Las perforistas del Banco Pastor en A Coruña celebran 60 años de banca en Orillamar: "Éramos los frikis de la informática"
Un grupo de extrabajadores de la oficina del Banco Santander de la calle Orillamar, antes Banco Pastor, se reunieron en A Coruña tras el cierre de la sucursal para celebrar las seis décadas compartidas

Gus de la Paz
El último vestigio de la banca de la calle Orillamar, en A Coruña, cerraba sus puertas en mayo tras más de 60 años de servicio. Las oficinas del Banco Santander, previo Pastor y Popular, ocupaban los números 69, 71 y 73, frente al cementerio de San Amaro. Su historia comienza en los años sesenta, con una plantilla joven que, aunque por aquel entonces no lo sospechaba, envejecería junta como algo más que simples compañeros de trabajo. Esos amigos —antaño jóvenes, hoy abuelos, en su mayoría— se reunieron en el hotel Meliá María Pita, en A Coruña, para celebrar sus años de servicio. "Fuimos a nuestras bodas, a los bautizos de nuestros hijos y a los entierros de nuestros padres", expresa Luis Quiroga, uno de los extrabajadores de la empresa.
La idea de volver a juntar a la plantilla del Centro de Procesamiento de Datos (CPD) de Orillamar fue de Rosi Prieto, una de las 'chicas' del Pastor. "Cerró el centro donde estuvimos toda la vida trabajando. Muchas veces había gente que decía que teníamos que hacer una comida. Este año tuvimos tres tanatorios, porque se murieron tres perforistas, y parecía que solo nos veíamos en esas ocasiones. Entonces reuní a un grupo, y dije: 'Si me ayudáis, hacemos la comida'. Y la hicimos", explica.

Rosi Prieto, perforista de Orillamar. / Gus de la Paz
Las perforistas
Uno de los pilares de la oficina del Banco Pastor de Orillamar era un grupo de 12 mujeres, las perforistas. Aurora Lareo, Chuli Santos y Rosi Prieto son tres de aquellas trabajadoras que entraron, en los 60, en un mundo de hombres. "En el banco no había mujeres, éramos 12 niñas. Imagina, subíamos por una escalera y nos venían a mirar. ¡Era el 65!", explica Chuli Santos, riendo. "Chuli, de Chulita", dice orgullosa. "En Orillamar teníamos una sala donde estábamos todas las perforistas, por la mañana y por la tarde. Imagina cuando entraba algún hombre. ¡Lo comíamos!", completa Prieto. "¡Alguno no entraba ni de broma!", secunda Lareo.

Chuli Santos, perforista en Orillamar. / Gus de la Paz
Las tres amigas entraron en la oficina "cuando se inició la informática", relata Lareo. "Muchas veces, cuando yo contaba que era perforista, la gente me preguntaba qué era eso. No había ni mujeres en el centro, éramos nosotras, las perforistas. Entré de niña, con 18 añitos, y salí una mujercita, una mujercita con bastón ya, casi", narra. Su trabajo consistía en pasar a tarjetas perforadas los datos de las operaciones bancarias. "Después la pasaba al ordenador y se procesaban los datos", completa Lareo. "De las fichas pasamos a los casetes, de los casetes a la banda magnética, de la banda magnética al disco, y del disco a la transmisión del ordenador. Y así nosotros creamos el proceso de datos", cuenta la perforista, acompañada de Santos y Prieto.

Aurora Lareo, perforista en Orillamar. / Gus de la Paz
"Los frikis de la informática"
Cinco años después de entrar las tres perforistas, se unió Fernando Fernández como programador en el Centro de Procesamiento de Datos (CPD) del Banco Pastor, en 1970. "Albergaba el procesamiento de todos los datos que venían de las oficinas, como la salida; además de la cartera central del banco, en donde se distribuía todo el correo para toda España", expresa.

Fernando Fernández, programador en Orillamar. / Gus de la Paz
"Fuimos avanzando en recoger los datos a través de las oficinas en cintas de papel perforadas, que se procesaban en la primera planta, que es donde estaban los operadores, y se revisaban los datos en la segunda planta. Después, mediante los programas que hacíamos los programadores y analistas, esa información se incorporaba a los ficheros centrales para su proceso", expone. "Éramos los frikis de la informática", completa su compañero, Luis Quiroga, con una sempiterna sonrisa en su expresión afable que mantiene desde su entrada en el Pastor, a los 23 años.
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