local como su carne asada, sus berberechos o su rabo de ternera.
Los chiripones encebollados y la empanada de mejillones, apunta Carrasco, "también salen mucho" y escalan a la categoría de imposible el salir con hambre del bar. "Antes todo eran tapas, calamares y pulpo. Ahora hay más variedad y raciones para compartir", explica la hostelera, que ha vivido en primera persona los cambios de la adega Cenlle en este casi medio siglo de vida.
Poca duda hay -y lo sabe cualquiera que cruce sus puertas- de que el establecimiento sigue fiel a su alma clásica, pero ciertas costumbres de antes se han perdido. El famoso vino de los Carrasco, por ejemplo, ya no se despacha a granel, sino que se embotella y se vende tanto a los clientes del mesón como a los pequeños restaurantes que quieran presumir de tener una bebida fermentada hecha artesanalmente.
Para la misma dueña, el vino de su local es uno de sus grandes motivos de orgullo. "Se elabora con mucho mimo en nuestros propios viñedos. Y está muy rico", añade con una risa tímida.
Así debe ser, porque, aunque los jóvenes que se acercan por primera vez al mesón desconocen la existencia de la bodega, no tardan en encariñarse con sus barriles y catar sus tintos y sus blancos. Para ellos, "beber vino es una moda", pero, para los más veteranos, es una costumbre. "Aquí viene gente de 80 y 90 años que aún recuerda a mi padre como ese chaval que traía las barricas. Este bar es uno de los primeros que abrió en Os Castros y siempre digo que no es un sitio de paso, es muy familiar", indica la responsable.
Ella misma lleva toda la vida cruzando entre las mesas de la adega y no es raro que, de vez en cuando, algún cliente la haga detenerse para comentarle una anécdota de su infancia. La primera vez que sacó una comanda ella sola, bajo el atento ojo de su madre, o la facilidad con la que volteaba -y sigue volteando- las tortillas. "La gente dice que es difícil, pero yo las hago desde que tenía 13 años", cuenta la hostelera, que se unió al negocio definitivamente en 2018.
Antes, por supuesto, ya echaba una mano -es inevitable en las empresas de familia-, aunque no es el término exacto que ella usa. "El aprendizaje no era como el de ahora. Venías a trabajar, no a ayudar", apunta entre carcajadas la gerente que, dice, tiene muchos planes para el establecimiento. "Tengo ganas de darle un cambio, renovarlo un poco. A lo mejor el próximo año", reflexiona, y los vecinos cruzan los dedos: que cambie cualquier cosa, menos las torrijas.
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